La Salamanca que sobra

FuenteJavier Vicente
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Este miércoles Salamanca ha vivido un día más que, sin embargo, marcará una historia cada vez más empañada por los enfrentamientos.

La discordancia existente siempre se ha convertido en últimas fechas en algo insoportable para un visitante ajeno a los problemas diarios, o no tan diarios.

La situación catalana llegó a Salamanca de lleno, algo normal al marcar la actualidad sin ninguna duda, pero lo hizo con insultos y exabruptos escandalosos que dañaban el oído a quien pasara por allí, evidentemente también a los adversarios. La Policía Nacional, numerosa en el acto, optó por el mal menor de manera inteligente. No hizo nada más que controlar que no hubiera violencia, física digo, después de que a alguien le afectara un poco más que a los demás los gritos de «cámara de gas, a la cuneta o tu boca en un bordillo».

Pero es que mientras cerca de 200 personas se cantaban estas lindeces, no muy lejos de allí el deporte salmantino también se resentía más de lo que ya está. Dos de los tres conjuntos más importantes de la capital (el otro estaba ganando a Uni Györ) hacían oficial que el odio ya se ha apoderado de los corazones de muchos. No de la mayoría, ni siquiera de los aficionados al fútbol, pero sí de los hinchas que se dejan llevar por unos mandamases que proclaman justo lo contrario de lo que se presupone el deporte y la propia vida.

Y cuidado, que esto no se trata de saber quién es más culpable, algo objetivamente imposible de conocer debido a la subjetividad existente. Vaya paradoja. Se trata de poner sobre la mesa un problema que ya no es ajeno a la sociedad.

No se habla de fútbol, ni de deporte, ni de Cataluña. Se habla de vivir divididos con cualquier excusa. Porque las opiniones contrarias, distantes me atrevería a decir, han existido siempre, incluso cuando no se podían decir. Pero los extremismos han llegado y se han instalado en lo más profundo de la sociedad.

La ruptura de las relaciones entre dos clubes, de una misma ciudad para mayor tristeza, solo es el reflejo de lo que se vive día a día en la política. El «no es no» de unos y otros, los insultos cada vez menos intermitentes entre compañeros que, además, deben marcar el futuro de cada uno de nosotros y las repeticiones de elecciones como costumbre ya es parte del día a día. Tanto que se ve como algo normal y se lleva a nuestras largas jornadas en las que el diálogo se va perdiendo o, al menos, va ganando en intensidad.

La solución a todo ello evidentemente no es sencilla, ni mucho menos rápida, pero atajar el problema se hace cada vez más necesario, sea cual sea el origen. Porque repito, no se trata de culpar a nadie, sino a todos y cada uno de nosotros.

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