Interesante Mercado Medieval con productos artesanales en el Feudal de Hinojosa

Hace siglos esta aldea del Abadengo estaba dominada por un señor desde cuyo castillo tiranizaba a los lugareños. Pero el pueblo se sublevó y desde entonces rememora con orgullo su valentía

FuenteLuis Falcão | @luischiado
Vecinos ataviados de época por las calles de HInojosa de Duero

Hinojosa de Duero revivió este sábado su peculiar historia, y también leyenda, del Feudal. Con esta representación el pueblo vive su particular fiesta, cuando los hinojoseros se echan a la calle como si de una mañana de los sanjuanes se tratase.

El pueblo, esta comunidad, vive fiel a sus raíces que se pasan de padres a hijos generación tras generación, como es el caso que da origen a esta particular y nueva actividad, como el baile de la bandera.

Una tradición que cuenta que en lo alto del cerro de San Pedro, en cuya falda se extiende Hinojosa de Duero, había un castillo del que hoy no queda nada más que el recuerdo. Los más ancianos aún señalan donde vieron los cimientos y acompañan el relato con leyendas de tesoros escondidos. Aún queda en pie la ermita -una joya del románico atlántico- que formó parte de la fortaleza.

En el castillo moraba un señor feudal déspota que tiranizaba con derechos humillantes para el pueblo como lo era el ‘derecho de pernada’, es decir, acostarse con la novia la noche de bodas. Hartos ya de los abusos del feudal, los hinojoseros, la noche de San Juan, se unieron y alzaron contra él asaltando el castillo. Al opresor, apenas le da tiempo a vestirse, y tras la lucha, logra huir a Portugal. Además, desde la mañana se ha podido comprar y visitar el Mercado Medieval. Un mercado en el que se cuida mucho el producto y, como dicen por el lugar, «no se mete reventa». Además, durante la mañana los más pequeños han podido disfrutar de lo juegos tradicionales, muy animados y de alta curiosidad por su ‘extrañeza’ a estos niños de ahora. Por la tarde, la Recreación del la Leyenda del Feudal recorrió las plazas mas emblemáticas de Hinojosa.

La leyenda del Feudal

Cuenta la leyenda que hace siglos esta aldea del Abadengo estaba dominada por un señor feudal desde cuyo castillo tiranizaba a los lugareños. Carecía de escrúpulos. Mucho menos de piedad. Al contrario que en otros dominios, donde el poder se mostraba con respeto y vasallaje, en Hinojosa el caballero no hacía honor a su nombre. La plebe consideraba que era el mismísimo diablo reencarnado y su alabarda el tridente con el que oprimir a quien se le antojara.

Entre los muchos abusos cometidos por el señor feudal su preferido era el derecho de pernada, gozando de todas las jóvenes que contraían nupcias con timoratos campesinos. El malestar crecía como fluyen los arroyos cuando el deshielo incrementa paulatinamente su caudal. Hasta que un día de San Juan el señor de la villa quiso tomar por la fuerza a la doncella más pura, la más querida por todos sus convecinos. Ni siquiera había querido que terminara el banquete de la boda para que acudiera a sus aposentos y desvirgarla con lujuria. El pueblo decidió que había llegado la hora de plantarle cara al tirano, implorando a los cielos que acudieran en su batalla contra el maligno.

Los campesinos se armaron de orcas y hoces. Cualquier herramienta labriega era buena para la causa. Nadie dio un paso atrás. Estaban decididos a cortar de raíz los abusos de su señor. Había llegado la hora de tomar el castillo. Y así lo hicieron. El silencio de la noche se quebró con los gritos de justicia de los lugareños, mientras sus mujeres rezaban para que regresaran victoriosos. La oscuridad se iluminó con antorchas prendidas por rencor y resentimiento. A cada paso dos puños más apretados clamando venganza. A cada esquina de una calle, nuevas esperanzas en derrotar al mal.

La brisa de la noche transportó el alboroto hasta el castillo, donde el tirano aguardaba excitado a su presa. Al escuchar los gritos desde la alcoba comprendió que se avecinaba una rebelión. Encolerizado, mandó a sus soldados no dejar un campesino con vida. Estaba dispuesto a exterminar a todo aquel que osase cuestionar sus decisiones. Compraría cientos de esclavos para cubrir su hueco si así fuera preciso. Pero sus órdenes no encontraron respuesta. Buscó por cada una de las habitaciones del castillo, pero no halló soldado alguno. Entonces, al asomarse a la ventana, comprendió. A las puertas del castillo aguardaban para dejar a los campesinos cumplir su objetivo.

Al fondo, el amarillo de las antorchas. Sobre el suelo de su alcoba, el amarillo del orín del señor feudal. Abajo, el pasillo conformado por los soldados para facilitar la entrada al castillo de los sublevados. A la espalda del tirano, el pasillo que conducía hacia la huida. ¿Huir yo? Jamás, bramó el señor feudal. La muchedumbre avanzaba firme. Prácticamente ya toda la calle estaba iluminada con antorchas. Eran más de los que hubiera jamás llegado a imaginar. Y la soberbia se transformó en cobardía. Huyó del castillo con lo puesto, unos simples calzones, cual diablo con el rabo entre las piernas.

Los campesinos accedieron sin mayores problemas a la fortaleza. Uno por uno, fueron recorriendo cada aposento en busca del señor feudal, pero no hallaron rastro alguno. Sobre la mesa, la cena sin concluir. En el dormitorio, todas las mudas intactas. Rastrearon cada rincón, cada escondite, cada pasadizo secreto, pero sin éxito.

Comprendiendo que su opresor había huido, el joven campesino cuya esposa iba a ser ultrajada ascendió hasta el lugar donde se encontraba la bandera del castillo, la tomó entre sus manos, y la ondeó con fuerza ante la ovación de todos los presentes en señal de victoria. Desde entonces, cada día de San Juan los mozos de Hinojosa de Duero bailan la bandera en recuerdo de aquel día en que el pueblo decidió cambiar su destino, fecha que también se recuerda con un mercado medieval especial a comienzos de agosto.

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