Día de la Candelaria, el segundo de febrero

Entramos en el mes de febrero, el mocho de los veintiocho, que llega marcado por tres festividades importantes –aunque cada vez se pierden más las tradiciones-, La Candelaria el 2, San Blas el 3 y el 5 Santa Águeda.

FuenteLuis Falcão | @luischiado
Las Candelas en Retortillo

En tiempos pasados, en estas fechas de frío intenso, mitigada en el pueblo con una buena lumbre en la chimenea de las antañonas cocinas, siempre decía mi abuela que «como busca la sombra el perro, llega La Candelaria a principios de febrero». Una festividad ligada a la nueva vida, al tiempo oscuro que se marchaba con el invierno y era el inicio, allá por las laderas del Duero y el Tormes, de comenzar a florecer el almendro.

La celebración de Las Candelas no es más que la rememoración bíblica de la presentación del Niño en el templo y la suelta de palomas que se celebra de muy diversas maneras en cada uno de los municipios de Salamanca y de Castilla y León, aunque todos tienen un denominador común, la canción que da vida a esta festividad que abre el ciclo del año. Los pueblos que viven sus ‘candelas’ son La Alberca, Boada, Candelario, Castellanos de Villiquera, La Fregeneda, La Fuente de San Esteban, Miranda del Castañar, Narros de Matalayegüa, Retortillo, Palacios Rubios y Villamayor de Armuña, entre algún otro, aunque, en tiempos pasados era una celebración común en todos los pueblos.

El mes de febrero comienza con una sucesión de festividades que van de la Virgen de las Candelas a Santa Águeda, y en las que la provincia salmantina ofrece procesiones y bendiciones de roscas, como la de Miranda del Castañar, o en La Alberca con los ‘dijes’ y ‘picas’ para evitar que alguien le eche mal de ojo y el niño pueda bien crecer.

La implantación de La Candelaria o Las Candelas, una de las más antiguas de la Iglesia, puesto que data del año 542, en tiempos del emperador Justiniano, se celebra el 2 de febrero, ya que se cumplen 40 días del nacimiento de Jesús.

Por ello, la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora conmemora la presentación en el templo de María y su hijo Jesús. Según la ley judaica todos los primogénitos debían ser consagrados al culto por mandato divino: «Habló Dios a Moisés y dijo: Conságrame los primogénitos de Israel, tanto de los hombres como de los animales, puesto, que son míos». Después que las labores de culto fueran encomendadas a la tribu de Leví, se legisló la exención de tal tributo a cambio del pago de cinco siclos que pasarían al tesoro del templo. De otro lado, las madres -aunque los padres satisficieran esta cuota-, habían de ir a purificarse, cuarenta días después del parto. Según su estado podían designar a otra persona para que hiciese la ofrenda en su nombre. María, no obstante, prefirió acudir ella misma, encargando a José que comprara un par de palomas a alguno de los mercaderes que tenían sus puestos en las proximidades del recinto sagrado (entre los ricos se solía presentar un cordero de un año, pero los pobres habían de contentarse con un par de tórtolas).

Entre los primeros cristianos fue una fiesta de gran solemnidad, a la que difícilmente se puede encontrar un precedente simbólico entre las celebraciones precristianas. La fuerza del rito ha conservado la costumbre prácticamente intacta hasta nuestros días, en que aún tiene lugar un acto durante la misa del día dos de febrero. Al llegar el Ofertorio varias jóvenes -generalmente dos, que son mayordomas de la Virgen y que ese año cumplen la mayoría de edad-, se acercan al altar llevando dos palomas, una luz y una tarta. El sacerdote recibe las ofrendas, y, tras depositar la tarta en el altar mayor, coloca la luz entre las manos de la Virgen que está en andas, encendiendo con la llama de la candela todas las velas de la Corporación Municipal, situada en las primeras filas. El coro, entre tanto, está interpretando el texto, y, al llegar al pasaje que dice: «Dos tórtolas y una luz», se deja volar a las palomas. La Virgen recorre en andas el espacio existente entre el altar y la puerta de la iglesia, y vuelve tras haber recibido nueve reverencias del sacerdote en el trayecto. Cuando se entona la estrofa «Vuelve Señora a tu trono», la imagen regresa al altar mayor.

La fiesta de las luces

Sin embargo, hay un elemento, las velas, que en este acontecimiento no concuerda con la tradición judía. Santiago de la Vorágine apuntaba en el siglo XIII que la costumbre de encender candelas en esta fecha durante la celebración de la misa responde a un claro deseo de suplantar una práctica pagana, y añade: “Viendo el papa Sergio lo difícil que resultaba apartarlos de semejantes prácticas, tomó la encomiable decisión de dar a la fiesta de las luces un sentido nuevo: consintió que los cristianos tomaran parte en ellas, pero cambiando la intencionalidad que entre los paganos tenían, y dispuso que los cortejos luminosos que los romanos organizaban por aquellos días y habían hecho populares en todas las provincias del Imperio, los fieles lo hicieran el dos de febrero de cada año, más en honor de la Madre de Cristo y en forma de procesiones y llevando en sus manos candelas previamente bendecidas”.

La fiesta de las luces que sintetiza el señalado pontífice se desarrollaba a comienzos de febrero y tenía por protagonistas a las mujeres. Estas trataban de recordar las búsquedas nocturnas, ayudadas con teas y linternas, que hicieron los padres de Proserpina para encontrar a la diosa raptada por Plutón. Otro posible origen de Las Candelas lo ve el propio Santiago de la Vorágine en la costumbre que había por estas fechas, cada cinco años, de inundar la ciudad de Roma de teas y antorchas en la noche en honor de Februna, madre de Marte, para que propiciara la derrota de los enemigos del Imperio. Otros autores, Frazer entre ellos, creen que fue el papa Gelasio, en el 496, quien instituyó la fiesta de la Purificación de la Virgen como única forma de aniquilar por asimilación los festejos romanos de las Lupercalia. Sean unos u otros los comienzos de Las Candelas, lo cierto parece que la fiesta que hoy conocemos responde a una amalgama de elementos judeo-cristianos y de elementos de origen pagano.

¿Pero todo esto sigue celebrándose?

Lo pregunto porque es una bonita tradición pero me da la impresión de que se está perdiendo, a pesar de formar parte de los ritos litúrgicos previstos por la Iglesia para hoy. De hecho, muchos niños y jóvenes ya no asocian la idea de la Virgen de la Candelaria con el nombre oficial de la fiesta de hoy: La Presentación del Señor (es decir, la presentación de Jesús en el Templo, contada en Lc 2). Muchos pueblos salmantinos aún siguen con la tradición, aunque en descenso sustancial.

Es una fiesta antiquísima, como decíamos, que se celebraba ya en los primeros siglos de la Iglesia. En el Misal anterior al Concilio Vaticano II, la fiesta se denominaba la Purificación de nuestra Señora y estaba muy centrada en la Virgen María (de ahí la advocación de Virgen de la Candelaria, relacionada además con una aparición en Tenerife en el siglo XIV), pero actualmente se resalta más en la liturgia la figura de Cristo, presentado en el Templo por ser el cumplimiento y la plenitud de la Antigua Ley (aunque esto no excluya, por supuesto, el papel de la Virgen en la celebración).

En oriente, la fiesta se llama del Hypapante, es decir, del encuentro, recordando el encuentro de la Sagrada Familia con los ancianos Simeón y Ana en el templo. Es una escena verdaderamente conmovedora del pueblo de Israel que esperaba al Mesías y, en parte aún sigue esperándolo.

“Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

    – Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

Aún, en muchas iglesias, se escucha cantar:

Día de la Candelaria,/ El segundo de febrero,/ Salió a misa de parida /María, madre del Verbo.

A ofrecerle viene María/ A su querido Jesús,/ y por ofrenda le lleva/ dos tórtolas y una luz.

Dos tórtolas o palomas/ como pobre le ofrecistes/y por ser madre de Dios/ un cordero no pudistes.

¿Quién es aquel sacerdote/ que está en el altar mayor?/ Es un ministro de Cristo/ para nuestra salvación.

Humíllate, sacerdote,/ también se humilla María/ a ofrecer con humildad/ una candela encendida.

Vuelve Señora a tu trono/ donde estuvistes primero,/ mira que es mucho subir ./ desde el altar a los cielos.

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