Cuando “diálogo” quiere decir “imposición”

FuenteEnrique Arias Vega
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Hay palabras que me resultan estremecedoras por su perversión. Quizás la mayor de todas ellas sea “diálogo”, cuando los que la utilizan quieren decir en realidad “imposición” de sus ideas y de sus acciones sobre las de los demás.

 La cosa no es de hoy. Cuando en 1939 Neville Chamberlain era Premier de Gran Bretaña, aceptó una y mil veces el “diálogo” —o sea, la cesión ante Hitler— mientras Alemania se preparaba militarmente para quedarse con Europa. De concesión en concesión, Chamberlain aceptó que Hitler se anexionase Austria, primero, y que ocupase Checoslovaquia, después, saltándose todos los acuerdos internacionales al respecto. Y en su suicida afán “dialogante” arrastró al menos convencido Primer Ministro francés, Édouard Daladier. Sólo la invasión de Polonia colmó el vaso y comenzó una guerra que al principio no fue tal y que durante meses todo Occidente llamó “la guerra de broma”.

Otros ejemplos no menores de los efectos “dialogantes” de Chamberlain fueron su clamoroso silencio ante la ocupación sangrienta de Abisinia por la Italia de Mussolini en 1938 y su neutralidad en la Guerra Civil española, así como su presuroso reconocimiento del régimen de Franco, los cuales coadyuvaron al triunfo y posterior legitimación del futuro dictador.

Tan ciegos como aquel político británico existen hoy muchos en España ante el llamado procès unidireccional catalán. Y tan templa gaitas como Daladier, también, ya que el President Torra y demás corifeos no se han cansado de repetir que aquél sólo acabará con la independencia de Cataluña.

Cuando empezó a hablarse del “derecho a decidir”, la frase ya llevaba implícita que la única decisión tolerable de semejante decisión por sus creadores era su separación de España. Y que el “diálogo” para conseguirla conllevaba también, no ya una discusión amplia y abierta de posibilidades políticas, sino la rendición  absoluta y sin condiciones del Estado.

Perdonen, pues, que a mí, todo lo que está sucediendo en nuestro país, me retrotraiga a hechos de hace más de ochenta años, en un “dejà vu” en el que de diálogo en diálogo se vaya a un desastre final y en el que la traición, como muestra el vulnerado pacto germano-soviético con la invasión de la URSS por Hitler a los dos años de haberlo firmado, era ingrediente fundamental del proceso expansionista alemán.

Nada de aquello tiene que ver con esto, por supuesto, más que la tergiversación del lenguaje, de una parte, y la imposición por la brava del pensamiento único, de otra. ¿Les parece poco?

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