Lo que fácil se obtiene, fácil se pierde

    Vivimos un momento de convulsión, de cambio, de fin de un ciclo, que podemos asemejar a la industrialización y el nacimiento del proletariado en un nuevo sistema productivo y de convivencia que evolucionó, llegando al estado del bien estar.        Como en todo cambio, empieza con la liquidación del sistema anterior, lo que supone un daño brutal. Imaginemos los campesinos ante la industria, su transformación en proletarios y cómo morían de hambre en ese nuevo momento. Más tarde, se acabó con la diferencia de clases y se consiguió el estado del bien estar que hoy caduca, y lo hace no por la vuelta al pasado que propugnan los modelos antisistema o comunistas trasnochados, sino por el cambio de modelo productivo en el que la máquina vuelve para sustituir al hombre, las redes nos hacen vulnerables e innecesarios en los modelos económicos y la riqueza desaparece de los nichos en los que estaba reubicándose en otras, y menos, manos. Volvemos al proletariado hambriento que, ahora, se denomina juventud altamente titulada, escasamente culta y poco preparada, intelectualmente, frente a unos monstros que desdeñan la preparación y buscan el manejo tecnológico de alto nivel.

La política, como instrumento de dirección social, se encuentra desubicada y se dedica a la presencia mediática, al twitter, a la imagen y a la mentira y vemos un presidente que en la oposición clamaba por un gobierno con presupuestos, desdeñaba el actuar mediante “decretazos” como medios antidemocráticos, que reclamaba decencia y se permitía decir a su adversario que “no es una persona decente” para, cuando es presidente de gobierno, no tener presupuestos, gobernar por medio de decreto, tener la mitad de su gobierno con “sociedades opacas”, una ministra de justicia que se dedica a comer con delincuentes y animar a la prostitución femenina como método de lucha criminal y que tiene a todos los sectores de la Justicia en contra de ella… nunca alguien que echó en cara a otro “no ser una persona decente” fue tan rápido en convertirse él mismo en indecente.

Lo malo no es que el presidente por sorpresa actúe así, el problema es que no hay un miembro de la clase política que cumpla su palabra, que sea digno de nuestro voto y que no actúe como el actual y sorpresivo presidente.

Ante el cambio de paradigma social y económico, necesitamos políticos que sean coherentes, serios, dignos, con palabra, honrados, que vengan a servir y no a servirse y que sean capaces de abordar el problema al que nos enfrentamos forzando la generación de un capitalismo mucho más social, una sociedad más trabajadora, en la que se premie el esfuerzo, el trabajo y se persiga el triunfo fácil, que se busque la aplicación tecnológica y el avance social, pero que la solución final sea humana, sensible, seria y educada.

Para ese cambio sistémico de la economía, de la política y de la sociedad, hemos de preguntarnos cuántos están dispuestos a apostar por el esfuerzo, el sacrificio, la formación, la intelectualidad y la recompensa a la valía y rechazar el dinero fácil, la gloria sencilla, el triunfo con trampa. Cuando revises los que optan por una u otra, verás cuál es la causa de tener una sociedad desnortada, crispada y encanallada; pero, además, piensa que si esto es así es por tu culpa, que no hiciste nada o apoyaste la insolvencia.

Precisamos calibrar la brújula, orientarla al norte, asumir el sufrimiento y dolor que esto nos va a causar y comenzar un nuevo camino o, sencillamente, esperar que la carcunda canalla no arrebate el futuro con falaces cantos de sirena.

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