Por qué nos desmadramos en el confinamiento

Por qué nos desmadramos en el confinamiento

A contracorriente
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No sólo han sido los comportamientos dignos de multa y/o detención. En cuanto se permite algo de relajamiento de las medidas anti virus tendemos a comportarnos digamos que con normalidad.


Tampoco, así lo creo, hay tanta gente insolidaria, malvada o imbécil para ponerse a sí misma en riesgo y hacerlo con los demás. ¿Por qué, pues, esa abundancia de actitudes incívicas o, al menos, irresponsables?

Pues porque mucha gente ha tomado la pandemia como un acto más lúdico que trágico, más novedoso que funesto. Eso, supongo, porque no hemos llegado a ver el carácter siniestro de la epidemia. Ni nosotros ni las cámaras de televisión hemos estado en las UCI mientras se trataba de reanimar inútilmente a un moribundo; ni nosotros ni las cámaras de televisión hemos estado en una residencia de tercera edad mientras se apilaban los cadáveres, ni hemos asistido a entierros clandestinos, ni compartido el dolor de los deudos de las víctimas.


Lo más abundante en las redes sociales, desde el confinamiento hacia aquí, han sido memes ironizando con la situación, gags con reacciones estrafalarias, chistes clásicos readaptados a la nueva realidad y hasta una comedia televisiva en la que el COVID 19 era el protagonista humorístico de una comunidad de vecinos. 

Así, claro, a mucha gente le cuesta tomar en serio la desolación causada por el coronavirus. ¿A que no sucede lo mismo con los bombardeos en Siria, el naufragio de pateras en el Mediterráneo y hasta la erupción de un volcán en Haití?


Mientras estas escenas son repetidas ad nauseam por los medios de comunicación y producen nuestro pavor, el tratamiento entre algodones y hasta chirigotas de la pandemia la ha dejado reducida a meras estadísticas de contagiados y finados, de infectados y recuperados, casi como el tanteo de un partido que se juega en un terreno que no es el nuestro.


Por eso, insisto, no es que mucha gente sea imbécil o malvada, sino que la infantilizamos con el corolario de que las reglas sanitarias son un demasié y que saltárselas hasta supone un legítimo divertimento.