No hay árbol bueno que dé mal fruto

No hay árbol bueno que dé mal fruto

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John F. Kennedy Jr. afirmaba en 1999 que “si mi querido amigo Donald Trump decidiera renunciar a su fantástico estilo de vida para convertirse en presidente, él sería la fuerza imparable para la justicia más alta que tanto demócratas como republicanos celebrarían”... Por el momento la historia le debe justicia. De todos los juicios que entablamos en la vida, ninguno es tan importante como el que entablamos sobre nosotros mismos, ya que ese juicio afecta al propio núcleo de nuestra existencia. El modo en que nos relacionamos con nosotros mismos afecta al modo con que nos relacionamos con los demás, el mundo que nos rodea, con el universo visible e invisible que constituye nuestro contexto esencial.


El ser humano, como un ser más de la creación, tiene sus códigos de supervivencia y comportamiento innatos, pero nos diferencia de los animales la capacidad de abstracción y  la capacidad de transmitirla, cualidades en las que está muy presente la religión y el arte.


Por ejemplo las normas más importantes del vestir de las personas poco o nada hablan de hacerlo de una u otra forma. Sencillamente, la elegancia no la otorga seguir unas u otras pautas. La verdadera elegancia es esa virtud tan escasa en nuestros días como la caridad, la honestidad y la santidad. De estas buenas cualidades podríamos decir que se rigen por un código de conducta que pasa de padres a hijos. Normas que se han aprendido en casa o que se han llegado a dominar observando a esos caballeros o damas que las tenían interiorizadas desde su infancia. Normas que no aparecen en los libros sino en las biografías de las personas más elegantes, integras y educadas de la historia.


La elegancia podríamos decir, en nuestros días, que engloba a las buenas cualidades del ser humano, que es una actitud, un comportamiento concreto frente a una situación determinada. La naturalidad con la que andamos, la facilidad con la que hablamos e incluso la destreza con la que escribimos dicen mucho de esta cualidad. Es una forma de vida asimilada y no forzada. Una manera de afrontar el día a día sin tener que pensar qué corbata escoger o cual es el zapato que mejor combina con nuestro traje. La elegancia no es otra cosa que naturalidad, sencillez y saber estar. Son esas normas pasadas de generación en generación que separan el trigo de la paja.


Dice Jesucristo en el Evangelio: “No hay árbol bueno que dé mal fruto, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se cosechan uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca cosas malas; porque de la abundancia del corazón habla la boca”.


Las buenas cualidades ni se disimulan, ni se pueden sustituir por nada; lo que uno tenga eso da. Poco ha quedado escrito, pero sin embargo estas palabras son la verdadera esencia sobre la que construir no sólo la base de la caridad, santidad, honestidad y elegancia sino también las normas de respeto hacia los demás. Oscar Wilde señalaba que “no hay una segunda oportunidad para una primera impresión”. La paciencia es otra virtud por la cual se sabe sufrir y tolerar los infortunios y adversidades con fortaleza, sin lamentarse. 


También significa ser capaz de esperar con serenidad y elegancia lo que tarda en llegar. La paciencia es la primera perfección de la caridad. La caridad es paciente, es servicial; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es elegante, no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra en la injusticia; se alegra en la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. Paciencia es la capacidad de continuar amando y riendo sin importar las circunstancias, porque reconocemos que con el tiempo, esas situaciones cambiarán y que el amor y la risa dan un profundo significado a la vida, y te brindan la determinación de continuar teniendo paciencia. Por eso si sabemos adornar la vida de paciencia, adornaremos nuestros recuerdos de elegancia, que al final es lo que nos queda. Una vida elegante o una vida pésima.


¿Por qué la bondad, la caridad, la corrección, la santidad y la elegancia, entre otras virtudes y cualidades han tenido tan pocos seguidores? Esa es su propia realidad. Todas tienen, por decirlo de alguna manera, la desventaja de ser el resultado de un trabajo duro para alcanzarlas, y contar con una educación para apreciarlas. Edgar Allan Poe decía que “las cuatro condiciones para la felicidad son: el amor de una mujer, la vida al aire libre, la ausencia de toda ambición y la creación de una belleza nueva”. De momento viendo los aires que corren nos toca tener mucha paciencia.