Sin descendencia

2017 acabó siendo el año en el que el número de fallecimientos superó al de nacimientos en España. La noticia llegó como esa copla –pesimista, pero real– de Jorge Manrique a la muerte de su padre: ‹‹Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir (…)››. España está llena de navegantes, algunos sin rumbo, otros con un objetivo claro… pero en cualquier caso el pasado año fueron más los que decidieron desembocar en el mar y menos los que se echaron al rio, remo en mano. 74 años han transcurrido desde que se vivió algo igual y, si no he restado mal, me lleva a situarme en la Segunda Guerra Mundial.

Leo a un demógrafo que asegura que vamos camino del fin, de la ‹‹reducción total de la población››. Suena drástico. Pero los datos corroboran su tesis: la esperanza de vida en el país se sitúa en los 80 (en hombres) y 85 (en mujeres) años; la tasa de natalidad es la más baja de toda Europa (1,34 nacimientos por mujer). Menos hijos y cada vez más viejos. En suma con que el 60% de las madres españolas esperan a pasar de la treintena para tener su primer hijo…

Los datos no son esperanzadores y la situación demográfica nos transporta a otras épocas, donde la miseria, la inestabilidad social y la guerra convivían con los españoles.

Allá por el siglo XIX, T. R. Malthus escribió su “Ensayo sobre el principio de la población”, donde su principal argumento es que la población crece más rápidamente que los recursos: ‹‹afirmo que la capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el hombre››. Hoy, viendo los datos demográficos de España, no sé quién ganará esta carrera: ¿la sociedad o los alimentos? Unos son indispensables para los otros, y los otros para los unos. Todo está por ver. Mientras tanto… morimos.

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