Un misterioso paseo por Las Batuecas hasta el monasterio carmelitano

La plataforma de madera sigue el arroyo atravesando el bosque que protege el valle. Cientos de especies animales y la frondosa vegetación acompañan el caminar, pausado y profundo, hacia el Santuario de San José

FuenteJavier A. Muñiz
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La puerta del coche cerrándose atrás es el inmediato pero ya antiguo vestigio de una vida pasada. Los pulmones reverdecen plenos de juventud y el resto de sentidos, detrás del olfato, cambian de registro. La vista del valle, profundo, imperial. El contacto de las ramas, intrigante y rugoso. El sabor silvestre de los madroños recolectados in situ. El susurro del arroyo. Las Batuecas impone su ley e invade el espíritu del caminante que se adentra en un confortable paseo con tintes de lujo.

El sendero de madera suspendido sobre el bosque deja atrás el aparcamiento y se adentra en plena naturaleza. En el corazón de la Sierra de Francia, término municipal de La Alberca y patrimonio de la Pachamama. Accesible como pocos, el sendero discurre al margen del arroyo y se abre a los corazones del visitante sin importar edad ni condición. Ancianos y niños, personas con movilidad reducida, atletas de exuberante poderío. Todos pueden disfrutarlo.

Y conocerlo. Los paneles informativos a ambos lados del camino hacen del paseo una experiencia de conocimiento. Sobre la fauna y la flora, la historia y la ciencia. Ciencia que gestan las trampas para insectos que sirven para ahondar en estudios universitarios. Paraíso de la biodiversidad. Con el águila real y el buitre negro sobrevolando el páramo. La cabra y el jabalí danzando a sus anchas entre pinos, alcornoques, encinas y jaras. La lavanda. Una dimensión extrasensorial.

En el vértice del cañón, el río Batuecas abre paso hacia destino con sus aguas cristalinas. Hogar de la trucha y el bermejuelo, abreva mamíferos y aves, acuna reptiles y anfibios. Apenas unos cientos de metros recorridos y el entorno embriagador desemboca en la férrea piedra que contempla incólume el tiempo. Los árboles centenarios custodian ya con celo la oración y el recogimiento, la paz del monasterio. El Santuario de San José es origen y destino. Es tiempo de volver.

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