Carta a un etarra de una víctima del terrorismo

Salvador Vicente es integrante de la Asociación de Víctimas del Terrorismo de Castilla y León. Recuerda ante la conferencia de un etarra en la Universidad del País Vasco que su supervivencia al terrorismo no lo fue para una gran parte de sus amigos y compañeros. A los 23 años ya había visto morir a doce de ellos

FuenteJavier Vicente
Esquela de Miguel Íñigo Blanco y Juan Marcos González, fallecidos tras ser ametrallados por terroristas

La polémica ha vuelto a rodear a una universidad por una charla ‘poco ética’. Al menos así lo han considerado un buen grupo de personas este martes en Vitoria, donde la Universidad del País Vasco acogía una conferencia de José Ramón López de Abetxuko, etarra que participó en los asesinatos de Jesús Velasco y Eugenio Lázaro, a quien asesinó. Precisamente, el sustantivo de este verbo fue una de las frases más repetidas por ese grupo de personas que rechazaba la charla sobre los «presos enfermos».

Lejos de allí en distancia, aunque no tanto en los sentimientos, otra víctima de E.T.A., en este caso viva, repasaba sus pocos años en la ‘zona cero’ de un terrorismo que acabó siendo independentista pero que se inició por otros derroteros. Al menos según las actas de sus propias asambleas. Pocos años físicos pero que llegan hasta los 40 después con una fuerza inusitada con situaciones como estas.

Y con el repaso, como carta al propio López de Abetxuko y a tantos otros que no van a hablar del perdón, se recogen situaciones propias y ajenas que sobrecogen mucho más allá del propio hecho de la muerte. Era la tensión del día a día. En el trabajo. En el ocio. Mientras se dormía. Mientras se vivía. 

Hablamos de los llamados ‘Años de plomo’, de 1978 a 1980, cuando los asesinatos cometidos llegaron a más de 200. Casi siete muertos al mes. Uno cada cinco días. Una ruleta rusa que permaneció hasta 2011 con menos balas.

Eso sí, antes ya, evidentemente, habían comenzado a matar. Pardines y Manzanas fueron los primeros en 1968 y hubo otros 73 más hasta esos años de plomo. Algunos le tocaron vivir a esta víctima de E.T.A., miembro de la Asociación de Víctimas del Terrorismo de Castilla y León, cuyo nombre es Salvador Vicente.

Evidentemente en otras personas conocidas, compañeros y amigos que se fueron sin mayor aviso que el que se tenía todos los días. Cada mañana podía ser la última y eso, es normal, lastra. Más aún con avisos como el que tuvo que sufrir en su propia persona en Guipúzcoa, donde se encontraba destinado. El cuartel de Intxaurrondo fue ametrallado el 6 de octubre de 1976 y el 17 de diciembre de 1977. También fue objeto de otro atentado el 10 de octubre de 1979, cuando los etarras fueron detenidos antes de que pudieran colocar cargas explosivas de Goma-2 en las obras del nuevo cuartel en lo que solo era un reclamo para explosionar otra carga con metralla hecha a base de tuercas y tornillos. En todos los casos, más aún en este último, el objetivo era matar.

Pero el caso que le ha valido incluso para ser condecorado por ello fue la respuesta junto a sus compañeros en Villafranca de Ordicia. Allí se encontraban concentrados, en un servicio que suponía la custodia del etarra Bernardo Azpitarte, impulsor de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, cuando fueron objeto de un atentado a base de disparos que consiguieron repeler. Fuego cruzado del que lograron salir airosos con valentía y, quizás, la inconsciencia que te da recibir un shock que, aunque puedas esperar, nunca preparas.

Lo ajeno también es propio

Estos hechos se complementaban con otros mucho más graves. Allí se veía morir casi día a día a gente con la que se había hablado amigablemente 24 horas antes y con algo menos de asiduidad, aunque no mucha, a amigos, propiamente dicho, con los que se hablaba día a día.

Y el aviso de que esto era así había llegado incluso antes de que fuera destinado a Intxaurrondo. Esteban Maldonado Llorente, compañero en el Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro (Madrid), ya había sido asesinado debido a un artefacto explosivo cuando circulaban cerca de Oñate. Apenas habían transcurrido tres meses desde la salida del Colegio y todavía no había llegado a la mayoría de edad según la legislación de entonces.

En octubre de 1976 llegó a San Sebastián y, como él mismo recuerda, todavía no sabía lo que le faltaba por perder. Enumerando, fueron doce las pérdidas físicas cuando todavía no había cumplido los 23 años. Doce amigos y compañeros fallecidos antes de terminar una carrera universitaria a curso por año. Imagínense.

El 9 de mayo de 1978, fueron ametrallados Miguel Ángel Íñigo y Juan Marcos González en el conocido como ‘Servicio de cementerio’. Este último era el compañero de habitación en el cuartel. En este mismo atentado también resultaron heridos Juan Jiménez Bermúdez y José Amado Juan debido a un tiroteo con metralletas en un Servicio común a todos. Les tocó a ellos.

El 25 de septiembre del mismo año, el turno fue para Lorenzo Soto Soto y José Zafra Regil, quienes abastecían de alimentos al cuartel. Fueron acribillados a balazos con hasta 17 y 21 proyectiles, respectivamente, mientras cargaban frutas y verduras en el Mercado de Atocha, junto al antiguo campo de fútbol de la Real Sociedad.

En 1979, el Día de Reyes, E.T.A. le quitó la vida a Antonio Ramírez Gallardo junto a su novia Hortensia. En este caso, diez impactos de bala en Beasain, cuando ambos salían de una discoteca de la localidad. Agentes y gente cercana, también familiares, se encontraban amenazados.

El 17 de abril de 1979, Juan Bautista García, el ‘Canario dicharachero de tráfico’ falleció por un disparo. Un amigo al que ya habían intentado matar con una bomba en el coche anteriormente.

El 2 de mayo, por su parte, otro de los extrovertidos del grupo dejó de serlo. José Miguel Maestre Rodríguez, casado, fue asesinado con doce balazos junto a su compañero Antonio Peña Solís.

El 22 de junio, un albañil del nuevo cuartel, Francisco Medina Albalá, que compartía momentos con los agentes en la hora del descanso, acabó muerto tras recibir tres disparos cuando acudía a trabajar en su moto.

El 28 de noviembre, Pedro Sánchez Marfil, compañero en San Sebastián y también de la infancia en el Colegio de Huérfanos Infanta María y Teresa de Madrid fue asesinado en el bar Ízaro de Azpeitia en presencia de su mujer. Ella tuvo que ver como a él y a dos de sus compañeros, Antonio Ales Martínez y Ángel García Pérez, este último de Salamanca, les remataban con un disparo en la cabeza.

En 1980, una emboscada a Antonio Gómez Ramos, otro de los compañeros en el Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro, y a Juan Antonio Navío Navío en Orio, acabó con sus vidas. En esta participaba el histórico Miguel Ángel Apalategui, amnistiado poco antes.

El 21 de noviembre, por último, fue asesinado Aurelio Prieto Prieto en Ibarra cuando iba a identificar a dos etarras. Un compañero con el que había ingresado el 6 de septiembre de 1974 en Valdemoro para ser destinados al mismo lugar.

Tras ello, y ya lejos de San Sebastián, Salvador Vicente todavía tuvo que ver como Aniano Sutil Pelayo, su instructor en el manejo de la desactivación de explosivos, también fue aniquilado por la banda terrorista el 23 de marzo de 1983 o, ya en 1991, Eduardo Sobrino González, compañero en los Servicios del Paseo de Heriz en Donostia, fuera asesinado junto a Juan Carlos García Trujillo cuando estaban cenando en un bar de la capital guipuzcoana.

Solo hay que echar cuentas para comprobar la magnitud del problema y entender la de la tensión, por entonces, y la rabia, ahora, que da comprobar una lucha por el relato en el que los propios terroristas tienen su voz en instituciones públicas. Y es que esta escena la han vivido muchos más, todos hasta llegar hasta los más de 800 asesinados por la banda, y ello multiplicado por el número de la misma sociedad.

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