VÍDEO | Misa funeral por las víctimas de COVID en Salamanca

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Homilía del Obispo de Salamanca, Mons. Carlos López


Inicio


Al iniciar esta Eucaristía os invito a dar gracias a Dios y a cuantos, con su auxilio, han hecho posible, con generosa entrega, y a veces con el sacrificio de su vida, el mayor control de la enfermedad ocasionada por el Corona virus y la recuperación de la relativa normalidad de la vida eclesial, que nos permite ahora celebrar en común la participación en la Pascua de Jesucristo de tantos familiares, amigos y hermanos en la fe, que tuvieron que afrontar el misterio de la muerte sin la cercanía consoladora  de la familia, y no pudieron ser acompañados en su paso a la casa del Padre por la oración pública de la comunidad cristiana en la celebración de la Misa de exequias.

El dolor y el sufrimiento causados por el fallecimiento de tantos  seres queridos en las circunstancias referidas, por el tiempo de aislamiento  de  la  familia y de la comunidad de fe, y por las dificultades laborales y económicas, propias y ajenas, lo presentamos hoy al Señor como  ofrenda  de  intercesión, unida al sacrificio redentor de Jesucristo, por la salvación y  bienaventuranza eterna de todos los que han perdido su vida temporal a causa de la pandemia.

La confiada y cierta esperanza que nos infunde la fe en el amor de Dios Padre, en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, y en la comunión del Espíritu Santo, nos hacen posible abrir el corazón al Señor para encontrar en él la misericordia, el descanso de nuestros agobios y la serena paz del espíritu.


Homilía


Cuando el admirable progreso de la investigación en la biología, la medicina, la física y la tecnología invitaba a soñar en una nueva etapa cultural la humanidad, liberada de sus viejos males por la ciencia, en un abrir y cerrar de ojos, la pandemia del Corona virus nos ha obligado a vivir con especial intensidad la experiencia de la fragilidad de la existencia humana y a contar con la muerte como dimensión esencial de nuestra condición.


Hemos de abrazar esta realidad como base fundamental de todo proyecto humano. La muerte no es un simple problema técnico, sino un profundo hecho humano que es preciso aprender a vivir e integrar con plena consciencia y libertad en la existencia personal. Esta integración nos hace humanos; nos abre a nuestro propio misterio y al misterio de Dios.


Asumir la condición mortal desde la fe en Jesucristo, y en su resurrección, nos libera de la congoja y nos da la más absoluta esperanza y libertad en todas las circunstancias y ante todos los poderes y fuerzas del mundo, que pretendan someternos.


La Palabra que hemos escuchado nos ofrece luz y fuerza para comprender y asumir la fragilidad y la condición mortal con serena y gozosa esperanza y con la libertad que nace de la experiencia del amor de Dios.


El apóstol Pablo nos ha descrito la existencia de cada persona humana como una vasija de barro que contiene un tesoro. La vasija de barro y el tesoro que encierra son un eco de la narración bíblica del hombre moldeado de arcilla por Dios como alfarero, sobre el cual exhaló su aliento de vida, para hacerle ser viviente a su imagen y semejanza (cf. Gen 2,7; 1, 26-27).


El tesoro al que Pablo se refiere expresamente es “el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo” (2 Cor 4,6). Pero reconoce que el dios de este mundo ha obcecado las mentes de los incrédulos “para que no vean el resplandor… de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios” (2 Cor 4,4). Los creyentes, en cambio, descubren en su vasija de barro la presencia del Espíritu de Cristo. El apóstol se lo recuerda a los fieles de Corinto con estas palabras: “¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios?...Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!” (1 Cor 6, 19-20). Y el apóstol presenta la existencia del cristiano como una lucha entre la carne y el Espíritu de Dios, que “habita en vosotros” (Ro 8,9).


En la existencia de los cristianos se manifiesta que su vasija de barro está habitada por una fuerza extraordinaria de Dios, cuando se sienten “atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, más no aniquilados; llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”… “sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús” (2 Cor 4, 8-10.14).


A los mismos fieles de Corinto les comunica de forma más concreta: “la tribulación que nos sobrevino en Asia nos abrumó tan por encima de nuestras fuerzas que perdimos toda esperanza de vivir. Pues hemos tenido sobre nosotros la sentencia  de muerte, para que no confiemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos; el cual nos libró y nos librará de esas muertes terribles.” (2 Cor 1, 8-10).


El testimonio de san Pablo es ejemplar para las situaciones de tribulación de nuestra carne por la pandemia o cualquiera otra enfermedad que pueda quebrar nuestra vasija de barro. La vasija de barro no está vacía, ni la carne atribulada es la última realidad. El Espíritu que la habita la configura ahora y la glorificará a semejanza de la carne gloriosa de Jesús resucitado.


Pero nos vemos también confrontados con una extendida visión cultural actual que difunde como ideal la instalación en la finitud de la existencia y anima a prescindir de toda esperanza que trascienda los límites de nuestra historia personal en este mundo.


En esta celebración oramos también por las personas que se hayan enfrentado al contagio del virus y a la muerte sólo desde la propia finitud. Y pedimos al Señor que les revele con misericordia su misterio de amor y de vida eterna que no llegaron a conocer en su vida temporal.


Además, estamos llamados a mostrar la razón de nuestra esperanza con nuestra palabra y nuestra forma de vivir, sufrir y morir en comunión con Jesucristo.


Para ello es necesario un largo camino de aprendizaje, como el que recorrieron los primeros discípulos, en compañía de Jesús. El Evangelio y la lectura de los Hechos de los Apóstoles atestiguan el proceso de conversión de los doce en verdaderos discípulos y en apóstoles de Jesucristo.


Santiago y Juan, como los demás discípulos, habían sido elegidos y llamados personalmente por Jesús. Y ellos se fiaron de él y lo dejaron todo para seguirle. Su forma de vivir y de enseñar, sus milagros y el anuncio del Reino de Dios llenó su corazón de esperanza. Pero su adhesión al proyecto de Jesús estaba muy condicionada por la interpretación del mesianismo propia de su momento cultural. Y no comprendían la forma en que Jesús quería realizar la misión recibida del Padre. Por ello, no sólo Santiago y Juan, que con su madre lo piden explícitamente, sino todos los  demás aspiran a los primeros puestos en el futuro reino de Jesús, discuten entre ellos sobre quién es el más importante y se irritan contra el que se presenta como competidor.


Jesús tiene que corregir a los que piden sin saber lo que piden y a los que no están dispuestos a aceptar que se les conceda su deseo. A unos y a otros, Jesús sólo les asegura: “Mi cáliz lo beberéis”, es decir, compartiréis la misión del Hijo del hombre, que ha venido “a dar su vida en rescate por muchos”. Y para prepararlos a esa misión les adelanta su programa: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos”. Es un ideario básico para reordenar nuestra vida social.


Por este camino, con humildad, confianza y sufrimiento, fueron aprendiendo los discípulos cuál era su misión y qué gloria final les esperaba en el reino de Jesús. Sus vasijas de barro tuvieron que superar el escándalo de la Cruz, ver al Jesús resucitado y vivo, y recibir la fuerza transformadora del Espíritu Santo.

Convertidos en apóstoles por obra del Espíritu Santo, “daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”, “realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo”, no hacían caso de la prohibición de enseñar en el nombre de Jesús, y, llamados ante el Sanedrín, proclamaban: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su poder, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen”.


Contra su vasija de barro se revolvió la rabia que consumía a quienes no eran capaces silenciar su anunció de la resurrección de Jesús, y “el Rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago”. En él se ha cumplido por primera vez el anuncio de Jesús: “Mi cáliz lo beberéis”; y ha de cumplirse a lo largo de los siglos en cada uno de los discípulos de Jesús.


La sangre de Santiago, vertida con la de Cristo, ha fecundado su testimonio del Evangelio a los cristianos de España, con el auxilio de la Virgen María del Pilar. Por intercesión del Apóstol y de María rogamos hoy al Señor Resucitado que haga partícipes de su gloria a todos los que en esta pandemia han bebido el cáliz de la muerte.