La gran mentira que supone la política en España

FuenteJuan Carlos López Medina / Presidente de la AFPS

Es casi imposible saber quién dice la verdad, ni en los medios de comunicación, ni en tertulias políticas y mucho menos en las redes sociales. Los debates, si el medio tiene, al menos, la decencia de llevar invitados de distintas ideologías políticas, son una pelea de gallos a ver quién grita más, unos a otros y no respetando turnos de intervención. No les interesa lo que diga el oponente, solo gritar “su verdad”, quitándose la palabra mutuamente.

Y ¿qué decir de los datos? Aportan, sin enseñar a cámara, “datos oficiales” que, según quien los arguya, difieren considerablemente o se interpretan de distinta forma. En la mente de todos los lectores están los datos que derechas o izquierdas presentan sobre las llamadas “violencia de género” o “violencia doméstica” o “violencia de familia”, la procedencia geográfica de los asesinos y violadores, las falsas denuncias, confundiendo las que prosperan o no, las que son desestimadas por falta de pruebas o incluso las que no llegan a ponerse, o el destino final de los millones de euros que se arbitran para la lucha contra esa lacra.

Problemas importantes y graves, como el citado, que exigirían pactos de estado con un consenso de todos, o casi todos, los partidos políticos, se pierden en esos estériles debates públicos que no convencen a nadie. Y no convencen porque la confusión es tal, la sobreabundancia de datos, falsos en su mayoría, es tal y tan contradictoria que un observador imparcial o de buena fe, jamás sacará conclusión válida.

Es también una práctica habitual poner en boca de un oponente político declaraciones o ideas manipuladas, recortadas de forma intencionada, solo la frase o la parte de la frase que les interesa, obviando aquella parte que cambiaría completamente el sentido de la declaración. Claro, decir, como acaba de decir el Dr. Sánchez, que un partido que “elija a las mujeres como adversarias, pierde seguro” (él sabrá quién lo ha dicho o directamente se lo ha inventado) podría ser un ejemplo de la manipulación que venimos diciendo.

Por supuesto que no es nuevo esto de la mentira como arma política. Los políticos de todas las épocas han prometido el oro y el moro a sabiendas de que, una vez adquirida la responsabilidad de gobernar, muchas de esas promesas no serán cumplidas. En esto son campeones los partidos populistas, de uno y otro extremo, cuyos programas se hacen exclusivamente en función de los que ellos piensan o detectan que los ciudadanos quieren oír.

Un buen programa populista debe tener, a partes iguales, mentiras programáticas del gusto del personal y el otro cincuenta por ciento de descalificaciones del adversario, poniendo en su boca las barbaridades más escandalosas que causen miedo y escándalo, pero sobre todo un miedo que movilice a los ciudadanos para evitar la llegada del terrible enemigo.

¿Qué hacer ante tanta falsedad? Pues hay pocas reglas válidas para no dejarse engañar. En principio, se me ocurre que la más válida es recurrir a la trayectoria personal y del partido que nos vende la moto. Quienes ya han gobernado son más fáciles de analizar. Aquello de que “por sus hechos los conoceréis” ya puede ser aplicable a quien ha ejercido esas funciones, con honradez o no, con eficacia o no, cumpliendo lo prometido o no.

Más difícil si el político es nuevo o su partido tiene escasa trayectoria. En ese caso solo queda acudir a los siempre hinchados currículos donde se recoja formación y experiencia laboral. Si somos capaces de separar el grano de la paja, quizás nos equivoquemos menos.

El Presidente del Gobierno de España en funciones, el Dr. Sánchez, Secretario General del PSOE, insiste en que lo intentó «por todos los medios» y culpó al resto de partidos de «imposibilitar» un acuerdo (ni lo intentó, y es de todos sabidos, que al Dr. Sánchez, siempre le interesó estas cuartas elecciones).

Para conferir a la mentira política la ‘dignidad’ que le corresponde, esta ha de ser elevada a la categoría de sistema creando una ‘organización de mentirosos’ dedicada exclusivamente al engaño político. Lo que requiere cumplir determinadas condiciones, ante todo, contar con una masa de crédulos dispuestos a repetir, difundir y diseminar por doquier las falsas noticias que otros hayan inventado. Esta función transmisora de los crédulos resulta indispensable ya que no hay nadie que pueda propagar mejor una mentira como el que se la cree. A la vez, aconseja huir como de la peste, de los personajes cabales y apartar a cualquier individuo del que se tenga sospecha que pueda ser sincero, en definitiva, captar para su causa mentirosos compulsivos que mientan más que hablen.

El político mentiroso es generalmente sibilino y taimado. La mentira se calcula, se sopesa, se destila y se dosifica. La mentira política no está hecha para burdos ‘troleros’ con escaso talento para soltar embustes a diestro y siniestro, ni para quienes mienten demasiado o demasiado mal, mermando la credibilidad.

El principal miedo que tengo como español, es que una mentira repetida mil veces, ¿se convierte en verdad?

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