‘Cántaro de Novia’, arte en manos de Israel Gato, alfarero de Tiedra

Israel Álvarez Gato mantiene vivo uno de los oficios milenarios más característicos de Castilla y León, del que apenas queda ya el recuerdo por esos pueblos de esta tierra castellana, los alfares y la alfarería.

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Llega El Carrilano a Tiedra, en la cercana provincia de Valladolid, dejando atrás el Duero, la capital zamorana y la querida ciudad de Toro, en una tarde de primavera invernal, con una lluvia fina que embellece el paisaje con sus verdes y colores pastel. Entra en el pueblo, solitario y gris, que rezuma historia y arte no sabe si castellano o leonés por eso de los dos reinos. Esta localidad conserva aún algunos edificios de otras épocas. Desde la Plaza Mayor porticada con columnas del siglo XVI al XVIII al castillo que acogió la entrevista entre El Cid y doña Urraca, pasando por el Ayuntamiento que se levanta en un edificio del siglo XIX sobre el solar de un antiguo hospital.

Engrosan el listado patrimonial algunas portentosas viviendas que perpetúan la huella de los denominados ‘trajineros’, vecinos que aprovechaban la ruta comercial entre Madrid y La Coruña y entre Toro y Rioseco para hacer negocio. “Se almacenaba bacalao, aceite, azúcar, pimentón y jabón, pero la llegada del ferrocarril obligó a mucha gente a emigrar a Cuba, Argentina y otros países de Hispanoamérica” explican a El Carrilano antes de llegar al alfar.

Alfar de Israel

Tiedra tiene un rincón donde se respira aún el romanticismo de aquellos talleres en los que se moldeaba la loza. Ya murieron Manuel Criado y Narciso Pasalodos. En ese rincón del pueblo, donde parece estar de vigía la torre del castillo, se aprecian las huellas de lo que fueron los alfares de loza, en los que lo mismo se hacían tejas que utensilios para el hogar. Sus puertas y ventanas, asas injertadas en barro y paja, transmiten historia y herencia. Si antaño donde el ollero, vasijero, locero, cacharrero, pucherero o cantarero, se llegó a la ornamentación en las piezas de barro que perdura hoy por esas ferias de Dios.

Con la música del torno que gira y gira, el chisporroteo de la lumbre y las gotas de lluvia que se estampan contra las ventanas, Israel Álvarez, conocido como Gato de Tiedra, busca aquellas huellas artísticas del milenario oficio de elaborar objetos de barro que permitió al hombre crear toda clase de utensilios y artilugios domésticos a lo largo de la historia, que con los siglos fue dejando paso a artículos decorativos y de coleccionismo: la cerámica. No es el caso de Israel, un joven empeñado en recuperar para el pueblo, y también para su vida, el noble oficio de la alfarería, que sin escuelas ni academicismos, muchas veces vanos, aprendió de Narciso, haciéndose, además, un noble especialista en la confección del conocido, protegido y admirado ‘Cántaro de Novia de Tiedra’. Israel se inició en el oficio en los últimos años bajo la tutela del afamado y recordado Narciso Pasalodos, quien le fue mostrando las formas y técnicas del viejo oficio de la rueda. Este joven, desde el principio, se comprometió con “el mantenimiento de las formas tradicionales de la alfarería local” que tuvo en el cántaro de novia su mayor referente. Y, fiel a la tradición, muestra y vende orgulloso tanto en su taller como en las ferias que se tercien.

El Cántaro de Novia de Tiedra

Cántaro de Novia

No sabemos, a ciencia cierta, porque en el arte y los oficios no existen fechas ni certezas, si el ‘Cántaro de Novia’ tiene más o menos pasado en las gentes del lugar. No es menos cierto que de sobra es conocido, en lo que se llamó el Alfoz de Toro, el regalo de los mozos a sus prometidas. Si por San Juán era el ramo en la ventana a las que ‘gustaban’, esta preciosa pieza, en la que en su sencillez está la belleza, tras hacerse público el compromiso, los mozos le regalaban a su prometida este cántaro que usaban hasta el día de los esponsales. Quedando luego como ajuar, explica Israel Álvarez que “más que un regalo era un signo de posesión, o de reserva de plaza, que las novias solían exhibir con orgullo. La lectura simbólica era que la moza pronto cambiaría el destino de agua porteada, desde la fuente a casa de sus padres para llevarla después al que sería su propia casa”. Eso sí, ya con el cántaro tradicional, que no venía con adornos, símbolo de la sencillez y el trabajo.

Se trata, siguiendo el guión de Gato de Tiedra, de una pieza no muy grande, con tapa –que simula formas mudéjares- bañada únicamente con vidriado plumbífero y decorado desde la terminación del cuello con estrechas bandas de rehundidas y salientes siempre diferentes unos de otros.

El último alfarero de Tiedra explica que este oficio se ha dedicado a realizar piezas utilitarias, «un tipo de elementos que se han usado siempre en la casas, pero con la llegada del plástico y nuevas formas de recipientes para cocinar, la alfarería se ha ido extinguiendo». Más que sobrevive gracias a los negocios familiares, pero daría todo por vivir de la alfarería, su amor y su oficio, especializándose en reponer elementos del patrimonio artístico, pero también por las ventas del cántaro de novia y otros elementos que espera poder confeccionar con la construcción de un bello horno árabe, que llama la atención por su perfecta geomatría y la sencillez de las formas con materiales propios del lugar y la belleza de los montículos verdes que circundan el lugar.

La tarde avanza como si el tiempo corriese en demasía. Las tinieblas comienzan a tapar la tarde gris, mientras el viajero tiene claro que con la presencia de Israel, Tiedra gana un nuevo recurso turístico que obliga a visitar este pueblo de reinos y frontera donde el ‘Cántaro de Novia‘ se hace tan emblemático como el castillo o sus calles estrechas y antañonas.

Después de disfrutar de una pequeña cháchara en uno de los bares del lugar, siempre atestados de jubilados echándose unos retos a las cartas, aunque también aparecen varios jóvenes que dan savia al municipio, El Carrilano asume que Israel es el libro abierto a la historia de Tiedra. Es el museo del tiempo que parece estancado en esta Castilla o León nuestros. Es el tiempo mismo que viene hacia nosotros para hablarnos del pasado en las manos de Israel, para mostrarnos esa saga de artesanos que reposa en Narciso Pasalodos, quien aún –desde su viaje sin retorno- es una figura, uno de los más reconocidos alfareros de esta tierra, y por quien su alumno, Israel, siente pleitesía y respeto en sus creaciones de dar forma al barro. Y como decía el escritor y filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson, en el arte, la mano nunca puede ejecutar cualquier cosa más alta de lo que el corazón puede imaginar, ay!

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