Del abandono del lujo a una ocupación de cinco estrellas

La Molinera avanza en el acondicionamiento de un edificio que estaba abandonado a su suerte

FuenteIsaac Barrientos
Espacio de la antigua cafetería del hotel ya recuperado.

La soleada mañana torna en penumbra en algunos recovecos del edificio. Los rayos de sol se cuelan por las ventanas y alcanzan el pasillo. En la segunda planta, plenamente destinada a las antiguas habitaciones de lujo, aún se puede apreciar con nitidez el trágico resultado que provoca el abandono en una construcción centenaria.

Es la antigua fábrica de harinas La Perla, que después fue el único hotel cinco estrellas en la ciudad de Valladolid y desde hace casi dos meses el Centro Social La Molinera. Los activistas que han ocupado el espacio han conseguido frenar la inercia de deterioro que llevaba este Bien de Interés Cultural.

En enero de 2017 los trabajadores quedaron a su suerte, con impagos y sin información sobre los propietarios que pusieron pies en polvorosa. Al edificio le auguraba un futuro igual de desconcertante. Saqueos, maltratos y hasta un incendio en abril de este mismo año, que llevó al Ayuntamiento a blindar los accesos para evitar una desgracia aún mayor.

Aquellas cenizas aún están presentes en la sala en la que se originaron las llamas, devastada por el fuego, y el efecto de contagio con el que las cenizas y el humo llevaron la negritud a las habitaciones contiguas. Es ese punto que permite apreciar el cambio que están aportando desde La Molinera.

Allí por donde han pasado cientos de trapos y fregonas el edificio recupera su dignidad y salubridad, el recorrido resulta interesante para apreciar cómo se puede remodelar un edificio histórico en busca del lujo y la excelencia y también cómo olvidarlo todo y dar la espalda a un legado.

El sótano, la planta baja y la primera altura ya están casi completamente acondicionadas, integradas en un Centro Social que nace con vocación de continuidad y de actividad permanente en Valladolid. La parte más oscura aún está en el horizonte del abnegado trabajo de limpieza de los integrantes de La Molinera.

El exterior camuflaba el deterioro sin fin que sufría el interior, sin que nadie alzara la voz para denunciar que un Bien de Interés Cultural corría un serio riesgo de caer en un abandono irrecuperable.

En La Molinera ahora buscan solución para que el espacio tenga energía eléctrica, después agua corriente; mientras dotarán a su interior de contenido y abrirán de par en par las planchas metálicas que sellaban el edificio para tratar de contener el torrente del abandono. Como las aguas del Canal de Castilla, que siempre ajenas al devenir de su último paso antes de llegar al Pisuerga, continúan su potente cauce.

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