No molesten...

No molesten...

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Aunque parezca curioso hay personas que no molestan. Gusta pensar y recordar que existen al igual que su silencio y la discreción de los que no quieren molestar. Un ejemplo es el Doctor Chillip en David Cooperfield que atravesaba las puertas de costado para ocupar menos espacio, no fuera que chocara con alguien y pudiera desagradarlo.


Cada vez menos nos topamos en nuestras vidas con personas que apenas emiten escuetos vocablos, actitud diagnosticada con claridad coloquial “este no habla para no molestar”. Es verdad que hay personas que apenas parece que existen. Se las ve, se las escucha pero cuidan mucho de entrar en cualquier sitio como un miura en la plaza de toros. Ponen extremo cuidado en no interferir en donde ellos pudieran considerar un engorro en vez de una solución. Nada más lejos de sentirse agentes de una injustificada perturbación.


Cuesta comprender a los que finalizan sus misivas electrónicas con un gracias o perdona las molestias. Cuando aprecias a alguien no alcanzas a entenderlas. Hay gente milagrosa que ha venido al mundo para hacer el menor ruido posible. Ponen mucho celo en no ponerse en medio cuando pasa alguien. Se encogen para facilitarnos nuestro trajín. No tienen nada que ver con las personas de comportamiento apocado, no esgrimen su discreción por temor a ninguna reconvención. Sencillamente se cuidan de no agredir la serena existencia del prójimo. Pienso que tienen una gran vida interior fruto del constante análisis de lo que les rodea. El no molesten da para mucho.


Cervantes no coincidió en la forma con sus contemporáneos. Quevedo se caracterizó en la construcción del menosprecio al Estado y su casticismo por lo que su estilo fue por otros derroteros. El autor del Quijote no quería ser molestado, y para eso, lo primero que tenía que hacer egoístamente es no molestar.


Hoy nos enfrentamos al chandalismo con el que se pierde toda autoridad en la vejez, al vecino que pone la radio a todo volumen, al chanclismo que trata de colarse en la cola del supermercado, al compañero del AVE que no para de desagradarnos con su vida privada y profesional por el teléfono móvil. El lenguaje soez de los soplagaitas famosillos mil y una tertulias. El alumno que no atina a valorar las enseñanzas de los profesores. Los improperios chulescos de algunos que deberían defendernos. Las preguntas inoportunas. La información que no sirve para nada. El que habla y come palomitas en el cine. Los que no atienden cuando se les habla. Vivimos inmersos en un irresponsabilidad generalizada o en un egoísmo barnizado de oro.


Parece que la sociedad va por un lado y el pensamiento va por otro. En el arte de no molestar hay una elegancia entre ética y estética que no se aprende en ninguna parte. Quizás sea fruto del dolor del pensamiento interior. Contar nuestra vida a alguien cuando nadie lo pide puede ser un indicio de falta de elegancia. Se empieza a molestar a una víctima por cierta falta de educación al obligarla a escuchar. Decía Horacio que nunca recitaba sus versos a cualquiera sino a sus amigos y cuando se lo pedían, no como algunos que no tenían reparo en hacerlo en los baños públicos.


Cuidar las formas, hablar en un tono correcto y mantener un todo momento un trato amable y educado. Evitar levantar la voz, iniciar discusiones acaloradas con premisas falsas para acabar amenazando no llevan a ninguna parte salvo a enturbiar la relación y no conseguir nada. Silencio, discreción, elegancia y ese educado arte de atravesar las puertas de perfil.