Un año más, os pido perdón

FuenteEnrique de Santigo

Hemos finalizado el primer trimestre del año -en esta ocasión un poquito más largo- y alcanzamos las vacaciones de Semana Santa, en la que, los que tienen fe, celebran el hito más importante de la historia y de su vida y religión, el triduo pascual y la resurrección de aquel Jesús el Nazareno como hijo de Dios.

En definitiva, se celebra el mayor acto de amor que es la entrega de la vida, el mayor acto de perdón de aquel que, clavado en una cruz, implora la compasión y el perdón al Padre y, con su resurrección, la apertura de la puerta más importante a la otra vida y la presencia de Dios.

Resulta sorprendente que una religión, en la que se crea o no, que tiene como sustrato básico y vital el perdón, la misericordia, la responsabilidad social y el amor en mayúsculas, pueda ser tan perseguida y odiada por aquellos que no tienen fe; mientras aquellas otras creencias en las que se promueve la ablación, la lapidación, la muerte del infiel, son miradas con tanto respeto y defendidas por quienes ni siquiera creen en ellas.

Yo no sé si creo o quiero creer, pero en una ocasión alguien me dijo, después de saber que mi hijo era autista, que todos nosotros somos los hijos autistas de Dios. El mazazo de la noticia, del que no me recuperaré jamás, y de ello en Navidad hará 21 años, me bloqueó tanto que el pobre padre D. Rafael, aguantaba con cariño mis afirmaciones de “D. Rafa, es que el jefe es un cabronazo” y me miraba con cariño y me decía “comprendo tu dolor, Él te perdona seguro, es tu padre, pero por favor no lo digas”. Con el tiempo, le comenté aquella frase de los hijos autistas de Dios y juntos descubrimos que todos, los que creen, los que quieren creer, los que no creen, somos como mi hijo, que no entendemos lo que nuestros padres hacen por nuestro bien, como el acudir al médico que tanto miedo le da, es por su bien, cómo damos la vida por ellos y ellos no comprenden, incluso se revelan, se autodañan, o se resisten a seguir al padre para, en otras ocasiones, aún sin entender absolutamente nada, darme la mano, seguirme y con el rostro de sorpresa e incluso sospechando que donde va no le gustará, me sigue paciente, confiada y cariñosamente por ser su padre el que le tiene la mano.

Llegado a este punto, tanto si eres un autista severo y ni siquiera deseas tener relación con tu padre, o simplemente sufres el TEA en un grado que te permite esa relación pero no comprendes sus acciones, el jueves Santo está constituido como el día del Amor Fraterno y del perdón y yo, desde que comencé a juntar letras en los medios de comunicación, hace casi 20 años, procuro aprovechar esta ventana para, de corazón, desde el sentimiento cierto y sincero, pedir perdón a cuantos en mi camino personal, profesional, político o social pueda haber hecho daño, consciente o inconscientemente.

Todos, cuando miramos atrás, nos gustaría observar que hemos marcado un camino de sinceridad, seriedad, solvencia personal que sirva para, al menos nuestros hijos, como senda por la que regirse por la vida y la única forma que entiendo puede dar sentido a ese camino, es la humildad y el perdón, pues todos somos falibles y cometemos errores y, sólo con el perdón sincero, pueden hacerse menos dolorosos esos perjuicios ocasionados en nuestro caminar.

Por tanto, con Dios o sin él, con fe o sin ella, como autista hijo o persona de alto nivel intelectual, lo cierto es que el perdón nos tranquiliza, nos fortalece y, sobre todo, nos permite limpiar nuestro corazón y, por todo ello, como todos los años, a todos, os pido perdón y espero y deseo no volver a dañar más; pero como humano volveré a errar el año que viene, desde dentro, os lo volveré a implorar.

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