Clamor contra Celaá, por la libertad de educación

Clamor contra Celaá, por la libertad de educación

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Hace ya algún tiempo, una joven pareja disfrutaba de sus dos hijos, una niña de 5 años y un pequeño de 3. Eran una familia simplemente feliz, ella era administrativa en una gran empresa y él un profesional reconocido en su sector. El pequeño hablaba poco y, pese a ser el enanito feliz, tenía preocupados a sus padres por no acabar de hablar. Por eso, acudieron a diferentes médicos, clínicas, profesionales, hasta que, un día 23 de diciembre, les adelantaron que ese pequeño feliz podía ser autista.


Los padres pasaron las navidades más amargas que jamás nadie pueda imaginar y comenzaron a buscar soluciones educativas a su hijo, acudiendo a la Clínica de Navarra donde, tras confirmar el diagnóstico, aportaron muchas pautas de actuación y remitieron a Angel Riviere (presunta eminencia mundial) que les resolvió que, efectivamente, el peque era autista y les indicó el método que tenían que seguir y que él estaba dispuesto a facilitar a los profesionales que con él trabajasen.


En todo ese tiempo, el pequeño había sido tratado por un auténtico ángel que acudía a la guardería a aplicarle las técnicas que conocía y que le permitían seguir su desarrollo.


Pero, llegó el momento de la escolarización y el padre movió cielo y tierra para que su hijo acudiese a un centro ordinario con apoyos, sin resultado alguno y, por indicación de la Comunidad Autónoma, ingresó al niño en un Centro de Educación Especial, en el que, ciertamente, los niños con dificultades podían desarrollar sus capacidades; pero, para ello, debían de pasar el filtro de una tal Teresa Sanz que se negó a leer los informes que se le entregaban, reunirse con la profesional que le había tratado, impedir el acceso de los padres para ver las terapias que se aplicaban, negarles los informes trimestrales y, cuando el padre se enfrentó, el niño jamás fue llevado a integración, como decían los informes previos, los profesionales y pedían los padres, y se enfrentó al padre, pues, además de poner en cuestión su profesionalidad, ella arriesgaba los 3.000 € al mes que lucraba por su solidaridad.


Ciertamente, aquellos que doblegaron su cerviz ante la mencionada, obtuvieron el desarrollo de sus hijos, pero el padre siguió con su lucha y, pese a ello, unos jueces timoratos, incapaces de tener el más mínimo de sensibilidad, dictaron sentencia en su contra, quedando únicamente la opción destructiva de la querella criminal que, por no dañar a los menores que si estaban siendo tratados, porque el daño a su hijo ya estaba hecho, desistió.


En ese tiempo, el pequeño se hizo mayor y podía entrar en otro Centro de Educación Especial que, pese a no ser específico de su trastorno, en Asprodes, le dedicaron cariño, esfuerzo, trabajo y muchos cuidados, hasta el punto de que, con la educación rota por la mano de la Sra. Sanz, le hicieron feliz, le desarrollaron sus capacidades y tiene un centro al que acudir y desarrollarse como persona.


Ahora, con el tiempo, aquellos que estuvieron en contra del protagonista de esta historia, han acudido al centro de Asprodes, donde el hijo de esta familia fue el primero, ahora algunos les reconocen el daño realizado encubriendo su responsabilidad en el miedo y la cobardía.


Con el esfuerzo, la dedicación, con una solidaridad bien entendida y con el apoyo imprescindible de la Administración, que debe de cumplir su obligación de garantizar la educación de los menores conforme a los criterios educativos de los padres, bien en centros ordinarios con apoyos especiales o, como suele ser preciso, en centros especiales con integraciones puntuales en centro ordinarios, comprendamos que una discapacidad puede hacer que tengas las mismas competencias que otro muchacho de tu edad en el área de matemáticas, pero esa diferente capacidad te impide alcanzar las mismas competencias en lengua, en la que precisas una actuación y dedicación especial.


Con la Ley Celaa se quiere acabar con los Centros de Educación Especial e integrar a todos los alumnos en centros ordinarios con apoyos, pero eso no sólo es desconocer la realidad, sino poner fin a las Sras. Sanz, que bien se lo merecen, y acabar con los Centros Asprodes, Aspace, etc. que resultan imprescindibles para el adecuado desarrollo de algunas personas.


La falta de sensibilidad, de criterio, de profesionalidad y el sectarismo doctrinario de una izquierda canalla que se le llena la boca con la palabra solidaridad, pero deja sin pan a los que no tiene voz para clamar, por sus derechos.