Miguel Mayoral

Las gafas de sol...

Apelar a ciertos miedos, hacerlos ondear al viento y poner a las gentes delante del espejo, en el que se refleja lo que verdaderamente les afecta, puede constituir una fórmula de control de la sociedad muy eficaz.

Impostura...

Los hacedores de la política y quienes se benefician de las fórmulas de ingeniería social y económica elegidas, nos imponen una suerte de hipocresía metafísica en la que está perfectamente calculado el sitio que se reserva a la resignación.

Fiebre colectiva

Artículo de opinión de Miguel Mayoral 

La herencia de Trasíbulo...

Con el fin de evitarla los más insignes artistas de la permanencia en el cargo, conscientes de que las puñaladas vienen más de los propios que los extraños, saben cómo desprenderse de sus colaboradores más eficaces y capaces.

Los hijos del fracaso...

Todo hace pensar que se quiere instaurar el sistema económico chino para todo el planeta de una forma que la propia población lo acabará pidiendo y aceptando sin conocer una civilización y una cultura con la que tenemos poco en común.

El armario es nuestro armario...

Para Orson Welles sólo había cinco o seis mil personas en el mundo el resto era figuración, por lo que debemos quedarnos con las palabras con las que continuaba Túcidices “es justo tener por mejores de espíritu a quienes, conociendo con toda claridad lo terrible y lo agradable, no dejan por ello de arrostrar los peligros”.

Mientras tengamos burros cabalgaremos...

Artículo de opinión de Miguel Mayoral 

Seguimos a tumba abierta...

Por más que recordemos a Jung, el discípulo de Freud, que comparaba a la mente humana con un edificio de 20 pisos, en el cual la razón sólo ocupaba los dos últimos, no evolucionamos incluso vamos a peor. Quizás sólo se refería a la mayoría, pues para muchos incluso esos pisos parecen vacíos, a juzgar por las actitudes y soluciones que se nos presentan.

Una sociedad trágicamente mal gestionada...

Artículo de opinión de Miguel Mayoral 

El bellaco y el cura

Sucedió que el cura del lugar se encontró con un bellaco, conocido en esos andurriales por sus fechorías, que le pidió confesión, mientras le asía presuroso de un brazo para que se dirigieran a la iglesia.