fernando jauregui

Segunda oleada, con olas de 20 metros
Como cada día, empiezo mi jornada laboral zambulléndome en las portadas de una treintena de periódicos, de papel y digitales. Y, como me ocurre desde hace tres semanas, la verdad es que este domingo tampoco he encontrado ni una -ni una sola_ buena noticia en los titulares. Nada que ver con aquellos meses de agosto en los que se hablaba de fiestas, de récords de turistas y de naderías. Así, inmersos en el pesimismo, este lunes comienza, por así decirlo, la nueva era tras haber desperdiciado las vacaciones en la guerra contra el virus: como si este concediese treguas, hemos actuado con una 'normalidad' quizá poco responsable, y hablo de muchos gobernantes y quizá de bastantes gobernados. Sí, hay segunda oleada y no proceden las polémicas al respecto. Con olas de veinte metros y sin una tripulación lo suficientemente experta como para entender que la tormenta perfecta no se ataja haciendo lo de siempre y, para colmo, con un pasaje atento a los músicos del Titanic y no a si hay suficientes botes salvavidas.
La popularidad de Felipe VI
Me dicen que en pocas horas conoceremos los resultados de un sondeo en el que se pregunta a los españoles acerca de su valoración de la Monarquía. Y me cuentan que, en la última semana, y tras la marcha de Juan Carlos I al extranjero, la popularidad de Felipe VI ha aumentado, siendo, desde luego, superior a la de cualquiera de los dirigentes políticos del país. No me parece, empero, suficiente: los españoles no son monárquicos de una manera abrumadoramente mayoritaria, pero tampoco republicanos. Es cierto, sin embargo, que el arraigo de la Monarquía disminuye entre los jóvenes. El Rey actual sabe, y así lo ha dicho, creo, en conversaciones privadas, que el trono es un puesto de trabajo que hay que ganarse día a día. Y ahora son muchas las amenazas que se ciernen sobre la Corona.
Sánchez, toma el dinero y corre... si puedes
Quienes tratan de nadar en las embravecidas aguas europeas advierten: esto no va a ser 'toma el dinero y corre'. La reunión de los mandatarios de la UE este viernes para decidir cuánto, cómo y a quién se reparten esos fondos de reconstrucción europeos puede ser mucho más complicada de lo que parece, una vez que los países 'austeros', que tan poco aprecio tienen por los modos de actuar del Gobierno español, por ejemplo, han olvidado sus diferencias y se aprestan a constituirse en valladar frente al 'despilfarro del sur'. Un desbloqueo de esos fondos, que supondría la llegada España de cerca de ciento cuarenta mil millones de euros, sería un inapreciable balón de oxígeno para Pedro Sánchez. Y para Pablo Iglesias, claro.
Sánchez gana la batalla de 'su' prórroga; no la guerra
Concluyo, exhausto, el seguimiento de la sesión plenaria del Congreso en la que se aprueba una nueva prorroga del estado de alarma. No sé si es una victoria en la batalla contra el virus o un triunfo en la pugna de Pedro Sánchez por sobrevivir políticamente. Ha logrado, en todo caso, una prórroga en el trayecto por la cuerda floja que inició, junto con su carrera política en primera división, va a hacer ahora seis años. No me parece lo más importante en este momento: pienso, como el presidente aragonés Lambán, que salir de este horror en el que estamos metidos importa mucho más que el futuro político del señor Sánchez. Lo que no tengo tan claro es por dónde va a discurrir nuestro futuro vital, el de los españoles, digo.
Cuando los balcones busquen culpables
Tiemble el Gobierno Sánchez, tiemblen tantos responsables que nos representan. Deberían saber el presidente Sánchez, el vicepresidente Iglesias, el president de la Generalitat Torra, todos, y algunos más, que los ciudadanos tienden, en medio de la desgracia, a buscar culpables. Aunque estos sean, acaso, inocentes. O presuman de ello. Si el Gobierno de coalición piensa que la gente comprenderá que está actuando bajo presión máxima, en circunstancias que jamás antes se habían producido y dándolo todo de sí, se equivoca. Ya sé, todos sabemos, que no se dispara al piloto cuando el avión está en pleno vuelo; pero luego llegan, como a aquel que aterrizó en el río Hudson, los debates, durísimos, y los juicios, no siempre muy comprensivos, sobre quién tuvo qué responsabilidades.