El santuario taurino de “El Vaquerito” en Tordehumos

Una crónica rural, gastronómica y de amigos por Tierra de Campos vallisoletanos

FuenteSantos García Catalán

Me había insistido en varias ocasiones el amigo Manolo Lobato -de apodo “El Vaquerito” en sus tiempos novilleriles, pero más conocido en sus ámbitos profesionales como “Manolo el jamonero”- a comer un lechazo al horno en su pequeño terreno de Tordehumos. Y llegó el día.

Todo surgió cuando este invierno pasado Modesto Argüello, quien fuera alcalde de Tordehumos durante un largo periodo, nos invitó a moderar un acto de homenaje a Lobato, conocido en el pueblo por “Manolo el torero”.

Ya dimos cuenta en NCYL de este acto y, al parecer, el homenajeado quedó satisfecho y agradecido. Igual que las buenas gentes de la asociación cultural que tienen su sede en el Cine-Club.

Con mi amigo Chuchi de copiloto (“Curro Leyes” en los carteles) partimos hacia Tordehumos, pasando por Villabrágima, para reunirnos con Modesto en “El Parador” de la gasolinera.

Por cierto, que Chuchi (Jesús Martínez) ha recibido un premio importante a nivel nacional en su calidad de abogado. Jesús junto a Marta, su esposa, comparten tareas profesionales en el despacho vallisoletano Martínez & Salgado Abogados. Además, es un aficionado práctico y lo hace muy bien.

Hecha esta aclaración nos centramos en Manolo Lobato porque es un tipo interesante desde todos los puntos de vista. Taurino hasta la médula, fue novillero en tierras vascas, seguidor impenitente del matador de toros Raúl Alonso, profesor de la escuela taurina de Rioseco y ahora metido de lleno en funciones de apoderado, con la creencia absoluta de que su incipiente novillero (Pedro Andrés, de Vitoria) será matador de toros. Lo dice Lobato.

Y lo dice con esa pasión entre ingenuidad madura y ternura torera. Lobato es así. Y así lo aprecia la gente del toro y sus gentes del pueblo.

Un precioso perro cazador, con pelaje especial, -en Tauromaquia sería berrendo en negro y careto- y un galgo tímido, nos reciben a las puertas de su terreno donde nos muestra orgulloso una placita de tientas. “Tiene su historia- nos dice Lobato– porque aquí en esta plaza, que tiene más de cuarenta años y por una circunstancia especial, estuvieron las últimas vacas de Villagodio”.

Una parra de uva verdejo y varios árboles frutales adornan y protegen de la solanera el pequeño porche que da entrada a la estancia principal de la coqueta casita. Una estancia con las paredes plagadas de carteles. Y en otra habitación colecciones de “Dígame” y otras revistas del ramo taurino, mas carteles y carteles y fotos de visitantes ilustres del toreo que han desfilado por la casita de nuestro personaje.

En una de las fotos aparece Lobato de novillero en la plaza de Bilbao. Y en otra, en blanco y negro y de paisano, aparece flanqueado por dos novilleros jovencísimos. Uno de ellos Pedro El Capea, casi nada.

Total, que la casita en cuestión es un auténtico santuario taurino en plena Tierra de Campos. Mira que Lobato insistía e insistía tratando de convencerme de que lo que allí albergaba era un auténtico tesoro. Cierto es.

Pero lo que también sería un tesoro… gastronómico, fueron las viandas que a mesa y mantel compartimos los seis comensales. Dos platos de embutidos y queso de entrantes, mientras que un olorcillo a guiso llenaba el ambiente: era la asadurilla del lechazo, bien condimentada por Clemente recordando sus tiempos de cocinero en Alcudia.

Cuatro cuartos de lechazo, recién sacados del horno de Modesto Argüello, -horno de Pereruela-, inundaron la estancia taurina de un penetrante aroma a asado. Lobato también tiene horno, pero en palabras de Modesto -sin modestia- su horno lo hace de maravilla y a él le sale de sobresaliente. Cierto fue y dimos fe de ello. No faltó la consabida ensalada.

Y cayó una botella ribereña de Pinna Fidelis. Uno -querido Angosto- volvió a mezclar el tinto. Pero en esta ocasión no había gaseosa y lo hice con un Kas de limón que Lobato guardaba en su frigo. Lo siento, pero la conducción es sagrada. Por cierto, que nos pararon los hombres de la Benemérita y salimos “ilesos” y tan campantes camino de Pucela…

No podemos olvidar el exquisito postre que Clemente había macerado en un bol: fresas con algo mezclado que resultó de un delicioso sabor. Y debemos citar al sexto comensal: Josito, un paisano joven, fuerte y musculoso, que fue el responsable directo del primoroso lechazo. No en vano es ganadero y criador de la oveja churra, tan extendida y apreciada en la zona.

Y el remate -a portagayola, lances a la verónica, naturales y un estoconazo hasta la gamuza- tuvo lugar en el Cine-Club en una partida de mus que ambos capitalinos ganamos a los del terruño. Una auténtica proeza…y mucha suerte.

Durante la partida degustamos los hechizantes licores que fabrica Modesto (“Armonía Vaccea”) -Lobato y un servidor de manzana sin alcohol- que nos fue sirviendo “El Rubio”, barman del local.

En otoño volveremos a Tordehumos porque Modesto está preparando un acto taurino para la asociación cultural “Cristo de la Vega”, donde intentaremos lidiar lo mejor que sepamos. Gracias por vuestro exquisito trato y por las risas que nos echamos.

“La distancia más corta entre dos personas en una sonrisa” (Victor Hugo)

P.D. Los cuatro cuartos del asado eran para ocho personas, pero dos fallaron. Así que…

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