Aquellos quintos de rondas y gallos

Ya no hay mili y tampoco perduran las costumbres que vestían de fiesta al invierno

FuenteLuis Falcão | @luischiado
Mozos de Santibáñez de Béjar, dispuestos para tomar parte en la típica fiesta de ‘correr los gallos’, con sus burritos adornados y acompañados por dulzanieros./ Archivo

Los tradicionales quintos son los mozos que cumplen 18 años durante el año en curso, es decir, comprende a toda la juventud que nació en un mismo año, lo que se conoce como una quinta. Eran aquellos años en que la separación de género se vivía con total resignación y aceptación en todo el mundo rural. Normalmente los mozos que deben incorporarse al servicio militar al año siguiente son los que entran en quinta.

Las fiestas de quintos abarcan varias fiestas y ceremonias que se realizan durante el año de su ‘reinado’. Estas podrían agruparse en tres, siendo la que se realiza en enero o febrero la que centrará nuestra atención principal, como son las ‘corridas de gallos’.

La primera fiesta que realizan y en la que debutan como quintos es en las fechas de la fiesta de la Purísima Concepción -8 de diciembre-. En ella organizan bailes y acuden a la misa en honor de la Virgen, procesionándola por el pueblo entre garañones y carámbanos que penden de los tejadillos. En esos días los mozos mozas se sienten ya los protagonistas de la fiesta, porque las mozas guardan ‘clausura’ en sus respectivas casas. Los quintos suelen merendar juntos en las bodegas del pueblo, estar juntos en los bailes, es decir, serán ya los quintos que animarán los bares y los bailes en el salón del pueblo al grito de ¡Vivan los quintos!. Todo ello al ritmo de gaita, tamboril, acordeón y en el mejor de los casos con una orquestina. También realizan pintadas en sitios públicos como la pared de la iglesia o del frontón de pelota, en las que se leen: «Vivan los quintos del…», junto a los nombres de estos.

En la Noche Vieja, el 31 de diciembre, víspera del año de reemplazo a que los mozos pertenecen, después de haber dado serenata durante la noche y el día anterior, en rondalla, a sus familiares, amigos y pueblo en general, les regalan, según posición económica, chorizos, huevos, pedazos de jamón, dinero, y todo aquello que se precie para que pasen bien la noche de fin de año, que sumadas estas viandas a los gallos, conejos o gallinas que llevan de sus casas –o bien algún carnero como símbolo de virilidad, o alguna machorra comprada para guisar–, junto a una lata de sardinas o un tonel de escabeche, preparan en la taberna elegida o en la bodega de turno una opípara cena que no cabe en la imaginación.

Esta cena, en ocasiones contadas se ve acompañada por hermanos, familiares muy directos y amigos íntimos de los quintos, en la que se come, se bebe, se canta, se baila y después, a rondar hijos míos que hay luna y viene el Año Nuevo. En esta noche de invierno, los mozos suelen hacer alguna extravagancia por efecto del vino. Aunque, cada pueblo tiene su propia identidad en la celebración de la fiesta.

La hoguera de Hinojosa

Jóvenes de Hinojosa de Duero en la Hoguera de Navidad

La fiesta que hacen los quintos en Hinojosa de Duero es la confirmación de la entrada a formar parte del mundo de los adultos, se hace la hoguera, se corren gallos, se bebe y fuma delante de los padres. Son actos considerados de hombría por los galanes del pueblo.

En la plaza del Santo, a la que ahora llaman del Frontón de Pelota, amontonan la leña que pueden conseguir en los diversos predios y regalan los dueños, rondan acompañados por el tamboril, y durante la misa del Gallo en Nochebuena le prenden fuego. Esa noche son los amos del fuego, y del pueblo. Nadie puede hacer una pira en las calles; a veces, los chiquillos hacen una hoguera para que sea visible y lograr que algunos quintos acudan a sofocorla, corriendo el riesgo de que si los autores son vistos por los quintos, reciban algún capón y tirón de orejas por su osadía. Es el juego en la convivencia.

Los quintos permanecen en vela toda la noche para cuidar las brasas. Además, contratan una orquesta y organizan baile donde se pueden dar buenos meneos. Finalmente, de vez en cuando, desafiando el calor de la hoguera, se acercan para golpear con palos la lumbre y hacer que se levanten ascuas.

Los gallos de Poveda de las Cintas

Los quintos de Poveda de las Cintas recuperan la costumbre de ‘correr los gallos’, ahora las cintas./ Archivo

La costumbre de ‘correr los gallos’ estaba muy arraigada en Poveda de las Cintas, como en muchos otros pueblos de la geografía patria, considerándose la fiesta anual de los quintos por excelencia, hecho que tenía lugar el Martes de Carnaval de cada año. Cada quinto aportaba un gallo para que, después del torneo y debidamente aderezados y cocinados, fueran convertidos en suculentas viandas que compartían colectivamente en lugar común acompañados de algún amigo o familiar, con la alegría propia del acontecimiento. En algunos casos, la cabeza arrancada del gallo por el mozo correspondiente era arrojada desde su caballo a alguien de entre el público como distinción -generalmente a la novia o a la aspirante a serlo, o bien a alguna otra persona de su amistad-, la cual habría de transportarla al lugar donde se recogían los mozos.

Correr los gallos

Los quintos del 66 de Villavieja de Yeltes, con los gallos sin cabeza./ Archivo

Una de las principales costumbres de los quintos de antaño, porque en nuestros días ni hay quintos -solo su simulación y recuerdo con actividades alejadas de aquellos tiempos de convivencia y fiesta y tradición y costumbres- es la carrera de gallos, que transcurría en diferentes días: en unos pueblos el día de San Antón, 17 de enero; en otros el día de San Sebastián, 20 del mismo mes, y en otros el día de San Vicente, 22 de enero.

Esta carrera consiste en llevar a la plaza del pueblo o lugar elegido, cada quinto, un gallo vivo, donde se tienen preparados dos carros empinados frente a frente y a unos 10/15 metros de distancia y fuertemente sujetos. Lo alto de las varas de los carros -a unos 3 metros- se unen mediante una soga, fija en un lado y movible al otro. Al medio de la maroma se ata un gallo por las patas y al tensarla, queda el gallo colgado de ella. A partir de ese momento, los quintos, montados en elegantes caballos, mulos o burros enjaezados, pasan por debajo de la soga a todo galope uno detrás de otro, y con todo interés por arrancarle la cabeza al inocente gallo, que el encargado de templar la soga va burlando al tensar y destensar la maroma según pasan los mozos, entregándosela al que él quiere, pero siempre una para cada uno de los quintos.

El pueblo sigue expectante esta costumbre, si cruel en estos días, no menos elegante por los trajes, sombreros y escarapelas que lucen los quintos durante las carreras. Todo este rito finaliza con una carrera a campo abierto entre los quintos y, ya se sabe, el que pierda, pagará el vino, los chochos o altramuces y las aceitunas. Y a la noche, buena cuenta de los gallos en una cena en la taberna.

Tras las fiestas en diciembre de fuegos, corroblas, convites y rondas, llega en enero o febrero el gallo y tras esta fiesta sólo le quedará hacer la tercera y última ceremonia, como quinto, a la que hacía mención anteriormente, que no es otra que plantar el ‘mayo’ con la cual concluirá su etapa de quinto. Pero eso es harina de otro costal y otro mes.

Canción de quintos

Ya se van los quintos, madre,
ya se va mi corazón,
ya se van los que tiraban
chinitas ‘pal’ mi balcón.

Me voy a Melilla,
me voy a embarcar,
verás a mi novia
cómo va a llorar.
Cómo va a llorar,
cómo va a sufrir.
Me voy a Melilla
a coger el fusil.

Las madres son las que lloran,
que las novias no lo sienten,
que quedan cuatro chavales
y con ellos se divierten.

Me voy a Melilla,
me voy a embarcar,
verás a mi novia
cómo va a llorar.
Cómo va a llorar,
cómo va a sufrir.
Me voy a Melilla
a coger el fusil.

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