Torbellino de los divorcios

Es muy difícil resumir en pocas palabras los sentimientos de exclusión e injusticia que se han ido acumulando desde que comenzamos esta experiencia alucinante del divorcio.

Cuando el matrimonio se rompe, el hombre no solo pierde la pareja, pierde de hecho la paternidad, pues socialmente no existe el papel de padre fuera del matrimonio. No se ve al padre como una figura autónoma independiente de la mujer. Un hombre solamente es padre mientras su matrimonio funciona.
Nos encontramos así con la primera discriminación sexista; mujer separada: «víctima», hombre separado: «algo habrá hecho». Se rompe por tanto el principio constitucional de la presunción de inocencia, y para el hombre comienza el de la presunción de culpabilidad.
Este prejuicio, tiene consecuencias radicales en la relación del hombre con los hijos. Nadie se plantea que hay que proteger esta relación, que los hijos de hoy día tienen «hambre de padre»; simplemente nadie se plantea que haya que proteger una relación (padre-hijo).

¿Qué hacer?…

Inmediatamente después del divorcio, la mayoría de los hombres se enfrentan a la carencia de vivienda, ya que el domicilio familiar acompaña a la custodia de los hijos, que en el 87% de los casos queda en manos de la mujer. Incluso en aquellas situaciones en que el hombre es co-titular de un préstamo hipotecario para financiar la vivienda, ¡se ve obligado a continuar pagando las cuotas del crédito! de una propiedad nominal que probablemente no volverá a disfrutar nunca.
Nadie parece tener en cuenta que un hombre separado que no abandone a sus hijos, tiene prácticamente los mismos gastos que la madre, pues si a pesar de todo consigue acceder a una vivienda, debe amueblarla y acondicionarla para sus hijos, independientemente del tiempo que pasen en ella; amueblar y acondicionar una nueva casa no valen menos para el padre no-custodio, las tiendas cobran exactamente lo mismo.

En la práctica, la Patria Potestad compartida es papel mojado si la custodia la tiene un progenitor irresponsable, que hace caso omiso de ella.
En la vida real, custodia y patria potestad van indisolublemente unidas, pues, desgraciadamente la mayoría de los progenitores custodios plantean este punto, no como una cuestión ética por el bien de los hijos, sino como un conflicto de poder.

La Custodia compartida solucionaría muchos conflictos… La custodia compartida es una rutina en muchos países europeos con más experiencia que España en la problemática del divorcio, y hasta el momento, no se tiene noticia de que provoque ninguna inestabilidad emocional. Más bien al contrario, en donde la custodia compartida está más implantada ha disminuido la conflictividad judicial en casos de divorcio.

A mi entender, la verdadera razón de la oposición a la custodia compartida hay que buscarla en que supondría una auténtica pérdida neta de poder por parte del progenitor irresponsable en las situaciones de divorcio.

De todas las situaciones de injusticia y explotación que acabo de describir, la más insoportable, y posiblemente la más importante, es el silencio y la indiferencia de las Instituciones y de la sociedad en general ante este problema.

Sin esta complicidad pasiva, sería imposible mantener la situación actual, que atenta claramente contra los derechos humanos y contra la Constitución Española, que consagra la igualdad ante la ley, y la no discriminación por razones de sexo…”

Aún después de esta reflexión, nosotros ponemos “a días grises, paraguas de colores”, para poder seguir luchando por lo que nosotros consideramos una lacra social; el torbellino de los divorcios para los hombres.

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