El Tranco del Diablo de Aldeacipreste

Cuenta la leyenda que el maligno perdió una de sus botas en una orilla del río Cuerpo de Hombre al intentar saltar el cauce del agua

Hay lugares que llaman la atención por su especial orografía. En ocasiones, ciertos parajes recuerdan a alguna forma en concreto que, a su vez, apunta hacia un relato casi inverosímil donde generalmente el bien y el mal mantienen una de sus eternas luchas por el control de este planeta llamado Tierra. Rocas cuyas siluetas hacen un guiño al viajero, invitándole a abrir su mente y dejar expandir la imaginación por los confines del universo. Es el caso del Tranco del Diablo, en el municipio bejarano de Aldeacipreste.

Cuenta la leyenda que en los alrededores de la Casa de la Vega, que fuera morada de caza para los duques de Béjar, allá donde fluye el río Cuerpo de Hombre, quiso el maligno salir de las entrañas del infierno para observar con detenimiento qué ocurría en este vergel confín. Asombrado por la tranquilidad que se palpaba a cada palmo, por cada recoveco, en cada hoja y en cada rama, sintió repugnancia de aquello que podía ser considerado por el hombre como el mismísimo paraíso. A fin de cuentas, la naturaleza es obra de Dios, y por tanto era germen de su enemigo, un lugar que debía ser destruido.

No lo dudó un instante. Al ver las agrestes cumbres de la Sierra de Béjar lo tuvo claro. Escalaría hasta lo más alto para desde allí, cual ser divino que puede divisar todos sus dominios, proceder a la destrucción de toda la zona que hoy comprende las localidades de Valbuena y Aldeacipreste, donde ahonda por sus umbrías el río Cuerpo de Hombre. Al llegar a unos roquedales que custodian ambas orillas, a modo de soldados de un singular ejército de madera, la fuerza del agua se tornó arrolladora, impidiendo al diablo cruzar a pie por el río para continuar con su trayecto hacia la cumbre serrana. ¿Cómo puede ser? ¿Los elementos en mi contra?, pensó el infernal ser. ¡Yo también puedo estar a tu altura!, clamó alzando la vista hacia los cielos, allí donde un día residió como ángel para después, vencido por la tentación, descender en la montaña rusa de la perdición hacia las profundidades de la tierra, donde incluso el calor es gélido para el reino de la oscuridad.

Sin cejar en su empeño, el diablo retrocedió unos metros, tomó carrerilla y se dispuso a saltar. Raudo, salió en dirección hacia la otra orilla del río. Aumentó la velocidad. Zancada a zancada. Cada vez más rápido, y más rápido, y más rápido. Y saltó. Pero quiso el destino, o tal vez los designios de quien todo lo ve y escucha, aunque en ocasiones parece que no se encuentre presente, que el maligno perdiera una de sus botas al brincar sobre el río Cuerpo de Hombre, dejándosela sobre la orilla opuesta. Había conseguido saltar, pero el precio abonado era demasiado grande. Al girar la cabeza, vio su bota al otro lado. Se había convertido en una roca. Compungido, comprendió que había perdido esa batalla, y se esfumó. Desde entonces, esta piedra en forma de bota recuerda la historia.

Cuentan los más viejos del lugar que hay algo mágico en este paraje. De hecho, son muchos los relatos transmitidos de generación en generación que hablan de fatales desenlaces en las cercanías, ya sean lugareños perdidos por sus senderos, jovenzuelos heridos durante sus correrías o historias de traiciones y desamores. Destaca una acontecida en las inmediaciones de este lugar, en las conocidas como fincas del Molino del Fraile y Navarredonda. Se dice que allí vivió el bufón del rey Carlos I de España, también emperador de los territorios que hoy comprenden Alemania y el centro de Europa. Misteriosamente, fue apuñalado por la espalda al parecer por noble mandato.

Así, aunque el maligno no logró su propósito de destruir este bello paraje, plantó para la eternidad un estigma que siempre marcará un lugar que desde entonces se conoce como el Tranco del Diablo, en recuerdo al paso largo que tuvo que dar el príncipe del infierno, abriendo tanto las piernas que le hizo perder una de sus botas por los siglos de los siglos.

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