Los leones son también nacionalistas

TERRITORIO CIDIANO

FuenteCarlos Velasco / director de Noticiascyl

País, patria, nación, bandera, religión… Hay conceptos que mejor no meneallos porque han acarreado al ser humano grandes calamidades a lo largo de la Historia. Conceptos preñados de emociones primarias que, si se agitan en exceso, solo consiguen devolvernos a la caverna.

El nacionalismo, con sus diversas caras, es uno de estos peligros recurrentes para cualquier sociedad. Y ejemplos de ello nos ofrece la Historia a manta de Dios. Las dos guerras mundiales, con una ristra colosal de millones de muertos a sus espaldas, son solo dos entre muchos.

Patria, nación, bandera… Sin apoyarse en filosofías, las manadas de leones manejan estos conceptos en su vida cotidiana de modo instintivo, acaso sin reparar en su significado.

Cada manada es una nación en medio de la sabana africana. Igual que los perros y otras muchas especies animales, entre sus actividades diarias una muy importante es la de ir orinándose sin descanso contra los troncos de los árboles para que al resto de leones del entorno les quede bien claro cuáles son las fronteras de su patria. Y al osado que incumple la norma y se adentra en ese territorio acotado lo que le espera es una muerte a dentelladas.

Aunque no lo parezca, la manada de leones también tiene su bandera, que no es otra que el olor característico de cada uno de sus miembros. De modo que si perciben que otro león no porta la misma ‘bandera’ odorífera, lo ajustician sin miramiento.

Podríamos decir que se trata de nacionalismo de leones (sin tilde, quede bien claro). Un ‘nacionalismo’, por otra parte, muy extendido en el mundo animal entre tantas especies y acaso necesario para la evolución de las mismas.

Conque a uno no le causa entusiasmo alguno esa beligerancia de banderas que se está viendo estos días en las Españas, desatada, eso sí, por el nacionalismo centrífugo catalán de los ‘rebeldes’ Puigdi, Junqueras y Anna Gabriel Sabaté.

El filósofo español Roberto Augusto, autor de la obra El nacionalismo ¡vaya timo!, afirma que “la idea de nación que manejan los nacionalistas es una burda simplificación de una realidad más rica” y que “la división nacional es una de las principales causas de sufrimiento en el mundo”. Y propone que hay que superar “ese egoísmo colectivo llamado nacionalismo”.

Por su parte, el filósofo y antropólogo británico de origen checo Ernest Gellner opina que «el nacionalismo no es el despertar de las naciones hacia su conciencia propia: inventa naciones donde no las hay».

Gellner, fallecido en 1995, orientó sus enseñanzas a luchar contra lo que denominaba “sistemas cerrados de pensamiento”, entre los cuales incluía, por supuesto, cualquier tipo de nacionalismo: centrífugo, centrípeto, económico, étnico, religioso…

Porque el nacionalismo crece agitando entre las masas ideas primarias, inventando realidades a conveniencia y buscando un enemigo exterior al que culpar de los presuntos males que sufre su supuesta nación: España, que nos roba, en el caso del independentismo catalán; los judíos, para el nazismo; los emigrantes del tercer mundo, para esos otros nacionalismos que sacuden hoy a algunos países de la Unión Europea y a Estados Unidos…

Vemos así que una ideología que se forja a finales del siglo XVIII, que despega en el XIX, que riega de cadáveres el XX, llega hasta el siglo XXI enfundada en banderas de diverso pelaje. Paradójicamente en un mundo globalizado en el que la tendencia es sumar (la Unión Europea es un buen ejemplo) frente a estas corrientes reduccionistas y disgregadoras que son los nacionalismos.

Lo sorprendente es la facilidad con la que estas ideas nefandas prenden en las masas, que a menudo, instigadas por políticos irresponsables que apelan a sentimientos emanados del aparato digestivo, parecen hambrientas de enemigos exteriores sobre los que volcar sus iras y frustraciones. Masas simples y desmemoriadas que olvidan o ignoran los precipicios a los que esos nacionalismos arrastraron a sociedades pretéritas y a los que pueden volver a abocarlas ahora.

Un paso atrás, sin duda, en la tendencia universalista en la que parece hallarse el futuro de la especie humana. Las entidades grandes (la Unión Europea, desde luego) ofrecen mucha más estabilidad y progreso a las personas que el inseguro mosaico de terruños al que conducen los nacionalismos centrífugos.

Conque, menos nacionalismos y más Ilustración. No somos leones, somos seres racionales. Aunque a tenor de algunos ejemplos a veces no lo parezca.

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