Tan tarán tin tantarantán, unos vienen y otros van: el campanero

La transmisión de información se ha resuelto en el pasado usando medios muy variopintos, desde el humo hasta las banderas, si bien, como es sabido, han sido los diversos sonidos obtenidos con las campanas los más utilizados y conocidos. Tercera entrega de oficios de antaño en nuestros pueblos y nuestras gentes, que se pierden con los nuevos tiempos, y que NOTICIASCYL intenta recordar

FuenteLuis Falcão | @luischiado
Los campaneros, un oficio que se pierde en nuestros días./ FALCAO

Tan taran tin tantarantán, unos vienen y otros van, las mañanas de San Juan. Al estudiar el mundo de las campanas, podemos deducir que tradicionalmente han servido para diversos fines de carácter social/militar y religioso. Así, en la sociedad tradicional, los toques de campana eran uno de los medios de comunicación más importantes en nuestros pueblos y en las ciudades. De los primeros podemos mencionar el toque para acudir a diversos actos, bien para comunicar noticias o en otros casos, para transmitir alarma por un eminente ataque o para anunciar fuego. Quién no recuerda en los pueblos ese toque rápido que infundía tanto miedo en las tardes de verano, cuando los fuegos. Entre los toques religiosos no conviene más que recordar la llamada a misa, en las procesiones o los funerales.

Pero estos toques eras realizados por un experto, como era el campanero, al que conviene distinguir por un lado de los sacristanes -que tienen tambien otras funciones- y de los volteadores -aquí existe una diferenciación apreciable, aunque el fin sea el mismo-, el volteador realiza su toque a brazo mientras que el campanero lo hace con cuerdas -un trabajo más sofisticado y por ello mucho más difícil-. La historia de los campaneros ha producido mucha literatura y, sobre todo, el imaginario de los niños que, en aquellos tiempos de niñez, veíamos a estos personajes como alguien especial y nos producía mucho respeto. Pero no está de más volver a repetir que muchas veces estas funciones de campaneros eran desarrolladas por los sacristanes, por razones de cercanía y rapidez, entre otras.

Pero como ocurre con todo lo que antaño era voz, parte y arte de nuestros pueblos, en nuestros días son muy pocos los campaneros que aún van por los pueblos haciendo música y arte con sus toques de campanas. Es una verdadera pena y una abominación que diversos artilugios eléctricos sustituyan en una inmensidad de campanarios aquel oficio especial y entrañable que elevaban melodías en los cielos de nuestros pueblos.

Aunque no es misión de este artículo, porque las tierras salmantinas apenas lo recogían, también se conoce como campanero a un oficio itinerante que acudía al lugar donde era requerido con sus herramientas para desarrollar la tarea de fabricar una campana. Este trabajo, como es de suponer, se alargaba una buena cantidad de jornadas, ya que conllevaba una amplia y laboriosa ristra de operaciones, como construir los hornos de fundición y preparar los moldes de las campanas en arcilla. Pero este trabajo no era de esta provincia.

El campanero de por aquí

Torre del campanario en la iglesia parroquial de Villarino de los Aires./ FALCAO

He buscado entre mis papeles unos recortes que tengo del ‘Diario de Burgos’. Ya que en Burgos, desde hace algunos veranos, vienen haciéndose concursos de campaneros, entre otras cosas para que no se pierdan estos oficios, aunque, lamentablemente, muchos de estos rasgos solo tengan sentido dentro de la tradición local.

Por término general, como en muchos de otros oficios tradicionales, al de campanero se accedía por herencia, transmitiéndose de generación en generación. Desde esta perspectiva, podemos definir al campanero de un pueblo como aquella persona que recibía las noticias de cada acontecimiento -como los pregoneros, de los que hablaremos en otra ocasión- y hacer de esa información una traducción al lenguaje sonoro de las campanas. Y, como todo por entonces, por realizar estos trabajos, estos ‘artistas’ del sonido recibían unas pesetas de los que encargaban sus servicios.

Por la forma en la que el campanero toca la campana, técnicamente se distingue entre voltear, volear, tornear, bandear, macear y repicar. El campanero, por tanto, ejecutaba todo tipo de toques y cada uno de los mensajes lo realizaba de manera distinta: con una campana o varias, con sonidos alternativos o juntos, con velocidad y lentamente o con distinta frecuencia de las campanadas. La verdad, es que no resulta fácil descifrar para alguien ajeno al mundo rural el lenguaje de las campanas

Pero vayamos por partes para detallar los toques más conocidos, aunque según el lugar y las costumbres existen muchos más, pero no es misión de este artículo ese estudio pormenorizado de este oficio.

El repicar provoca un toque alegre, pero en principio es una forma de golpear la campana de forma repetitiva.

Doblan y plañen por los muertos y el toque más típico en estos casos es el clamor. Los clamores a muerto comienzan con unos toques alternados y lentos, que se van acelerando progresivamente hasta converger en un conjunto de notas ‘a campana dormida’, para desembocar en un golpe seco y simultáneo de campanas ‘esposadas’.

Por el número de clamores sabemos quién es el muerto: dos para una mujer, tres para un hombre, cuatro para un sacerdote, cinco para un obispo, seis para los reyes y siete para los papas.

Finalidad de cada sonido

Los campaneros de antaño

Por la finalidad o el momento del día se tocaba a misa chica y a misa mayor (la solemne del día de la fiesta mayor). Para dar salida a las labores agrícolas: siega o vendimia a fin de que nadie se adelantara y todos salieran juntos del pueblo. El ángelus mañanero invitaba a rezar y soltar el ganado, el de mediodía marcaba un alto en el trabajo para comer.

Por la tarde las campanas tocaban a pardear, que marcaba la recogida del ganado. A campana tañida se convocaba a concejo o a vereda (para los trabajos comunales) y también se anunciaban a toque de campana la llegada del recaudador de tributos, del fresquero (vendedor de pescado fresco) o del matarife, como del capador, aunque como ya se conoce la estrofa que éste anunciaba por las calles a golpe de chiflo: “El que mejor chifle, capador”.

Cuando había fuego, las campanas tocaban a fuego o a rebato, lógicamente y no hay que olvidar los toques de tente nublo para ahuyentar las tormentas. Había toques especiales para la llevada del viático y también se anunciaban las agonías (ocho toques para la mujer, nueve si era hombre).

Otra cosa curiosa eran las letrillas nemotécnicas que empleaban los campaneros para recordar el ritmo. Recopilando esa información obtenida en Burgos, ponemos unas cuantas:

La del tente nublo: Tente nublo, tente tú, que más puede Dios que tú. Si eres agua, vente acá; si eres piedra, vete allá.

La molinera, de caracter festivo: Molinera, molinera parte pan, parte pan. Si se muere el sacristán, que lo lleven a enterrar.

La de toque a ciertos rezos monásticos: Ya vendrán, ya vendrán los canónigos a rezar.

Y no faltaba el del campanero chapucero: Toque bien, toque mal, tres pesetas me han de dar.

Después de los últimos campaneros (y también sacristanes) en pueblos y ciudades, el oficio ha desaparecido y con él la mayor parte de los toques, que ahora son todos amorfos y faltos de musicalidad. Los últimos campaneros se llevaron con ellos el arte del toque, y tras ellos quedaron los monaguillos que iban llegando a las parroquias hasta que también estos fueron sustituidos por ese abominable sistema eléctrico -en muchos casos- que, si bien ha producido que se sigan escuchando las campanas, no es menos cierto que estas han perdido la improvisación de quien las hacía ‘bailar’ y, también, se fue esa función de medio de comunicación popular. Pero es que con los campaneros también se han ido campanas y campanarios, cachis!

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