La campana del sacristán lo mismo da tocar bien que mal

En esta cuarta entrega de oficios de antaño en nuestros pueblos y nuestras gentes, que se pierden con los nuevos tiempos, y que NOTICIASCYL intenta recordar, traemos a los sacristanes, como las vivencias recordadas de Quico 'Bodoquino' en Villarino de los Aires

Un sacristán de antaño

Desde tiempos antiguos se dice del sacristán como aquel intendente al cual se le confiere el cuidado de la sacristía, la iglesia y su contenido. Sin ir más lejos, el Diccionario de la RAE define al sacristán como la persona encargada para el cuidado de la sacristía, las vestimentas, objetos sagrados de la liturgia y todo lo necesario para las funciones litúrgicas y, así, diferenciarlo del campanero. El encargado de sacristía, es un cristiano que, en virtud de su Bautismo, presta un servicio a su comunidad cristiana, encargándose del mantenimiento y aumento de las cosas sagradas que se usan para el culto de Dios, y de la conservación material de la capilla o iglesia.

Aquellos personajes de sotana generalmente lamparosa y roquete de puntillas, capaces de sermonear en susurros tres paternosters por minuto, mitad fray Papilla, mitad fray Talán, se han convertido, en la etapa posconciliar, en especialistas litúrgicos. El mester de sacristía se ha diversificado en otro sentido distrito al tradicional: ya no hay novenas y triduos, los bautizos son colectivos y sin boato, en las bodas apenas se interpreta en nuestros días la marcha nupcial, los responsos se han simplificado, las campanas han enmudecido y, por no quedar, no queda ni un Quasimodo que haga de campanero.

Un sacristán de antaño

En tiempos remotos, los decretos del papa Gregorio IX, ‘De officiosacristae’, hablan del sacristán como si éste tuviera un oficio honroso unido a cierto beneficio, y menciona que este deber era cuidar de los vasos sagrados, las vestimentas, las luces, etc. Aunque, más adelante en el tiempo, el Concilio de Trento deseaba que, de acuerdo con los viejos cánones, los clérigos debían ocupar dichos oficios. Pero no es menos cierto que en la mayoría de las iglesias, sobre todo en los pueblos, tomando en consideración la dificultad de encontrar clérigos suficientes para estos menesteres, hombres laicos realizan las tareas del sacristán.

Ya en nuestros pueblos y en esos días de antaño, el oficio de sacristán lo ejercía, en la mayoría de las ocasiones, una familia del pueblo. Este trabajo por entonces se transmitía de generación en generación, como la mayoría de las ocupaciones. Las tareas propias del sacristán eran realizar los corresponidentes toques de campana diariamente, señalar el hoyo para los difuntos, ayudar al cura en las misas y oficios, limpiar la iglesia cada cierto tiempo -en lo que también ayudaban las ‘beatas’ del pueblo-, así como encender cirios y velas y tocar el armonio.

Sin entrar de lleno en la función de campanero – otro oficio que ya fue tratado en el capítulo anterior-, debemos enumerar aquellos toques de campana dependiendo de las horas, el día del año y los motivos.

Respecto a las horas:

– Tocar al alba: se realizaba el toque de campanas todas las mañanas con el fin de que los vecinos comenzaran sus tareas, con unos 10 ó 15 toques.

– Tocar a mediodía: Se realizaba como al alba todos los días del año con la finalidad de que los vecinos supieran que era la una del mediodía.

– Tocar a oraciones: Se realizaba este toque al final del día, con toques igual que al mediodía.

Respecto a los oficios:

– Tocar a misa: Se tocaba todos los días del año para que los fieles se dirigieran a la iglesia. Se daban 15 ó 20 toques de campana en tres ocasiones, dejando un espacio de quince minutos entre cada señal. El primer toque servía para que los vecinos se ataviaran para asistir a la eucaristía. El segundo toque era para comenzar a dirigirse al templo, y el último tras el cual comenzaba la misa.

– Tocar al rosario: Se tocaba todos los domingos y días festivos, en muchos lugares también todas las tardes del mes de mayo, al que se conocía como ‘el mes de las flores dedicado a María’. El modo de toque era alrededor de 5 a 10 toques de campana a media tarde.

Respecto a los días del año:

– Tocar a vísperas: Un toque que se realizaba el día anterior de las fiestas, siempre realizado por la tarde.

– Tocar a fiesta: Se realizaba los días señalados como festivos. El modo del toque era repicando -voleando- las campanas varias veces.

Otros motivos de toque:

– Tocar a muerto: Se tocaba cada vez que había un difunto con la finalidad de que la gente se enterara. La manera en que se tocaba en esta ocasión era con toques lentos y bastante largos -también se conoce como tocar a agonía-. Además, en época de difuntos, también se tocaba para señalar que entramos en periodo de recuerdo de los muertos.

El sacristán por efectuar su faena cobraba, dependiendo en cada pueblo, bien en especie por cada oficio de una familia, bien en dinero que le entregaba la parroquia o el Concejo. También es momento de decir que la labor de sacristán ha desaparecido de los pueblos hace bastantes años, según iban muriendo los últimos sacristanes.

Un recuerdo para un sacristán especial, Quico ‘Bodoquino’

Quico, que vivía en la calle Cumbre de Villarino de los Aires, era soltero, el sacristán y músico ocasional de noches de fiesta, ronda y verbena en mi pueblo con el trío formado por Fernando ‘Brugo’ y el Panadero. Eran canciones de aquellos tiempos y aquellos días con acordeón a cargo de Quico, bateria de Bruguín y un saxofón del Panadero. Canciones como ‘La chevecha’, ‘La conga’, ‘El alacrán’, y cómo no, ‘Cuando salí de Cuba’, siendo lo más moderno algo así como ‘Si yo tuviera una escoba’… y cómo no, el himno local ‘La Campanera’ para marcarse un pasodoble, y ‘Asturias patria querida’ y ‘El burro de Silguero’ cuando llegaba el cachondeo.

Quico, como su nombre casi sugiere, era breve, enjuto y tranquilo. Tenía mote, como antaño todos en el pueblo teníamos mote, que no es raro -porque lo de sacristán no era un apodo, sino su oficio más importante-. Le llamaban ‘Bodoquino’, mote que llevaba con total resignación y alegría. Y se hacía respetar. Que nos lo pregunten, si no, a las muchas promociones de monaguillos que pasamos por sus manos, porque atizaba capones con la facilidad y destreza propia de quien lleva mucho tiempo en esta actividad. Los capones de Quico eran bastante llevaderos, no así los que daban el cura ‘Patachica’ o el cura ‘Miguelín’, esos sí que dolían. Unos y otros solían suceder en los preparativos de algun oficio.

Pero también estaban esos momentos de miedo cuando se sucedían las correrías por el interior de la torre, saltando estrechos peldaños, algunos descompuestos y peligrosos vanos de ventanucos sin barandilla. De los muros de granito de la torre y la madera colgaban tres campanas, la gorda, la chica y el reló. Pero cuando había que tocar a misa pequeña, Quico delegaba en cualquier monaguillo, porque no había que subir a la torre, sino que era suficiente tirar acompasadamente las veces necesarias de la cuerda que atada al badajo daba los toques de campana.

Pero todo era distinto cuando llegaba la fiesta o la procesión. Ahí sí que se lucía Quico, con un repiqueto floreado y artístico. La verdad es que nadie tocaba como Quico. Subía al campanario, se abría de piernas, cogía las tres cuerdas de las campanas y con las dos manos marcaba un ritmo musical, rápido y de combinaciónn de sonidos. Todo era un alarde de musicalidad y arducia y todo terminaba con un solo sonido de campana aislado y seco… y, así, se iban luego dando las diferentes señales.

Aún recuerdo que esa parte alta de la torre siempre estaba llena de suciedad, despojos de nidos de guirris, tordos y vencejos… Las cigüeñas quisieron vivir, pero nunca lo consiguieron.

El vierjo armonio./ Foto Archivo

Pero Quico ‘El Bodoquino’, como otros muchos sacristanes, también era la música y la voz en la iglesia. Bien semientonaba los responsos a dúo con el cura, que era todo una conjunción musical a dúo. No había lugar para las equivocaciones. Aún recuerdo, aprentando con sutileza las teclas del armonio y pisando con la dulzura del ritmo el pedal esa estrofa salmodiosa ‘¡Kirieleisón-kristeleisón-kirieleisón…!’. Como también el ‘Paster Noster’… es que, la verdad, el armonio sonaba a gloria entre los muros de una iglesia de pueblo, rica en ornamentos, aguda en voces masculinas y de bisbiseo femenino. Un valioso armonio a dos pedales con libro en el atril de notas musicales escritas con perfección de copista más grandes que las teclas. Siempre en latín sus textos y de color rojo y negro.

Una iglesia que Quico abría y cerraba, cuidaba y mantenía iluminada con los cirios, velas y mariposas de aceite que lucían en los altares. Correspondiendo a las beatas del pueblo la limpieza, colocar las flores y lavar ropas y útiles. Y que, ahora, ni tiene velas, ni cirios, ni mariposas en aceite, ni altares ni vírgenes ni santos. Como tampoco sacristán.

Por eso ya es historia. Tiempo ido que tan sólo queda como un remanso de melancolía en el lado oscuro de los recuerdos, ay!

Un sacristán de los pocos que quedan, realizando su tarbajo en la sacristía. / Foto Obispado de Málaga

No hay comentarios