Caminos, senderos, surcos o simples señales

FuenteEnrique de Santiago

Cuando las luces del atardecer coliden con las piedras areniscas, de esta charridad nuestra, se observa una explosión silente, pero muy potente, de una bruñida e impactante fotografía de áureos que, a mí, personalmente, me recogen calurosamente entre sus cromados y me hacen sentir una paz y presencia especiales. Pues bien, cuando tienes la ocasión de departir con aquellos que han vivido experiencias concretas de potencial histórico, o de hondo calado, comprendes, por qué lo transmiten, cómo fluyen esas vivencias por sus venas y te secuestran la mente en un estado parecido al obtenido por las piedras de Villamayor.

Hasta el momento, he tenido el placer y disfrute de departir con personas de diferentes ideologías, credos, religiones, formas de pensar y de vivir. Como ejemplo, aquellos que sobrevivieron a los atentados de Atocha, a los que hoy serían compañeros profesionales míos, y se te erizan los pelos, se te encoge el alma y afloran sólo sentimientos humanos carentes de valor político o de posición social que, evidentemente, se encuentra en su relato, pero que en ellos resuda humanidad.

He sido un privilegiado que ha compartido conversación e incluso escenario con José Antonio Ortega Lara, que sufrió la muerte diaria de la más zurriburri expresión de crueldad y que, al margen de políticas, sensaciones públicas, se engarza una vida rota que ha aprendido a perdonar, vivir, sentir y disfrutar de los demás, mientras cursa por sus venas una España viva que, con independencia de su posición en el marco político, le respeta, le quiere, le siente, porque él vive, siente y es España. Con Santi Abascal, que vivió la persecución de la ralea más inmunda desde muy niño y que no necesita grandilocuentes expresiones para chorrear sangre por los cuatro costados cuando de España se trata.

He disfrutado del diálogo y el mantel con Jaime Mayor Oreja que, amén de un cerebro privilegiado es, sobre todo, un ser humano sencillo, cercano, que ha vivido desde dentro, y en momentos muy difíciles, el ministerio del interior, corriendo por sus venas España, el sentimiento y el valor de las personas, discursa en el campo de los valores, de las ideas, de la estrategia ideológica, que no política, en la que desarrolla y teoriza en pos de la búsqueda de los principios y valores que vertebran una sociedad, y, con él, María San Gil y tantos otros, no menos importantes, con vivencias alucinantes que marcan una vida, una forma de ser y pensar.

He podido mantener la tranquila y sosegada charla de café o de tertulia con personas tan ideológicamente distantes a la mía, como Soledad Murillo, y comprender que, circulando por la vida sin poner el foco en posición política, en la vivencia de una realidad errónea o diferente, al final sólo quedan los valores, las personas, el afecto y los sentimientos humanos que nos unen, que nos hacen vivir, sentir, luchar y desear lo mejor para los que nos rodean, quizás desde la diferencia, el error, o incluso la disputa, pero que todos sentimos, vivimos y buscamos al ser humano, el bien común y que la amistad o el simple afecto deben de estar por encima de la diferencia.

Personas como Policarpo que, postrado por una enfermedad que a cualquier otro le hubiere retirado de la lucha, sigue incansable en la disputa por los papeles, por la memoria, por la historia, por la unidad de España, sus documentos y … dejará en ello la vida. Estas posiciones, no se comprenden sin haber sudado con ellos, vivido con ellos, sentido como sienten ellos.

Podría  pasarme horas señalando personas con las que he tenido el placer de mantener una conversación, por liviana que sea, fuera de la ligera e impostada del personaje, en la que se puede quedar un periodista que actúa profesionalmente o el que en la competencia se encuentra, de forma que puedes saborear con los sentidos su esencia y comprender más allá de la expresión, para observar su humanidad, la tuya, la de todos, en una sola línea, la de una vida que imprime un surco en su caminar, una simple raya o un triste manchurrón que se agota con la primera pasada de bayeta.

Cuando me presento ante alguien, lo que miro en sus ojos, en el fondo de su alma, en sus formas, no es lo que me transmite mediante la teatralización de su verdad, sino los verdaderos valores que le acompañan, me da igual que alardeé de españolidad, de valores, de solidaridades o principios, lo que quiero ver es su humanidad, su ser más íntimo, su coherencia personal, su patriotismo de flujo y no de víscera, su solidaridad de alma y no por unos bronces, su sensibilidad por encima de ideas, personas y deseos, sino por la simple transpiración y sentimiento de humanidad. Reconozco que, normalmente, necesitaría unas buenas gafas con las que escrudiñar el fondo humano, pero prefiero pensar que todo el mundo es bueno hasta que demuestre lo contrario que, como alguno hace, pensar que todos buscan algo en mí que arrancar. Prefiero tratar a un truhan como si de un señor se tratase, que a un señor dañar por considerarlo truhan.

¡Cuántos seres pequeños con vidas egregias y cuántos grandes con almas vacías!.

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