Memoria de la nieve

Memoria de la nieve

Sin duda ha sido la nevada del siglo, bueno de lo que va del siglo, que es la quinta parte, pero como se decía antes “ni los más viejos de la localidad, recuerdan otra igual”. Y es que, en verdad, ha sido de las de no olvidar. Yo al menos, y ya tengo algunos años, no recuerdo una parecida.


Por ello, la excepcional nevada me ha recordado los bellísimos versos del leonés Julio Llamazares en su poema “Memoria de la nieve”. “Mi memoria es la memoria de la nieve .... Mi corazón está blanco/como un campo de urces”. No me extraña que recibiera por este poema el premio Jorge Guillén y que lo editara primorosamente el Consejo General de Castilla y León, al que tuve el honor de pertenecer antes de constituirse las Cortes.


Y es que, la nieve, bella y atractiva, sobre todo para los niños y jóvenes, tiene también riesgos y peligros indudables en la imprescindible circulación y movilidad. Se dirá que no estábamos preparados y es verdad, para un fenómeno así, por lo que el uso de palas y, a veces, también de picos, se ha generalizado en todo un siglo XXI de tecnologías de vanguardia. Recuerdo que en Moscú te despierta el roce de las palas en las aceras limpiando la nieve. Allí, como en muchas ciudades nórdicas, estas nevadas son frecuentes. Por ello y por si acaso, guardar junto a la aspiradora la pala e incluso el pico va a ser recomendable. Aunque esperemos que vuelvan a pasar otros cincuenta años y no tengamos que habituarnos a estos episodios climatológicos.


Porque ya van siendo muchas las calamidades que nos acechan, si bien, un conocido meteorólogo decía en la tele que la pandemia ha traído la normalidad a las estaciones: primavera lluviosa y florida, verano seco y caliente, otoño fresco y otra vez lluvioso y, por último, invierno frío y nevado. Habrá que decir que no hay mal que por bien no venga.


Pero yo, que soy un poco tozudo, quiero volver a la magia de Llamazares “Todo lo aprendí de quien nunca fue amado: la nieve y el silencio/ y el grito de los bosques cuando muere el verano”. Gracias Julio, hijo del desaparecido pueblo de Vegamián, por tu cálida poesía, que nos alienta el corazón en estos días tan gélidos.