Alfonso Fernández Mañueco: pasión por la política

Que nadie lo dude: cuando su socio de Ciudadanos en esta coyuntura, Francisco Igea (ese “vulgar amateur” de la política) sea solo una lejana sombra en el tiempo, Mañueco, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, seguirá ahí, en algún lugar de la política española, sorteando cadáveres, fiel, como siempre, al catecismo elemental que le ha convertido en superviviente de tantas emboscadas

FuenteTERRITORIO CIDIANO / Carlos Velasco, director de www.noticiascyl.com

Alfonso Fernández Mañueco (Salamanca, 29 de abril de 1965) será elegido mañana, día 9 de julio, festividad de San Audaz de Velino, 7º presidente de Castilla y León, con los 29 votos de su grupo parlamentario, el PP, y los 12 que aporta Ciudadanos, tras el reciente pacto de gobierno suscrito entre ambas formaciones políticas.

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Así, para Mañueco, cuyo partido ha obtenido los peores resultados de su historia en Castilla y León, será una “dulce derrota”, mientras su rival, el socialista Luis Tudanca, al que las urnas dieron 35 escaños en el parlamento cidiano, deberá digerir una “amarga victoria”.

Ya se sabe que las definiciones son un corsé que mata al hombre, pero son útiles como recurso didáctico. Si hubiera que extraer un rasgo esencial de la personalidad de Alfonso Fernández Mañueco sería, sin duda, la pasión por la política, una fiebre pertinaz que hierve en su interior desde que era prácticamente un niño.

Mientras otros apostaban por ser ingenieros, jueces, médicos, arquitectos…, Fernández Mañueco soñaba con ser político, tratando de emular, quizás, la trayectoria de su padre, Marcelo Fernández Nieto, un fraile dominico que colgó los hábitos para hacerse abogado y que ocupó diversos cargos durante el régimen franquista: procurador en Cortes en representación del denominado tercio familiar, juez, gobernador civil de Zamora, alcalde de Salamanca…

Así, como Salustio, Mañueco se lanzó muy joven y con pasión a la política. Con apenas 20 años, mientras cursaba estudios de Derecho, fue fundador en 1985 de la Asociación de Estudiantes Universitarios de Salamanca (AEUS), de tendencia conservadora, frente a la asociación ASPER, de carácter progresista, en la que, paradójicamente, militaban personas que años más tarde le acompañarían en puestos públicos, caso de Enrique Cabero, que fue portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Salamanca, o Fernando Rodríguez, su mano derecha durante los siete años que presidió la Corporación municipal de la capital salmantina.

En 1987 aterrizó en Castilla y León José María Aznar, madrileño, con la encomienda de la entonces Alianza Popular de que disputara la presidencia de la Junta al candidato socialista, Juan José Laborda. Mañueco recuerda aquel momento porque fue entonces cuando se inició su carrera política, que consistió, como la de otros militantes de Nuevas Generaciones, en pegar carteles con la imagen de un desconocido candidato de poblado mostacho.

En el PP ha sido un apparátchik, es decir, un hombre del partido, no tanto un funcionario de partido o fontanero, pero siempre bien relacionado con quienes controlaban el denominado aparato, tanto el regional como el nacional, en cualquier etapa. Esta ha sido una de las claves de su exitosa carrera política.

Aznar fue uno de sus grandes referentes políticos, sí, pero su rápida marcha a Madrid en 1989 (en la presidencia de la Junta le sustituyó el soriano Jesús Posada durante dos años, aunque luego no le permitieron ser candidato para revalidar el puesto) no propició una relación más estrecha.

Fue a partir de 1991, en la etapa presidencial de Juan José Lucas, cuando la carrera política de Fernández Mañueco comenzó a despegar a un ritmo casi vertiginoso. En 1993 fue nombrado secretario provincial del PP en Salamanca, tras un reñido congreso provincial en el que Julián Lanzarote desbancó de la presidencia del partido al entonces presidente de las Cortes regionales, Manuel Estella.

Tras un breve periodo como secretario del grupo municipal del PP en el Ayuntamiento de Salamanca, en 1995 obtuvo acta de concejal en dicha corporación y al mismo tiempo la de diputado provincial, institución en la que fue elegido vicepresidente primero.

Sin embargo, un año después sería aupado a la presidencia de la Diputación salmantina, tras apear del cargo a su compañero de partido Gonzalo Saiz Fernández, en una operación interna en la que contó con el aval del propio Juan José Lucas y de su segundo, Jesús Merino (condenado recientemente a varios años de prisión por el caso Gürtel) y con el apoyo de su suegro, José Martín Méndez, también diputado provincial y alcalde del municipio de Villares de la Reina entre 1975 y 2019.

La excelente relación con Juan José Lucas y Jesús Merino explica la elección de Alfonso Fernández Mañueco como secretario regional del PP en Castilla y León y su nombramiento como consejero de Presidencia y Administración Territorial de la Junta de Castilla y León de 2001 a 2007 por parte de Juan Vicente Herrera.

Lucas renunció a la presidencia de la Junta de Castilla y León en 2001 para ser nombrado ministro de la Presidencia por José María Aznar, dejando como delfín en la Comunidad a Juan Vicente Herrera, quien convirtió a Fernández Mañueco en su mano derecha, tanto en el partido como en la Junta.

Sin embargo, la relación entre Herrera y Mañueco fue deteriorándose al cabo de unos pocos años, acaso porque Herrera percibió pronto la viva ambición política del salmantino. Este deterioro se exteriorizó, aunque de manera tímida, en 2007, cuando Herrera (que nunca se atrevió o al que nunca dejaron desde Génova 13 romper amarras definitivamente con Mañueco) lo alejó de su vera otorgándole la nueva Consejería de Interior y Justicia, de naturaleza menor por sus escasas competencias.

La ruptura definitiva entre ambos se percibió más nítidamente en 2011, cuando Herrera dejó de contar con él en el gobierno de la Junta y lo envió de vuelta a Salamanca para que fuera el candidato del PP a la alcaldía de la capital.

Sin embargo, en el PP de Castilla y León las cosas siguieron prácticamente igual y en ningún momento Mañueco dejó de ser el secretario regional de la formación de la gaviota, y mantuvo también su escaño como procurador en las Cortes regionales.

La distancia política entre los dos se hizo evidente ya con motivo del último congreso regional del partido, celebrado a primeros de abril de 2017. Herrera, que jugó al ratón y al gato hasta el último minuto, sin descartar repetir como candidato, movió hilos para que su protegido Antonio Silván disputara las primarias a Mañueco. Pero este último controlaba los entresijos del partido desde la secretaría regional y, finalmente, se impuso a Silván por una holgada victoria.

Así pues, igual que ha sucedido con las de tantos líderes políticos, la carrera de Alfonso Fernández Mañueco no ha sido un camino de rosas. En sus 25 años de cargos públicos ha tenido que sortear numerosos obstáculos y trampas, caminar muchas veces sobre espinas y ver morir políticamente a los que antes habían sido sus mentores o leales compañeros de viaje. Otros en su lugar habrían tirado la toalla mucho antes. Pero él ha seguido camino sin desfallecer, haciendo de la adversidad virtud.

Sus más allegados comentan por lo bajo los tres grandes principios de su filosofía política, un catecismo básico que permite conocer la psicología del hombre y del político:

1º Ver, oír y callar.
2º Las tres ‘pes’: Prudencia, Paciencia y Perseverancia.
3º Aguantar.

Mañueco ha cumplido a rajatabla sus propios principios. Y al cabo de muchos años acariciando este momento, por fin mañana verá cumplido uno de sus grandes sueños: ser presidente de Castilla y León.

Pero, quienes lo conocen saben que ésta no es la meta final, sino solo un escalón más en una trayectoria de más largo recorrido. Que nadie lo dude: cuando su socio de Ciudadanos en esta coyuntura, Francisco Igea (ese “vulgar amateur” de la política) sea solo una lejana sombra en el tiempo, Mañueco, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, seguirá ahí, en algún lugar de la política española, sorteando cadáveres, fiel, como siempre, al catecismo elemental que le ha convertido en superviviente de tantas emboscadas, ay.

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