¡El hojalatero, se echan culos a la cazuela!

Intentamos una aproximación a un oficio tradicional que durante siglos se ha desarrollado en el mundo rural y ya se perdió irremediablemente con el nacimiento del plástico. En esta undécima entrega de oficios de antaño entramos dentro de los trabajos metálicos como es el caso de los hojalateros.

Hojalatero en aquellos tiempos

En una pequeña introducción diremos que la hojalatería ha sido un oficio de gran arraigo en nuestros pueblos, en un tiempo que no se conocían ni la producción industrial ni el uso de los materiales nuevos como el plástico. Hasta el último cuarto del siglo XX los productos de hojalata cumplían su función sirviendo como envases y recipientes, candiles, moldes de repostería, sartenes, embudos, faroles, tarros, cazuelas, jarros y cantarillos. Los hojalateros, con sus hornillos y estaño, recomponían y sellaban cacillos, palanganas, jarros, o convertían las latas de leche condensada en unos magníficos jarrillos para tomar café o vino incorporándoles una pequeña asa. Hoy quedan ya pocos operarios de este viejo hacer. En esta rama profesional los gitanos han participado muy activamente, siguiendo su vinculación secular del trabajo con metales y su vida nómada.

Un hojalatero

Recuerdo aquellos tiempos de niñez, en el pueblo de nacimiento donde llegaban los hojalateros, que se instalaban en plena calle y siempre rodeados por la curiosidad de los niños y los mayores ya en su senilidad ociosa. Aunque en el pueblo teníamos nuestro propio artesano de la hojalata, Quico El Hojalatero, que vivía allá en la subida al cuartel y al frontón de pelota en lo que se conoce como El Pozo Concejo, de vez en cuando se escuchaba la voz del que llegaba nómada, casi siempre en carros de zíngaros o gitanos que llenaban el aire con los sones asíncronos de los cacharros de metal: herradas, candiles, baños, cazuelas, cacerolas, flaneras…, que lo adornaban por dentro o colgando de los hiniestros, las teleras, las costillas y las garroteras, montando un guirigay que se oía a tres kilómetros de distancia. Y que al entrar en el pueblo echaban su pregón, siempre acompañado del toque de sartén, y cantaban,

¡El hojalatero; se echan culos a la porcelana; se sueldan los casos, y se hacen jarrillos de lata! ¡El hojalatero!

El que recorría las calles de Villarino se llamaba Luciano y era mestizo, gitano y castellano, aunque en el pueblo decían que zíngano y era un tío fenomenal. Cuando del interior de alguna casa le sacaban algún trabajo, Luciano se quitaba la colilla de los labios, ponía el taller en el suelo -una especie de maleta pequeña, que se colgaba mediante una sucia y desgastada correa sobre el hombro, tenía dos puertecillas y dentro unos cajoncillos-. Una vez en el suelo Luciano se ladeaba la gorra, y con un papel encendía el pequeño hornillón, hecho con una lata de las del tomate en conserva de las de cinco kilos y un poco de yeso, levantaba el hornillón hasta la altura de su boca y soplaba, para que se encendiera, casi siempre terminaba tosiendo, pues del tabaco tenía los bronquios hechos polvo.

Allí metía los soldadores y cuando ya estaban calientes, con manos expertas sacaba su barrilito con agua fuerte y su varilla de estaño y se producía el milagro de la licuación que los niños admirábamos sobremanera. Lo mismo echaba el culo a una cacerola de porcelana, con un trozo de hojalata, que arreglaba una palagana, poniéndole un remache, o de una lata de leche condensada ‘La Lechera’ hacía un precioso jarrillo para beber agua los niños.

Oficios de antaño en las calles de nuestros pueblos

Pero el nuestro, el propio, era Quico el Hojalatero, el último hojalatero que tuvimos. Persona siempre añorada en su soledad en las afueras del pueblo. Allí tenía su ennegrecido y anárquico taller donde acudían las mujeres, y hombres, a llevar la loza picada. Recuerdo oír a mi madre Josefa:

-¡Vaya! ¡La cazuela gotea! Tendré que avisar a Quico.

Al día siguiente allí aparecía Quico a recoger la cazuela. Nunca se sabía cuándo estaba de vuelta ya restaurada. Pero estas cosas se le perdonaban a Quico, un hombre alegre y ufano, que no tenía maldad, solo el trajín de algún trago de una jarra que dejaba un pequeño reguero en sus labios que se limpiaba con la mano.

Cuando a un cacharro se le hacía un “abujerillo“, allí estaba Quico tapándolo con estaño. Utilizaba una lima para lijar bien la zona a reparar del cacharro y ácido clorhídrico diluido para limpiar bien los alrededores del agujero. Con un soldador con la cabeza de cobre al rojo vivo calentado en el hornillo, extendía el estaño que llevaba en una barrita hasta taparlo por completo. Si se trataba de un asa desprendida de una olla matancera o el rabo de un cazo, igualmente las volvía a pegar y reparaba.

Antaño se hacían de hojalata todos los cacharros utilizados en las cocinas y en las labores de la casa, los jarros del agua o de la leche, los barreños, incluso platos y cubiertos, zafas, jarrones, moldes para las magdalenas, latas para hacer las tortas, roscos y rosquillos en el horno…

Ahora ya no hay hojalateros ni útiles de hojalata, salvo la loza que se luce como telarañas del pasado en los armarios rústicos de cocina. No vienen por los pueblos los carros con los zíngaros y sus galgos haciendo música asíncrona que anunciaba su llegada, ni tampoco la sartén de asa larga que sonaba como un pentagrama. Ni tampoco nos queda ningún Quico el Hojalatero que nos sane los cacharros de la encaña, ni que nos cante estrofas que el tiempo se ha olvidado de olvidar, y que los rapaces de antaño, cuando íbamos a jugar al frontón de pelota, nos inducía sentimientos contrapuestos que hasta estos tiempos ya lejanos no logramos comprender. Era su canto,

Que bonita está mi parra
Con los racimos colgando,
Más bonita está mi novia,
De catorce a quince años
Y si tiene dieciséis
Por un año no repares

Y llegaban los mozos, los que sí pegaban a la pelota y se jugaban el cántaro vino y la lata de escabeche, los que hablaban con Quico,

-Mirai, hasta unu se jugó la novia.

Seisdedos echó un trago de la lata con aguacuba algo ácido al mismo tiempo extendió el brazo y ofreció tabaco y librillo al hojalatero, que lo cogió al vuelo, agradecido.

-¿Hace un cigarro?
-Esu ni se pregunta y menos a estas horas que el cuerpo se anda entonando.
– Pues hala, dale gusto al cuerpo, Quico.

Josefa, la mujer del hojalatero, asomó la cabeza entre las teleras del ventanuco de la puerta y medio adormilada todavía acertó a a decir:

– No fumes demonio, que tienes los pulmones medio tocaos…Mira lo que te dijo el mé….

No le dio tiempo a acabar la frase. Sin volver la cabeza le espetó:

-Cierra el pico y ponte en tu sitio, que te sacudo un “castañazo” que te apaño.

Vivencias de antaño que se nutren de recuerdos, porque la vida sigue su andar en el pueblo, que se muere con los que van dejando el poso de una historia, viva y linda, de una sociedad especial y única que nunca más volverá. Ya decía Cicerón que “La memoria de los muertos se coloca en la muerte de los vivos”. Los recuerdos son una forma de aferrarnos a las cosas que amamos, las cosas que somos, las cosas que no queremos perder. Nuestro miedo a perder la identidad, que está más que perdida, nos hace aferrarnos a los recuerdos, ay!

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