Las fiestas de antaño: retrospectiva de San Roque en Villarino
Procesión de San Roque, un agosto de antaño con la peña El Bodegón de mayordomía

Las fiestas de antaño: retrospectiva de San Roque en Villarino

Villarino de los Aires, al que llaman puerta de Los Arribes del Duero, debería, hoy mismo, comenzar sus fiestas patronales en honor a San Roque. Pero no. La pandemia de Covid-19 ha cambiado todo y también se ha llevado, este año -esperemos- las tradicionales fiestas. NOTICIASCYL recuerda aquellos años de peñas, toros, verbenas y procesión.
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Las fiestas patronales de San Roque en Villarino de los Aires, en unas condiciones normales, comenzarían hoy, 14 de agosto, con el pregón y el desfile de peñas en tiempos modernos. Pero son momentos anómalos, condicionados por una 'inesperada' pandemia de Covid-19 que se ha llevado todo por delante, hasta el punto de que nada volverá a ser lo que fue. Esa es la principal consecuencia de la llegada de este virus. El cambio de una sociedad impersonal y vacía que iba abocada al abismo.


En esta situación de pandemia, el Ayuntamiento de Villarino, acertadamente, como los demás ayuntamientos de la geografía patria, decidió suspender las fiestas patronales que honran a San Roque, también, por cierto, santo de la peste y, de paso, de las pandemias. Roque -conocido protector contra la peste nacido en 1285 en Montpélier (Francia), gran parte de las fiestas a él dedicadas tienen su origen, precisamente, en algún voto efectuado en momentos difíciles de epidemia, sobre todo entre los siglos XV y XVI, aunque está bien recordar que la peste atacó muy fuerte a este pueblo de La Ribera a finales del siglo XIX-. Nada puede suplir esos días de jarana, jolgorio, toros, verbenas, peñas, limonada -aunque ya menos- encierros y ruido. No deja de ser curioso que aquí sigan estando convencidos de que sólo es creíble lo festivo cuando esto hace del ruido su argumento esencial. Únicamente resta la celebración del recuerdo, en la añoranza de aquellos tiempos y aquellas gentes que fueron pero que ya, desgraciadamente, no son ni serán. Es el avance inexorable del tiempo que condiciona la vida.


En esa entrada en el 'Ministerio del tiempo' -como se dice ahora cuando se rebobina el pasado- son muchas las historias, cientos las personas, miles los recuerdos que componen la película de las fiestas de San Roque, que dicen bendito, en Villarino de los Aires. Cita con peculiaridades propias, autóctonas, raíces de un pueblo que miraba y otea pero ya menos, hacia dentro, a sus entrañas culturales y sociales. Quedó atrás el tiempo de la alegría y la jarana, de la amistad y el reencuentro con las raíces de un pueblo que las tiene propias. Tampoco es momento de hacer balances, ni tampoco de soportar morriñas. Sí es tiempo para traer a la memoria recuerdos de unos días excelsos de convivencia en el pueblo que une y forja. San Roque en Villarino de los Aires es el nexo de comunión de los vecinos, tanto de los que habitan en el pueblo como de los que llegan en estas fechas para compartir mesa y mantel, amistad y alegría. Desde la procesión, esencia misma de los ritos más ancestrales y la devoción, hasta los toros, entendidos como el compendio de festejos populares como los encierros y las novilladas, son el eje sobre el que gira el programa festivo, al que hay que añadir los bailes antaño, ahora las verbenas.



Los Golosos villarino


Peña 'Los Golosos'



Bailes de dos sesiones que comienzan a las siete de la tarde y se prolongan hasta las 10 -para cenar, en peñas o familias- y continuar hasta las 12 en la plaza con tamboril y Los Chupaligas que proceden de Vilvestre. Pero también persisten en el salón de Jarrino, donde el cine, con los de Cibanal, que dan cuenta de boleros, cumbias y pasodobles. También hay baile en Casa Totó, con orquestas que llegan de la capital y animan con sones cubanos, boleros, mambos y chachachás como Los Siboney, Los Saboy o Los Subcubanos. En Casa Totó se cita la emigración cubana. Sin olvidar el baile de la Sociedad, un salón donde La Villa, con ritmos de tocadiscos que animan los más modernos. Quizás sea el atisbo local de los primeros ritmos rockeros, es época de rock an roll, aunque los bailes sean monopolio de la copla y el pasodoble. También suenan con fuerza las rancheras y algunos boleros.

Después de zapatear sacando a la chacha -son tiempos de calabazas y quita 'payá'- , dormir o de rondas, porque no hay botellón, sino vino peleón de bodega, endulzado con escasa azúcar, escabeche de tonel, latas de sardina, bacalao seco y el postrer resto de un pernicote. Tamboril con Juan del Corral, Gabino, Camarolo o el tío Chicharro, y a cantar 'De trapu la manta será' por calles y torales. De vez en vez también suena entre tiestos y parras -que haberlas haylas en muchas puertas- 'La saya'. Calle arriba, calle abajo/ cuantos paseos me debes/ ya me los iras pagando/ con el tiempo si Dios quiere.// Trae, trae, tráeme la saya verde/ trae, trae, tráeme la colorá,/ trae, trae, tráemela Marianita/ trae, trae, tráemela para acá.// Que bonita esta una parra/ con los racimos colgando/ más bonita está una niña/ de catorce o quince años/ y si tiene dieciséis/ por un año no reparo...".



Espejo plaza bufo villarino


'Espejoplaza', algo común en aquellos tiempos antes de iniciar la corrida


Una charanga de abuelos animosos, los Marinos de León, retumba en cada esquina del pueblo, para que así sepamos que seguimos (tarara-papa-chunchún/ tarara-papa- chunchún) en la desenvoltura de las fiestas.


Mejor que peor, a esas horas, cuando los ritmos de los Marinos y las frescas claras del día asoman por La Trabanquina, los hombres, camisa blanca, gorra, pantalones de pana remangados y alpargatas de esparto, garrocha en mano salen al encuentro de los toros que vienen por Los Tolleros. La espera, siempre alegre, como las gentes de este pueblo en sus fiestas, es el almuerzo con el cántaro de vino, la bacalá y las latas de sardina, quizás alguna longaniza y el aguardiente para 'matar' el sueño y también el miedo.


La manada avanza por El Corzo para entrar por San Amaro en las primeras casas del pueblo -La Rebalde y la Paya quedan a un lado- y el bar el Tío Botero al otro. Y empiezan las carreras entre cabestros, vacas, novillos y caballos. Cumbre abajo avanza todo un tropel que tras de sí deja una nube de polvo y más de una caída. ¡Que vienen! ¡Que vienen! gritan las mozas desde los balcones y los tablaos que se han levantado en la plaza. Cada panda con el suyo y también su burladero. Más de uno no duerme para que no le roben la madera de la talanquera. Los toritos están en la plaza y comienza la fiesta. El Cordobés los agarra por el rabo, Quiacer y Jariego se suspenden en las sogas del árbol, y, otros, esperan para hacer un 'espejoplaza'. Un grupo de chirigotas hace su entrada al son del acordeón de Quico y las risas de la plaza que hacen la melodía de la corrida. Manolo Bruguín, El Tío Bicho y Colás Pastios son los más atrevidos disfraces de lo grotesco azuzados por Vicente Bárbaro. Ellos, símil de un pueblo que ríe sus propias ocurrencias, dan inicio a la muerte del toro, no sin antes reclamar, una vez tras otra, Lorenzo el Estanquero que se bajen de la farola, porque años antes, era Román El Alguacil, con su gorra de plato y corneta quien echaba el bando para despejar el ruedo y anunciar la salida del toro.




Villarino toros farola (2)


Una cogida a un mozo cuando la farola de la plaza



Y vuelta a empezar de peñas, bailes y rondas. En ese trajín de cuatro días son parte esencial las pandas, peñas o grupos de amigos que se reúnen, quizás como única vez en todo el año, para reivindicar la esencia de la fiesta popular. Son la base de todo el entramado festivo que vive una comunidad marcada en su identidad por sus fiestas patronales de San Roque. Cómo no recordar a Los Intocables, Los Trompas, Los Golfos, Los Golosos - de los que formaba parte este periodista- como también de El Bodegón, o los más jóvenes de La Vasca, luego transmutados en Revoltosos, Los Colo Caos, que no Cola Cao, y La Sartén. Tiempos de ambiguos. Momentos de cambios. Espectro de una convivencia ida. 


Pasa la ronda por calles, colagas, colaguines y torales. Unos sacan aguardiente, otros vino dulce, otras dulces, las más chochos y aceitunas, que en el bar de Amable -al que llaman La Plaza- son únicos mientras el tamborilero marca un jota, la jota de Villarino que dicen de La Ribera. Sigue la ronda al ritmo del almirez, la botella de anís, las castañuelas de Félix Roquito, la sartén y el tamborilero que abre el cortejo. Clarea el día cuando el galanteo local hace un alto en la plaza mientras las mujeres caminan presurosas a embellecer la iglesia y las andas del Patrón. Ya revolotean los guirris, como se dice por este pueblo. Estos días de agosto serán los últimos del año en el que se ven las siluetas con forma de misil y alas puntiagudas de los vencejos comunes volando gritones por los cielos del pueblo haciendo todo un alarde de piruetas alrededor del campanario.


Avanza la mañana, y todos con camisa blanca planchada, pantalones estilo James Dean, el cabello hacia atrás y los pudientes con zapatos de gamuza, otros, los más, con buenas alpargatas o sandalias, acuden a misa. Las mozas lucen esbeltas con mantones de manila, pero también muchas charras, embellecidas con ese traje de oro y bordados imposibles. Hay cántico del 'Kirie' por los mozos desde el coro con acompañamiento de Quico Sacristán o Bodoquino al armonio.


Tamborileros villarino


Tamborileros de Villarino -Bene, el Tío Félix Roquito con las castañuelas, Carlos Mariquelo, Miguel Barbariqui y Tomás Camarolo esperando que salga el Santo./ FALCAO



Con un sol radiante, cuando revolotean las golondrias y los vencejos en el campanario y el pueblo huele a hierbabuena, tomillo, rosas y romero sale la procesión presidida por el cura que viste dorada capa pluvial, los mayordomos con porte de trajes de La Ribera y sus varas, los hombres turnándose para portar las andas con San Roque y las mujeres cantando porque es la Fiesta Mayor de la aldea. Villarino está de fiesta, pero una fiesta cargada de sentimiento, devoción, recuerdos de los amigos y familiares, de penitencia por el que sufre y mucha emoción. San Roque y su festividad tienen ese duende tan especial que hasta una procesión se convierte en sentimiento a flor de piel.


El paso de la procesión por las calles del pueblo retrotrae en muchos rincones al pasado más lejano de escasez y confines cerrados. Balcones y balconadas que lucen mantones y colchas, tiestos que cuelgan como racimos de colores en paredes y ventanas, higueras y rosales que adornan los torales, construcciones de piedra y puertas cuarterones en las que se ha detenido el tiempo, mientras que asciende el aroma de la hierbabuena que se esparce por las calles junto al tomillo y los pétalos de rosa. En Villarino es un Santo, pero también se podría cantar aquello de “Barre la calle,/ Que va a pasar por ella./ Salada y olé/ Cuerpo salado déjate querer,/ Que va a pasar por ella/ Cristo y su Madre ay, ay, ay”. Es el estribillo del ‘Bolero de Algodre’.


Entrada la noche, el carrilano comprende que el mozo no necesita trucos para fingir una proximidad inexistente, como hacían los demás. Era su momento. El momento crucial. El reto. Tú solo, como la película... Transnochando o madrugando... esperando al encierro ando. A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Y al miedo se le dice miedo. Miedo al de las patas negras, al que te quita los pies del suelo, a todos nos ha pasado, maestro, y el que diga otra cosa miente. Seguiremos la fiesta cuando el hombre proponga y el virus disponga. Ay!


"Y de trapu, de trapu, de trapu/ y de trapu la manta será...".


Los trompas villarino


La mítica peña Los Trompas