La disputada corona láurea de Castilla y León

TERRITORIO CIDIANO

FuenteCarlos Velasco / director de www.noticiascyl.com
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El paisaje político de Castilla y León vive un momento finisecular, de fin de etapa. Las mayorías absolutas cosechadas por el PP desde la primera legislatura de Juan José Lucas (1991) parecen haber llegado a su fin. Han concluido de hecho en la actual legislatura autonómica, aunque el PP todavía mantuvo el tipo en las elecciones de 2015 con un resultado que le deparó el 50% de los escaños del parlamento regional.

La imagen inédita de Juan Vicente Herrera en la cafetería de las Cortes regionales a la conclusión de los plenos, que se repite desde hace algún tiempo, disfrutando en la barra de un vino y unos pinchos junto a la consejera de Economía y Hacienda, Pilar del Olmo, y al consejero de Empleo, Carlos Fernández Carriedo, dos de sus incondicionales, escenifican quizás este ambiente de cierre, de lo que el viento se llevará, y el tiempo nuevo que aguarda a la vuelta de la esquina.

Un renovado escenario político sin mayorías absolutas en el que los próximos gobiernos en la Junta y en los principales ayuntamientos y diputaciones se solventarán mediante pactos entre partidos.

En este horizonte precario, el PSOE parece llevar la delantera. La elección de Pedro Sánchez como secretario general del partido en junio del año pasado ha consolidado a Luis Tudanca en Castilla y León y ha dado una estabilidad a los socialistas cidianos que les ha permitido tener ya resuelto el espinoso asunto de los candidatos a las principales instituciones locales y regionales.

A mayores, la ventaja impagable de tener detrás al gobierno de la nación, el control del BOE y la llave de la caja de caudales del Estado. El reto de Luis Tudanca será resarcirse del baldón de los 25 escaños a los que descendió su partido en las últimas elecciones autonómicas, el peor resultado de los socialistas de Castilla y León en toda la etapa autonómica.

Porque una de las claves de los próximos comicios será precisamente la capacidad de remontada del PSCyL. Nadie espera que se posicionen por encima del PP, reto complicado, sin duda, pero sí que alcancen un número suficiente de procuradores que permita la matemática de un gobierno de coalición que apee al PP de las instituciones. Es decir, una historia parecida a la de Pedro Sánchez, pero en versión cidiana, ay.

El PP de CyL se halla igualmente ante una encrucijada inédita desde la época de Aznar. Alfonso Fernández Mañueco, al igual que antaño el socialista Jesús Quijano, ha llegado a la presidencia regional del partido en su mejor momento personal, pero en las peores circunstancias.

El panorama se agravó en el ámbito interno con la marcha inopinada de Mariano Rajoy y el triunfo de Pablo Casado. Paradójicamente, Mañueco, arrastrado por su relación personal con el zamorano Fernando Martínez-Maíllo, fue uno de los apoyos más entusiastas de Soraya Sáenz de Santamaría, lo cual ha dejado su imagen devaluada ente las huestes de Casado y enfureció a su valedora de siempre, María Dolores de Cospedal, para la cual la posición del todavía alcalde salmantino constituyó un caso de alta traición.

En el marco de la crisis interna que arrastra el PP desde su último congreso regional (abril, 2017), el triunfo de Pablo Casado a nivel nacional ha dado nuevas alas al sector que salió perdedor, es decir, al sector de Juan Vicente Herrera, cuyo candidato a presidir el partido era Antonio Silván, alcalde de León.

Así las cosas, Mañueco afronta los próximos comicios autonómicos en un ambiente enrarecido, sin el liderazgo monolítico e incuestionable que tuvo Juan José Lucas, uno de sus referentes, en 1991; con el viento en contra del desgaste después de los más de 30 años de poder del PP en la Junta de Castilla y León; y con dos partidos de nuevo cuño que le disputan el espacio ideológico: Ciudadanos y Vox.

Estas circunstancias se están traduciendo en que la designación de candidatos se esté retrasando más de lo esperado. Y es que el nuevo equipo de Pablo Casado se está instalando y tomando las riendas del partido, y no quiere, bajo ningún concepto, que el asunto de los candidatos a las principales instituciones quede en manos exclusivamente de las estructuras regionales. O sea, en esta ocasión el tiempo corre también en contra de Mañueco, ay.

Algo parecido está ocurriendo con Ciudadanos, una formación que creció espectacularmente en los albores de las pasadas elecciones municipales y autonómicas ante las favorables previsiones electorales. Pero fue un crecimiento traumático y visto con desconfianza por sus propios líderes nacionales. Las perspectivas de poder hicieron que, junto a personas de buena fe interesadas en mejorar la política española, llamarán también a sus puertas personajes rebotados de todos los partidos, arribistas, trepas y demás. O sea, Ciudadanos se ha convertido en un conglomerado variopinto de gentes al que ahora hay que dotar de una uniformidad ideológica y depurar en materia de cualificación de dirigentes.

El modo de conseguir esto es mediante un férreo control del aparato. Un aparato con una estricta jerarquía piramidal, en el cual no se mueve un papel ni se toma decisión alguna sin que dé el visto bueno previo el ‘consejo de administración’ nacional, que preside Albert Rivera.

Como consecuencia, todavía no ha designado a ningún candidato. Según fuentes del partido, esta cuestión se resolverá mediante primarias a finales de este año o principios del que viene.

Claro que, si tenemos en cuenta el caso de Manuel Valls como futuro candidato a la alcaldía de Barcelona por Ciudadanos, la fórmula de las primarias se utilizará en algunos casos, pero no en todos. El fenómeno Valls ha tratado de extenderlo Ciudadanos a nivel nacional, es decir, personajes conocidos con una trayectoria de prestigio política o profesional, pero su estrategia no está dando los resultados esperados, menos aún tras el declive de expectativas que ha experimentado la formación desde la llegada de Pedro Sánchez al gobierno de España y la posterior elección de Pablo Casado como líder del PP.

El reto de Podemos, en España y particularmente en Castilla y León, y la clave de su éxito o fracaso electoral pasa por conseguir la unidad de las minoritarias fuerzas a la izquierda del PSOE, eso que tradicionalmente se ha llamado la izquierda desunida. Un reto complicado por la inveterada tendencia centrífuga de las pequeñas agrupaciones locales de izquierdas surgidas en todas las provincias y la resistencia de una parte de militantes de Izquierda Unida a ser fagocitados por las siglas de la formación de Pablo Iglesias y su enseña morada.

He aquí el enredado mosaico que parece aguardarnos en mayo del año que viene. Un horizonte incierto, inédito en Castilla y León, del que saldrá un parlamento regional sin mayoría absoluta obligado a formar gobierno mediante pactos. O sea, una vez que se conozcan los escaños que consigue cada cual, habrá que ver quién se hace finalmente con la disputada corona láurea, ay.

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