La práctica de la siesta

Una de las muchas leyendas infundadas sobre nuestro país es que aquí todo el mundo echa la siesta. Por eso, los europeos jubilados que se asientan en España en cuanto pueden se suman a lo que ellos creen una tradición nacional.

Nada más incierto que esa presunta usanza de los españoles. Al mito contribuyó activamente el escritor tremendista Camilo José Cela, con gran proyección internacional debido a su Premio Nobel de Literatura, entre otras cosas, quien presumía públicamente de que él gustaba de la siesta, “pero con pijama y orinal”, y no de esos otros sucedáneos que consisten  simplemente en planchar la oreja en un butacón.

O sea, que se supone que los nacionales somos unos flojos que nos dedicamos a dormir en vez de trabajar. Cuando a mí me han preguntado en el extranjero por el supuesto hábito o rito de un prolongado reposo después de comer, siempre he respondido la verdad: “Yo aprendí a hacerlo en Estados Unidos, gracias a un año sabático en el que no tenía nada mejor que hacer”.

Y es que, de natural, los españoles trabajamos como burros, si se me permite la expresión. Una cosa es que haya una importante y nefasta tasa de desempleo, por culpa de los políticos más que de los ciudadanos, por supuesto, pero otra muy distinta es que si los españoles tenemos trabajo nos deslomamos en la labor.

En las duras décadas de la posguerra, los individuos practicaban el llamado pluriempleo, con dos o tres ocupaciones, más otras chapuzas extra para poder sobrevivir. Hoy, en circunstancias bien distintas, no hay horario laboral que se respete, porque la gente acaba de trabajar bien entrada la noche y no a las 5 de la tarde para ponerse a practicar el beisbol con sus hijos.

Esto último lo vienen haciendo los norteamericanos porque sus antepasados británicos se pasaban todo el tiempo jugando al criquet, cuyos partidos podían durar días y días, mientras los nativos de la India o de Kenia trabajan para ellos de sol a sol.

Ya ven: mientras unos se llevan la fama, otros cardan la lana, que dice el refrán. Claro que de vez en cuando se hace algún estudio (en el extranjero, que no aquí), que demuestra que los españoles estamos entre los trabajadores más eficaces del mundo. Para que luego digan.

 

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