Villalpando: festival taurino para enmarcar

Lluvia de trofeos ante excelentes erales de Hermanos Boyano. Doce orejas, seis rabos, un novillo indultado y dos de vuelta al ruedo.

FuenteSantos García Catalán
Fotos: Natalia Calvo

Ocurrió en la tarde de ayer en la zamorana Villalpando, cuna del maestro Andrés Vázquez al que brindaron casi todos los coletudos. Y fue una tarde de ensueño para los jóvenes ganaderos Toño y Ángel (Ganadería Hermanos Boyano) que, con auténtica pasión, crían productos derivados de Pedraza de Yeltes, Garcigrande y El Pilar.

Y doble ensueño para Toño Boyano, que además se puso delante y salió airoso del trance. Porque trance es vestirse de corto sin estar en activo, lidiar un novillo suyo en su pueblo y cortar los máximos trofeos. Hay quién de más…

Todo salió perfecto en el festival a beneficio de la Asociación contra el cáncer: la tarde soleada y agradable, seis diestros dispuestos a ofrecer lo mejor de su repertorio, -de forma desinteresada- seis erales (tres manejables y tres extraordinarios destacando el sexto) de la familia Boyano y un público quizás escaso, pero que aplaudió a rabiar por todo lo que aconteció en la portátil de uso permanente de Villalpando. Tarde emocionante, sin duda.

Abrió plaza David Luguillano, que con su depurada técnica convirtió a un extraordinario eral en una máquina de embestir. Colorado para más señas.

Y es que en manos del vallisoletano lució mucho más. Por ambas manos, mejor por el pitón derecho. Y aunque al animal no le sobraban las fuerzas, el temple de David hizo que no lo pareciera.

Soberbio el de la Plaza de San Juan que, a pesar de recibir un palizón en un descuido, salió de nuevo como un novillero enrabietado despreciando la espada y enjaretándole otra tanda. Esta vez con pinturería. Ritmo, cadencia, casta, bravura, nobleza y duración de un ejemplar al que mató de casi entera, consiguiendo los máximos trofeos y asomando el pañuelo azul en el palco presidencial.

Castaño fue el segundo eral de la tarde al que Israel Lancho le instrumentó preciosos lances en el recibo. Un tanto desclasado el eral pero se dejó en las manos del veterano diestro pacense, que epilogó con un arrimón. Mató arriba y fue premiado con las dos orejas y el rabo.

Angelino de Arriaga es un torero dinástico de la mexicana Tlaxcala. Vino expresamente de su tierra para este festival. Sorteó un eral correoso, muy encastado, al que supo sacarle partido merced a su entrega. Puso rehiletes con poderío y en la muleta sometió al novillo para después lograr naturales de bella factura. Se le fue la mano abajo, pero ello no fue óbice para que el presidente sacara los tres pañuelos blancos.

Alberto Durán es un matador de toros zamorano de Villamor de los Escuderos, que el destino le ha deparado que apenas se vista de luces. Y es triste porque Durán tiene una clase extraordinaria. Su toreo es vertical, de una pureza exquisita. Así lo demostró ante el colorado chorreado que, sin humillar en exceso, resultó noble y con templanza en las embestidas. De su amplio repertorio destacamos los naturales dando el medio pecho. Mató de estocada trasera y dos golpes de verduguillo. El usía no dudó en conceder lo máximo. Ya no podía dar marcha atrás.

El quinto fue otro colorado al que Antonio Boyano, quien fuera novillero sin caballos y ahora ganadero, lo recibió con una larga cambiada que sorprendió al respetable. Un eral flojo, pero pronto y noble que fue de menos a más, al que su criador le enjaretó varias tandas destacando con la zurda. Enrabietado salía Boyano de cada serie ante la prontitud y duración de su novillo. La estocada trasera necesitó dos golpes de verduguillo y el ganadero paseó los tres trofeos.

Y con el colorado sexto y cierraplaza saltó la sorpresa. Ya se notó cuando hacía el avión en los lances de recibo en el capote del novillero local Diego Luna. Y luego en banderillas y no digamos en la muleta. Cuando un animal embiste de la forma que lo hizo este extraordinario eral la plaza se llena de emoción. Y la mayoría de las veces un buen toro descubre las carencias de un torero.

Pero el chaval de Villalpando -que apenas torea- demostró serenidad y, tan solo ofreciendo los engaños, tal y como le enseñaron cuando se iniciaba, logró que el buen novillo transmitiera toda la emoción al tendido.

Una y otra vez, Luna se agrandaba henchido de torería y el eral se venía arriba embistiendo como un tejón a la franela. Incansable, repetidor, bravo, noble. Hasta que los profesionales pidieron al presidente el indulto con los oles, los aplausos del público y el avenimiento de los ganaderos.

Ya sabemos que el pañuelo color naranja no debe asomar en los palcos de plazas de toros, permanentes, cuando se celebren festivales sin picadores. Pero una cosa es el Reglamento y otra cosa es la bravura extrema. A la bravura extrema como la de este “boyano” hay que gratificarla. Nos ha prometido el ganadero que cuando el animal sane de las heridas de los arpones será tentado en el caballo. Seremos testigos.

En definitiva, una tarde donde el público no olvidará fácilmente el magnífico juego de los astados. No es normal, ni la tónica habitual en un festejo taurino, presenciar dos animales de vuelta al ruedo y un indulto.

Sin duda una tarde memorable. Posiblemente sobraran rabos y orejas, pero en una tarde así uno prefiere que sobren a que falten. Y en los tendidos saludamos a dos viejas glorias: Don Andrés Vázquez y Don Clemente Castro “Luguillano Grande”. Historias vivas de la tauromaquia. Viva el toreo!!!

FOTOS: NATALIA CALVO

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