El collar de longaniza de los perros de Candelario

Cuenta la leyenda que tal era la riqueza chacinera que atesoró la villa corita que los canes se anudaban a las sillas con ristras de chorizos

FuenteRaúl Martín

La vida es una cadena de instantes entrelazados con mejor o peor fortuna hasta el sino de la eternidad. Como el serpenteante deambular del ser humano por este planeta de luces y sombras, la historia de un pueblo se forja con aquellos momentos que resumen en apenas unos minutos la idiosincrasia de siglos pasados. La historia con mayúsculas y letras doradas de nuestras villas y aldeas no es aquella que se narra en vetustos papeles sobre reyes y nobles, polvorientos libros que recogen los insignes hechos para unos pocos. No. La verdadera historia de los pueblos surge de aquello que une a muchos y surca los vientos con melodiosos estribillos transmitidos al calor de la lumbre o en noches de estío, junto al murmullo del arroyo. La tradición oral aglutina los aconteceres y desventuras de quienes labraron el porvenir del lugar que les vio nacer. Un folclore popular que a veces, basado en una simple acción en una hora perdida de un insignificante día, es capaz de sobrevivir durante siglos al fantasma del olvido. Es el caso de Candelario y su tradición chacinera.

Cuenta la leyenda que a principios del siglo XIX trabajaba en una de las viviendas-fábrica de esta villa de la sierra bejarana una de las muchas obreras que dedicaban sus menesteres a la fabricación de embutidos. Y es que desde décadas antes Candelario ostentaba un peldaño privilegiada en las escaleras de acceso al mercado nacional. De hecho, llegó a albergar 140 industrias que realizaban al año 150.000 docenas de chorizos, siendo proveedores de la Casa Real, con más de 3.000 habitantes, un panorama completamente distinto al de la actualidad, pues apenas queda industria en una localidad ya con menos de mil habitantes y que ahora busca en el turismo un salvavidas para su supervivencia económica.

Era la fábrica de Constantino Rico, más conocido como el Tío Rico, quien, según rezan los historiadores, era heredero del afamado choricero Juan Rico que fuera inmortalizado en un cuadro por Bayeu, formando parte del Salón de Embajadores de El Escorial. La joven obrera acometía sus menesteres durante la matanza cuando, de repente, se vio interrumpida por un áspero rugido y un golpe seco. Un largirucho perro había traspasado la batipuerta de la casa buscando refugio. Al principio no le dio importancia, incluso agradeció la compañía. Pero como si estuviera dirigido por el mismísimo diablo en pleno ataque de histeria, el can deambulaba sin parar por la sala, arrastrando todo tipo de utensilios que produjeron un singular estruendo. Alborotada la tranquilidad de la mañana, la matarife no tardó en echar a patadas al perro.

El silencio no tardó en quebrarse de nuevo. Allí estaba otra vez. Con su entrecortado aliento y sus huesudas piernas, desafiante. La joven obrera decidió levantarse para atar al perro fuera de la casa y evitar así más molestias. Pero, cual prestidigitador presintiendo el peligro, el can brincó hasta el otro lado de la sala, obligando a la encorelizada corita a perseguirlo sin dilación. Como perro y gato en plena persecución, pero con los papeles cambiados, mujer y can corrían sobre la piedra candelariense, un singular desafío hasta la extenuación. El perro subía por las escaleras. La mujer, detrás. Ahora por la sala. Ella, a su trasera. Por arriba. Por abajo. Saltos, brincos, piruetas… pero nada. Tras minutos de carrera que se antojaron horas, el animal se dejó dominar por su instinto y cayó presa de la joven obrera. Por fin. Ahora me libraré de este incordió, pensó aliviada.

Pero tal odisea le reservaba otra desagradable sorpresa. Con el fatigado perro entre brazos, al disponerse a atarlo, no halló correo ni soga alguna. Ni siquiera una desgarrada cuerda con la que poder amarrarlo. ¿Cómo es posible, entre tanto embutido, no encontrar ahora con qué atar al perro?, inquirió para sus adentros. El can comenzaba a recobrar las fuerzas. No podía perder más tiempo, así que cogió lo primero que encontró. Así, lo ató a la pata de un tajo con una ristra de longanizas.

Quiso el destino que en aquel momento entrara por la puerta un chiquillo en busca de algunos chorizos para comer. Al ver a la joven de tal guisa, brincó de espanto y célere se dispuso a narrar a todo el pueblo lo acontecido en la fábrica de Constantino Rico. “En la casa del Tío Rico atan los perros con longaniza”, vocifera sin cesar. No tardó en extenderse tal sentencia cual mortífero virus a través del aire. Incluso llegó a toda la comarca bejarana y el resto de la provincia charra, quedando para siempre esta frase en la retina de los salmantinos como prueba de que tal era en aquel tiempo la riqueza chacinera que atesoraba Candelario que en todas las casas se ataban los perros con ristras de longaniza.

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