“El calderero por las esquinas / va pregonando sartenes finas”

Carboneros, campaneros, sacristanes, hojalateros... Por desgracia en nuestros tiempos, como acontece con otros muchos oficios perdidos o que se pierden y que NOTICIASCYL desgrana en capítulos sucesivos, los antiguos caldereros, en la duodécima entrega, han desaparecido de las calles de los pueblos desde hace decenios.

FuenteLuis Falcão | @luischiado
Caldereros de antaño

Muchas son las historias que se cuentan acerca del sereno del barrio o de los herreros, por poner dos ejemplos, pero en la mayoría de los casos, eso es en lo que han quedado, en cuentos y recuerdos de quienes pudieron verlos trabajando o que ejercieron esas profesiones. Muchos de estos oficios serían inviables hoy debido a la tecnología, pero, ¿cómo eran los oficios de antaño que hoy han desaparecido? Esta es la cuestión que NOTICIASCYL acerca a sus lectores, ya en la duodécima entrega. En esta ocasión hablamos de los caldereros, aquellos que ya Moisés describe en la tierra de Canaán como “tierra que sus piedras son hierro, y de sus montes cortarás metal” Deut.8:9.

A los caldereros podemos hacerlos descendientes de los ‘kassar, o ‘kasseras’, es decir, fundidores de cobre y caldereros del Norte de la India, nada menos, que aquí en España se les conoce por kalderas, del rumano kaldera, aquellos hombres que ejercían, de pueblo en pueblo, su oficio peculiar arreglando calderas viejas con unas herramientas rudimentarias, precisamente fabricadas por ellos mismos, consistentes en dos fuelles, una lima, unas tenazas, dos pinzas, un martillo, un punzón y un yunque, este para hundir en el suelo.

También la novela picaresca española recoge variopintos personajes del oficio de la calderería; quizá el más conocido de todos, por mágico, es el calderero de El Lazarillo de Tormes. ​

“Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar mas ruines; y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.

Pues, estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar della a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si tenía algo que adobar. “En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco si me remediásedes”, dije paso, que no me oyó; mas como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Spiritu Santo, le dije: “Tío, una llave de este arca he perdido, y temo mi señor me azote. Por vuestra vida, veáis si en esas que traéis hay alguna que le haga, que yo os lo pagaré.” Comenzó a probar el angelico caldedero una y otra de un gran sartal que dellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz; y, abierto, díjele: “Yo no tengo dineros que os dar por la llave, mas tomad de ahí el pago.”

Él tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le pareció, y dándome mi llave se fue muy contento, dejándome más a mí. Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida, y aun, porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se me osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel había llevado.

Últimos caldereros de Rivello

Con origen en la Edad de Hierro, siglo XII a.C., el calderero es la persona que se dedicaba a fabricar calderos y cacharros de metal para después venderlos. Es un oficio registrado mayoritariamente en la Edad Media, cuando en ciudades como Barcelona eran reconocidos como artesanos que podían tener privilegios como mediar en las disputas y esclavos. La Revolución Industrial hizo desaparecer la estructura gremial de la calderería, pero el término se reutilizó. Así, el calderero pasó a ser ambulante por los pueblos, tarea que mayormente ejercitaban los gitanos y también a ser el trabajador especializado en los sistemas mecánicos de las grandes calderas y su mantenimiento en la industria y la metalurgia. Pero este no es el motivo de nuestra crónica.

Hablamos de ese noble oficio en el que el calderero, en su taller de pueblo o en la calle cuando era ambulante e iba de pueblo en pueblo, aldea en aldea, blandía su martillo y sus tenazas, reparando calderas, calderos, sartenes y otros artículos de latón pero que, también, traficaba con chatarra inservible que portaba en sus carros. Una peseta siempre era agradecida.

En el folclore español

Del mismo modo que ocurre con otros muchos oficios, el calderero aparece con frecuencia en el legado tradicional del folclore español, en coplas y cantares diversos; como aquel que anuncia que “El calderero por las esquinas / va pregonando sartenes finas”.

En los recuerdos de niñez, el carrilano recuerda aquellas mañanas de primavera y otoño, porque en verano era mucha la calor y los inviernos fríos de carámbano para andar perdidos por esos caminos de Dios, cuando por las calles sonaba a gloria una sartén. Era el calderero que con la sartén de mango largo hacía música conocida cual pregón para sacar de las casas elementos de cobre como calderos, sartenes y también alambiques de fabricación de recio orujo que tuvieran alguna avería. Con una llave realizaba toques que iban del largo mango a matar el ritmo en el culo de la sartén. Los niños seguíamos a aquellos hombres que hacían música y alegraban las lúgrubes mañanas del pueblo.

A modo de acompañamiento a la explicación, la sartén es uno de los instrumentos que se tocan con mayor profusión en Salamanca, de manera que aparecen, en muchas ocasiones,  sarteneros y sarteneras de renombre, como Mayalde, o con una fama relativa. La variedad en la ejecución es también grande. Por regla general, se utiliza una cuchara para producir los ritmos, siendo quizá el caso más singular el de la comarca de El Rebollar – el ejemplo de El Payo es el más famoso – donde el sonido se produce con un dedal en una mano y una cuchara en la otra, estableciendo una similitud con la manera de tañir el pandero cuadrado en esta comarca.

Recuerdos del carrilano

 

Todavía recuerda el carrilano a Francisco Heredia, conocido como Bavol, -apodo de origen romaní que significa ‘viento de ciudad’-, que latía en el caldero de hierro con un martillo que se deslizaba suavemente, dando cuatro golpes en el borde del caldero con un solo mango soldado a uno de los extremos. Era un ritmo 3×4 que repetía una y otra vez, un tictac como el de los relojes pero de armonías y tonos diferentes. Era fácil acompañarlo al ritmo, pero él era el que lo marcaba. Los ratos de sombra fresca en las calurosas jornadas de La Ribera eran los favorables para que Francisco Bavol golpeara el caldero.

Los caldereros fueron en los orígenes tribus de zíngaros que recorrían los caminos, una profesión ambulante que pasó después a los gitanos. Herreros, caldereros y ‘pega-remiendos’. Es de común conocimiento la afición que los gitanos han demostrado siempre por el hierro y en general, por todos los metales, consiguiendo hacer con ellos verdaderas obras de arte y valor. Lo que es de resaltar es cómo los gitanos apuraban todas las funciones, si uno buscaba los hierros, otro les daba forma y al final del proceso, encontramos la figura de la gitana, vieja o joven, cargada de artísticos jarritos, palanganas, paletas, cucharas, espumaderas y cazos, tenedores y pinzas, fabricadas de cobre y fuertemente pulimentados, que los iba vendiendo casa por casa, o colocándolos simétricamente en el suelo, a la puerta de una plaza de abastos, esperando al comprador de turno.

No debemos olvidar a la figura de los pega-remiendos. Tal vez sea el apelativo que más le cuadre. Se refiere al gitano pobre que, con su primitivo anafe cogido del asa, de donde salen raquíticos y contrahechos los mangos de un par de soldadores de cobre, se pasea por las calles de los pueblos hispanos pregonando a voz en grito: ¡Se arreglan perolas, sarte-nes y jarroooos! Son muchísimos los gitanos que se ganaban la vida por estos medios. Unos, recogiendo remiendos, otros arreglando somiers o paraguas, otros, poniendo lañas en los lebrillos… pero, la mayoría, en menesteres que guardan alguna relación con el metal, el cobre, el hierro o sus derivados.

Sea como fuere aún queda el sonido de las sartenes marcando su ritmo por los calles del pueblo –ahora, Eusebio Mayalde recrea aquellos sones de antaño- que daban felicidad a los más pequeños y, también, cierto temor a las mujeres del lugar. Pero siempre había un utensilio de cobre para arreglar. No eran muchos lo que se exhibían en las alacenas y menos los que se podían comprar, porque su precio era caro. Es el lujo del caldero de cobre que, si antaño colgaba de las llares sujetas del palo el calderín, adorna rincones en las casas de hogaño, ay!

Una sartén sin rabo

me dio mi suegra.

Cada vez que reñimos

la sartén suena.

Sartén, cuchara y dedal para hacer buena música

 

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