Por un pezón

Facebook y su política de protección de datos. Su dueño está en el punto de mira de prácticamente todo el planeta. Una “fuga” de datos tiene la culpa. Mark Zuckerberg intervino ante el Senado de los Estados Unidos de América –ya solo el nombre acojona– para explicar qué había ocurrido entre su red social y los millones de usuarios que prestan sin contraprestación a cambio sus datos.

‹‹Yo no uso Facebook, es de viejos››, me dice mi prima de doce años. La verdad es que Facebook siempre ha tenido algo de especial, algo que ha hecho diferenciarse de Twitter, Instagram o cualquier otra plataforma virtual donde se expone al público la vida de cada uno, con sus momentos íntimos. Quizás su carácter más “profesional” es lo que aleje a la juventud de su uso –y abuso, como en otras redes–. Y digo profesional en el sentido empresarial, pues los anuncios de todo tipo (que suelen coincidir con tus gustos o, quizás, con lo que en ese momento has estado buscando en Internet, por qué será…) se aglutinan uno tras otro a medida que deslizas el dedo –porque el mouse es cosa de viejos– por la pantalla táctil del smartphone.

La red social de Zuckerberg tiene momentos o actuaciones que nos pueden resultar extrañas; pero esto es algo que pasa hasta en las mejores familias. La semana pasada la cuenta del Museo Patio Herreriano de Valladolid publicaba una serie de fotos del artista francés Willy Ronis, un fotógrafo que retrató momentos de la postguerra en París y la Provenza. La instantánea en cuestión lleva por título “Desnudo con punto a rayas” (París, 1970) y ha servido para censurar la publicación y bloquear la cuenta del Museo.

Desde 1970 –y desde hace mucho más– la sociedad ha intentado ser algo más libre y comprensible con el arte. En 2018 Facebook censura una foto que ha dado, y sigue dando, la vuelta al mundo, como todas las colecciones de Ronis. Ningún museo, institución o autoridad han tomado una decisión tan drástica desde que se publicara en aquel año… Pero un algoritmo lo ha hecho casi cincuenta años más tarde. Quizás sea la autoridad suprema del futuro –próximo– y nosotros sin darnos cuenta.

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