Dignidad del artista de Sahagún

Entre primos anda el juego de política y toros

FuenteLuis Falcão | @luischiado

El carrilano llega a Sahagún en una jornada agitada. Es por eso de los pactos y coaliciones, gobiernos locales y desgobiernos, que los habrá y mucho. Pero no! El carrilano no camina hasta Sahagún por cuestiones banales, como es la política. Sino para disfrutar de una jornada de asueto que, según transcurre la misma, está llena de gratas sorpresas. Un día de esta primavera fresca, cuando las calles de la monumental villa de Sahagún están copadas por armatrastos que dicen atracciones, llega el carrilano a las fiestas. El ruido de charangas se confunde con el griterío de terrazas y peñistas que deambulan calle arriba calle abajo. Son las fiestas del que llaman San Juan y que nació en Sahagún, aunque la vida de eremita agustino transcurrió casi siempre en Salamanca donde, también, se venera como Santo Patrón de la ciudad. Eso fue en la segunda mitad del siglo XV, y no ha llovido nada desde entonces, aunque su estela queda dando nombre a iglesias y calles con sus milagros en la ciudad de Lázaro de Tormes.

El primer encuentro con la villa leonesa es con su Camino de Santiago, donde debería ser parada y fonda. Caminantes a puños van y vienen con sus mochilas y piolets, pero también con sus pies doloridos corriendo al aire y buscando, es menester, un plato de comida y un vaso de vino. Es que la gastronomía de Sahagún es variada, rica, autóctona –bueno, también marinera sin mar-, y asequible. Pero las cosas del comer quedan para después, porque el carrilano encuentra mucho y bueno mudéjar, no deja de ser importante el dicho de que la villa, posiblemente, sea uno de los mejores enclaves de este arte arquitectónico. La prueba de ello es la existencia de la Iglesia de San Tirso (siglo XII) con su torre de tres cuerpos, Nuestra Señora de la Peregrina (siglo XIII), antiguo convento de San Francisco, hoy reformado y que se erige majestuoso en un loma que vigila la entrada a la villa, o la Ermita de la Virgen del Puente (siglo XII).

La mañana transcurre de calle en calle de la mano del que sea posiblemente el vecino más conocido, Álvaro Lora Cumplido. De familia enraizada en Sahagún con rica historia local en los tiempos modernos de la villa. A cada paso, un saludo. A cada dos, un abrazo. A cada tres una invitación. Hablar de ‘Lorita’ –como llaman los allegados- es hablar del Partido Socialista, tanto local, provincial o regional. Es hablar de amistad, sencillez y honradez ante tanta uva mala que agria el vino de la vida. Álvaro fue un procurador trabajador y abierto, incluso con el contrario político. Se le echará mucho de menos en esta legislatura tan llena de advenedizos y trepas. León perderá una figura importante en su defensa en las Cortes de Castilla y León. Allá cada uno con su conciencia y decisiones. Donde las dan las tomarán, decía mi abuela.

La mañana transcurre entre cañitas, el termómetro va en aumento, y embutido local en el hotel y restaurante Viatoris. Un almuerzo entretenido con la Corporación saliente y también otros que llegan en la comarca. Es la vida, donde unos van -escaso es el tiempo- y otros llegan. Menú de frutos del mar variados y bien cocinados con cantidad suficiente para 12 comensales. Ya se sabe cuando de estos productos se trata. Incluso hubo recuerdo de las anchoas del presidente Revilla. En Sahagún todo es posible. Carne de la tierra regada con buen vino Tierra de León –blanco y tinto- y postres a medida. Calidad, cantidad y precio también hacen camino en Sahagún. Aunque la que llamaron Ciudad Gastronómica estaba en otro sitio y otro tiempo, la gastronomía en la villa, sin grandes eventos, se ha convertido en elemento de referencia por su propio peso. Por cierto, qué canutillos, pero de crema, no seamos malos.

Álvaro Lora, Javier Bermejo, Eduardo Gordaliza y Cecilio Lera

Llega la hora de la corrida. De toros, mal pensados, de los que no hablaremos porque ya hicimos la correspondiente crónica ensalzando a los ‘santacolomas’. El carrilano asiste junto a Lora y el gran maestro zamorano del Restaurante Lera, el alcalde socialista de los 40 años ininterrumpidos de Catroverde de Campos, Cecilio Lera. Gran aficionado, sapiencia en los toros, tranquilidad como los buenos toreros y siempre la pizca anárquica y pintoresca. Fue agradable su compañía e interesantes sus comentarios.

Por allí, como bajado del escenario cuando también baja el telón, aparece una de esas personas que, con sólo diez minutos, se hacen ya imprescindibles. Es el buen actor teatral y cinematográfico Javier Bermejo. Natural de ‘su’ Sahagún –qué triste quién no tenga pueblo-, pasa las fiestas con su peña –que también lo es de Lora- ‘La Talanquera’, de rojo y plata como los maestros del arte taurino. Es una charla intensa, profunda, alejada de estas vanidades del ahora. De política y cambio. De regeneración y no degeneración. Y sobre todo, una palabra profunda y sentida, dignidad. La dignidad del artista que muchas veces se ve mancillada. La dignidad del profesional que quiere emerger –lo conseguirá si es que no ha conseguido ya- en un mundo difícil, complicado, bastante lleno de gente sin escrúpulos. Pero la dignidad del artista, la que reclama Javier, está por encima de figuras, figurines y, también, farsantes.

Actor prolífico por sus trabajos en cine y teatro, Javier ha realizado también intervenciones en televisión, publicidad, videoclips y radio. Es el actor de Media hora (y un epílogo) y del largometraje Poveda, dirigido por Pablo Moreno y protagonizado entre otros por Elena Furiase y Pablo Viña. Pero el carrilano se queda con el actor de teatro. El de la sencillez, el de la sapiencia, del contacto personal, del calor humano, del protagonista de Teatro Corsario. Al ‘Traidor’ –sin serlo- de José Zorrilla. Al ‘santo inocente’, que puede ser santo pero no inocente. Al Javier de mirada clara. Cuando habla a tu lado es como esa actuación que se convierte en una maravillosa terapia. En vez de sufrir por ti mismo, alguien lo hará por ti. Y ese es el sino de Javier, ‘el traidor, el santo y el inocente’. Porque el teatro es un método de aprendizaje de vida, tanto para el que lo realiza como para el espectador como el carrilano en su discurso.

Ya cuando la plaza de toros queda muda sin clarines ni timbales y la manoseada bandera baja del mástil, las peñas recorren las calles de la villa a ritmo de charanga. Es el último suspiro de unas intensas fiestas que agonizan. Es el adiós de la dignidad ante el qué pasará… Es el recuerdo de los amigos que queda marcado en el ladrillo mudéjar. Es, cuando el carrilano emprende el camino de regreso a la ciudad del Lazarillo, el recuerdo del actor en palabras de Antonio Buero Vallejo, “duda cuanto quieras, pero nunca dejes de actuar”, ay!

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