Don Miguel de Unamuno, una vida 36 + 36

TERRITORIO CIDIANO

Si Unamuno levantara la cabeza, acaso corriera a garrotazos a muchos de los que esta mañana de fin de año rodeábamos su estatua en la calle Bordadores de Salamanca capital.

Cada 31 de diciembre, políticos e intelectuales salmantinos, encabezados en esta ocasión por el alcalde de la ciudad, Alfonso Fernández Mañueco, rinden homenaje a don Miguel en torno a su estatua de bronce, obra del escultor Pablo Serrano, erigida en su honor en 1968 frente a la que fuera su casa durante sus últimos quince años de vida.

Don Miguel de Unamuno falleció el 31 de diciembre de 1936 con sus últimos días envueltos en tristes circunstancias: recluido en su domicilio, ignorado por la sociedad salmantina de la época, abatido por la muerte reciente de su esposa, Concha, y de su hija Salomé, y horrorizado ante las atrocidades que se cometían en los dos bandos irreconciliables que demediaban las Españas en los inicios de nuestra dramática guerra civil, ejemplo radical de la expresión “hunos” y “hotros” que él mismo forjó.

De hecho, llegó a interceder ante Franco, cuyo cuartel general se ubicaba entonces en Salamanca, para solicitarle la liberación de unos cuantos amigos personales que se hallaban presos, como el doctor Filiberto Villalobos, el alcalde socialista José Andrés Manso, el doctor y también exalcalde Casto Prieto Carrasco o el periodista José Sánchez Gómez el Timbalero, entre otros.

Pero sus esfuerzos resultaron inútiles. De hecho, Prieto Carrasco, Manso y Sánchez Gómez fueron fusilados pocos días después en el pueblo de La Orbada, que era el lugar elegido para ejecutar a quienes se oponían en la capital salmantina a los militares sublevados.

La estatua de Unamuno, ubicada junto ábside del convento de las Úrsulas, que refleja la personalidad meditabunda y seria del rector, está flanqueada por una catalpa, que en verano la cubre de una generosa sombra benefactora. En este frío, aunque soleado, día de invierno el árbol se nos antojaba triste, desolado en su desnudez como la propia representación broncínea de don Miguel, vestido sólo con las largas vainas inmóviles que, apuntando hacia el pavimento, asemejaban amenazadores carámbanos afilados.

Así pues, la catalpa ha adquirido su relevancia histórica y literaria asimismo como guardiana imperturbable de la estatua del que fuera tres veces rector de la Universidad de Salamanca, como bien apuntó en su día el fugaz escritor Manuel Díaz Luis, fallecido en plena juventud, autor de una única novela, Las aguas esmaltadas, quien precisamente titulaba su columna semanal en el ya desaparecido diario Tribuna de Salamanca ‘A la sombra de la catalpa’, en homenaje a nuestro protagonista, al que sin duda admiraba.

No resulta fácil resumir en un puñado de líneas la personalidad compleja y contradictoria de don Miguel de Unamuno, personaje polifacético como pocos: profesor universitario, rector de la Universidad salmantina, pensador, poeta, novelista, dramaturgo, ensayista, político, articulista en periódicos, viajero…

Se ha dicho de él que era un hombre 36 + 36, es decir, con una vida repartida en dos mitades exactas, la primera perteneciente al siglo XIX y la segunda, al siglo XX. Tanto en una parte como en otra hubo de familiarizarse con la plaga de la guerra: la guerra carlista en su niñez durante el cerco de Bilbao y la Guerra Civil española en sus albores ya en las postrimerías de su vida.

Como siempre, el tiempo se erige en el gran juez de la Historia. Y el tiempo es el que ha elevado a las cumbres de la literatura y el pensamiento español y universal a don Miguel de Unamuno, quien, no obstante, obtuvo ya tal reconocimiento en vida. Ese prestigio es el que arrastra cada 31 de diciembre a su homenaje en la calle Bordadores a gentes de variado pelaje y condición, muchas de ellas políticos de ideologías diversas.

Para algunos historiadores, la Guerra Civil española fue el desenlace final al cúmulo de tensiones políticas y sociales sin solución que el país arrastró a lo largo de todo el siglo XIX. Algunas de aquellas tensiones siguen hoy latentes, como el problema separatista de ciertos territorios periféricos. La crisis económica mundial ha hecho aflorar otras, especialmente de tipo social, que nuestra clase política niega o no alcanza a ver.

Uno barrunta que nos hallamos quizás al inicio de un mundo nuevo modelado por las nuevas tecnologías de la información. Un mundo robotizado y desigual (se habla ya de la cuarta revolución industrial) incapaz de brindar empleo a la gruesa capa de desempleados. Pensadores como Unamuno, inexistentes en nuestros días, habrían entrado a saco sin duda al análisis intelectual de esta nueva problemática y de otras que nos afligen.

Claro que en España se habla mucho y se lee poco. He aquí la gran paradoja en lo relativo a nuestros grandes pensadores: se les erigen altares, se les tributan homenajes porque quedan bien dado su prestigio, pero no se lee su obra, que sería el mejor tributo. Y lo que es peor, se olvidan o se ignoran sus ideas.

Conocer el pensamiento de intelectuales como don Miguel de Unamuno, quien falleció hoy hace 80 años en Salamanca, y de otros muchos es la mejor vacuna para evitar desgraciadas situaciones precedentes que ojalá no vuelvan a repetirse, ay.

 

 

1 Comentario

  1. Preside el Acto el Alcalde Mañueco. El mismo que se niega a retirar el medallón de Franco en la Plaza Mayor. Franco destituyó a Unamuno de Rector vitalicio por enfrentarse a Millán Astray, aquel que dijo “muera la inteligencia”. Hay cosas que no casan. Y esta es una de ellas. ¡Pobre Unamuno!

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