Reis de Salsas (Bragança), celebración festiva de las mascaradas

Reis de Salsas (Bragança), celebración festiva de las mascaradas

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"Qué bueno sería que no se perdiese toda esta riqueza arcaica y que la sociedad de hoy sustituyese los extranjerismos tan en voga por el regreso a la hermosa tradición portuguesa, tan llena de trascendencia étnica y espiritual".(1)


Entra la tarde, el viajero deja atrás frívolos paisajes transmontanos –mares de niebla que convierten en océanos los valles de Vila Flor y Macedo de Cavaleiros y Mirandela- y se encamina a Salsas –junto al grupo de mascarados de Mogadouro, con la vereadora Gina Gomes al frente del grupo-, antigua parroquia de Santo Nicolau de Salsas, donde llega cuando el sol aún permance escondido entre nubes en su ocaso. Allí espera Filipe Caldas –el más longevo en años alcalde de la freguesía y alma de los caretos de Salsas-.


A la vez que el viajero, también llegan los Caretos de Lazarim y los de Grijó de Parada y los de Pinela y Teatro Fisga y la Visparra de Vigo de Sanabria y 'Jurrus y Castrones' de Alija del Infantado (León) y Bragança –que regresan felizmente como fue antaño- y los velhos de Vale de Porco y Valverde y el Chocalheiro de Bemposta que despunta como la perfección de la máscara. Y también Gaiteiros y Tocadores da Lombada y Grupo de Bombos de Lazarim.


De todo el conjunto arquitectónico de Salsas que recorre el viajero destaca la estación de ferrocarril de la Linha do Tua, que preserva la torre de agua que alimentaba las locomotoras a vapor. Recuerda un anciano al viajero, en la espera del desfile, el terrible accidente acontecido el 27 de abril de 1910, en el que murió Abilio Beça, gobernador civil de Bragança. Al tratar de subir al vagón se deslizó a la vía, siendo atropellado por el tren. Beça es considerado, junto a personajes como Clemente Meneres, Dinis Mota y Juan de la Cruz, como uno de los padres de la Linha Tua. Tiempos aquellos de florecimiento del añorado tren y tiempos y medios que, desgraciadamente, no volverán por imperativo de esta sociedad que todo lo mide con la lupa del beneficio, cachis.


O Día de Reis em Salsas


El trajín de coches y autobuses rompe el silencio melancólico de la tarde. Es la celebración de O Dia de Reis en Salsas. Esta celebración, de origen pagano, transcurre desde el inicio de enero hasta el día de Reyes. La tradición de antaño –porque ahora se ha hecho más popular centrada en el desfile- llevaba a vestir a los caretos para, por la noche, visitar a las rapazas en sus casas para jugar con ellas. Como las mozas eran conscientes de ello, bien pechaban la casa, bien marchaban a cobijarse en la casa de otro vecino que no tenía hijas, donde no irían los caretos. Hogaño, los caretos también visitan las casas, pero solo para asustar a los niños o jugar con las personas. Si entonces ese ‘juego’ no gustaba a las mozas, ahora lo llevan mejor, la sociedad está más abierta y, como dicen, “era tradição, era hábito, que se había de fazer, a gente bem se escondia, mas não adiantava”.

Ya en la fecha de Reyes, los caretos salían expresamente para realizar el petitorio y recogida de las dádivas o esmolas (piezas de fumeiro y productos autóctonos) para después entregarlos a los mayordomos/mordomos que hacían los remates por las noches. Con el dinero conseguido en las pujas se pagaban las misas por las almas de las personas de la aldea.


Antes de entrar de lleno en el recocijo festivo –más que tradicional- de la tarde sábado con el desfile/encuentro de mascarados ibéricos, el viajero se interesa por el porte de los caretos de Salsas que, a su entender, salvo el material de construcción de la máscara, es casi idéntico –por no decir, igual- al que portan los mascarados de Grijó e incluso de Parada. Veamos, según las explicaciones de Filipe Caldas.


El mascarado de Salsas


Mascarado de Salsas


Tomando en consideración la teoría general de todo careto, que se presenta como una figura sobrenatural, que precisa de quitarse la careta para ser reconocida –algo que se debería tener más presente en los desfiles-, toda la vestimenta viene revestida de un áurea mística y mítica que se respeta y acepta por toda la comunidad. Más importante, no se venera como a un dios o al diablo si fuera preciso, sino que se halaga con una pinta, dinero o fumeiro.


Los mozos visten sus vestidos rojizos, con franjas de colores. Los trajes están confeccionados con mantas ajadas, tejidas en los viejos telares de la aldea. Las tiras también estás cosidas en telares siendo los colores más utilizados el rojo, el castaño y el amarillo tostado. Colores propios del invierno. Estos trajes van cubiertos por collares, cruzados en el pecho y un montón de cencerros en la cintura que tintinean en cada movimiento del careto. Un largo palo le sirve de apoyo en las carreras y en los saltos. Es una máscara de madera o de corcho que tapa la cara, pintada de rojo, castaño o negro. Tiene siempre otras decoraciones, como una lengua fuera, enorme y roja. Dientes también, feos y cuernos de animales, pintados o al natural, salidos de un mechón de pelos bien negros.


Con todo este porte y esta tradición, los caretos salían por las calles cuando llegaba la noche asustando a los vecinos y éstos, para evitar la persecución, le ofrecían algo de su fumeiro… Este miedo natural de los niños y el aire siniestro de los caretos son aprovechados –no sabemos si áun- para imponer respeto a los críos al grito: “¡Olha o Careto!”. Recuerda el viajero los años de niñez con el ‘hombre del saco’ o ‘El Sacamantecas’… es decir, Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña, asesino en serie que nació y vivió en Álava (España) en el siglo XIX cuya historia servía para asustar y ‘domar’ la rebeldía infantil.


Desfile animoso y animado


Caretos de Grijó


Observando los caretos en el centro social llega la tarde. La aldea de Salsa se ha llenado de extraños, a decir de un mayor. Muchos visitantes, no menos fotógrafos en busca de la mejor instantánea, aunque sea forzada, periodistas y estudiosos y otros a ver qué pasa allí, ocupan las calles porque aceras no hay. El bullicio se hace aún más ruidoso con el sonido de los cencerros, las bombas que atruenan en el cielo, el repique de una caja o el bombo que se templa, como los de Lazarim con piel de cabra de Serra da Estrela. Llegan unos grupos y otros. Todo se mezcla, unos por saludar a los amigos, otros para una pose y los demás porque no saben qué hacer en este tiempo de espera. El careto gigante que preside la marcha, confeccionado con ramos y otros arbustos, se congratula del desconcierto de semejante marabunta. La pira puede esperar.


Aquí no hay tiempos cíclicos de celebraciones, ni tampoco simbologías ni rituales que podrían definir esta celebración. No es más que una fiesta de caretos. El tiempo de las celebraciones quedó para la fecha anterior… Ruido, mucho ruido con los Caretos de Grijó –dicen que si la Bota Vinho-, también juegan, divierten y asustan los llegados de Lazarim (Lamego), con sus máscaras terroríficas de madera que semejan demonios de mil caras y cuernos imposibles. Como juegan, asustan y, cómo no, posan todos los demás.


De un lado a otro, el viajero llega hasta la magnífica mascarada de Visparros de Vigo de Sanabria. Y así algunos más en un encuentro que abre, no es para menos, el grupo de Salsas –o vino e o caralho-. Gaiteiros y Tocadores da Lombada  dan animación al concurrido y largo desfile por calles empedradas y otras sin empedrar, por ruas urbanas y por caminos rurales… Es el círculo que abre el Ano Velho y cierra, con la llegada de todo el séquito, el Ano Novo con la quema del gigante ante la presencia del presidente de la Cámara de Bragança, Hernâni Dias, que también se mezcló con los grupos de caretos del Concejo… y con fuegos artificiales, a decir del ‘alcalde, pólvora, pólvora’ –en Portugal no es para menos-. Y cómo no, concierto/baile con las Concertinas Brigantinas y la ronda de los caretos por las casas, para no perder la costumbre.


Fiesta, mucha fiesta


Fiesta, mucha fiesta por las calles de Salsas


De por medio, mucha fiesta. Fiesta con la bota de vino de Grijó, y también con los sustos de los caretos y también los llegados de Sanabria, del pueblo que llaman Vigo con sus talanqueiras –que semejan una vaca- y los visparros, y los Jurrus y Castrones con la probabilidad de que la función puede ser el reflejo de las atrocidades sufridas por las guerras tribales entre romanos y astures. Los Jurrus escenifican con sus máscaras las sangrientas guerras tribales, atemorizando a sus víctimas. Y el toro que no embiste pero mete miedo. En todo este brebaje de máscaras e identidades, de pueblos y costumbres, ritos y contaminaciones odiosas, el viajero no tiene más remedio que sortear las embestidas de una talanqueira… Pero en su defensa acude el Chocalheiro de la paterna Bemposta, que luce la grandeza de lo único y lo auténtico y también de lo demoníaco y de lo que llaman ancestral.


Es enero y hace frío cuando el sol se esconde por las sierras transmontanas, el viajero no sabe por cuál de ellas, porque todo es un continuo subir y bajar, porque lo mismo que se baja se sube. La tenue sombra de la tarde hiela morosamente el rocío del monte y blanquea los hilos de las telas de araña tendidas sobre los tojos de los predios de Salsas. El pastor ha hecho una hoguera. Y el humo de las retamas mojadas sube lento, laso y voluptuoso hacia el cielo. Abrigadas en su lana, plácidas, las ovejas pastan ajenas a toda la algarabía que sortea la aldea. El perro pastor, echado junto al rescoldo, dormita. Una paz serena lo cubre todo. Ya no hay coches ni cámaras ni tampoco gentes llegadas de allá lejos.


El viajero sale del pueblo oliendo humo de retama… En el silencio de Salsas, propio de un sábado por la noche, aún se percibe el eco de la voz del careto, ¡Beve vinho, caralho!… En el camino a Mogadouro para seguir hasta la ciudad del Tormes esperaban mares de niebla que inundan los valles y que hacen del paisaje transmontano el paraíso soñado, o quién sabe, si el espíritu del maestro Torga que sube y baja también por los toboganes de algodón de este/su ‘Reino Maravilhoso’. ay!.


(1) Folklore do Concelho de Vinhais, vol. II. Lisboa: Impresa Nacional, pp XLIV/XLV.


REPORTAJE GRÁFICO LUIS FALCÃO