‘Enero, buen mes para el carbonero’

Cuando las grullas veas pasar del mar a la peña, coge el carro y trae leña

FuenteLuis Falcão | @luischiado
Gentes de antaño. La vida de los carboneros, una historia que no volverá

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define al carbonero como la persona que fabrica, vende o distribuye carbón. En esta segunda entrega de ritos, costumbres y oficios de antaño en nuestros pueblos y nuestras gentes -que se pierden con los nuevos tiempos- y que NOTICIASCYL  intenta recordar, traemos a los carboneros. Esas personas que hacían un poco más llevadero el invierno en esos pueblos de dios.

Antes de la difusión de la energía eléctrica, el carbón era una de las materias más populares para la generación de calor. El carbón tenía numerosos usos: se utilizaba en el interior de las planchas tanto en casas particulares como en establecimientos de sastrería, en las fraguas para trabajar el metal, servía para las estufas y hornos de los domicilios e incluso como combustible en los coches de gasógeno. Y, cómo no, también el cisco que se vendía en los pueblos salmantinos para los braseros y que llegaba, si en un principio en carros o caballerías, luego en los camiones que parecían pintados por el hollín.

Un carbonero transporta cisco a la espalda. Foto de 1932

Quién no recuerda a esos hombres con un saco en forma de v a la cabeza sobre el que soportaban los sacos de cisco. Esos hombres que vestían de negro porque negro era el color que producía su trabajo. Verlos por las calles de los pueblos con uno, dos y hasta tres sacos a la espalda era la señal de que el invierno había llegado. Y los carboneros eran evidentes de la temporada fría como el carámbano, la niebla y la nieve.

Pero también, siguiendo al título, «cuando las grullas veas pasar de la peña al mar, vete a arar», porque llega el buen tiempo. Pero vayamos al término carbonero, que puede referirse a la persona que fabrica carbón en una carbonera a partir de leña, o también, como en mi pueblo, aquellos que vendían cisco, más que carbón en los pueblos. La carbonera se formaba de modo artesanal colocando los propios troncos de leña en forma de cono y cubriéndolos de una capa de tierra de unos 20 cms de grosor. En la parte superior del horno se practicaba una chimenea y se hacían respiraderos en la base para avivar el fuego. Se introducían brasas por la chimenea y se alimentaba con tacos de madera regularmente. Al cabo de unos 20 ó 30 días los troncos de madera se habían reducido a carbón. Para todos aquellos que deseen ver todavía alguna carbonera funcionando, aunque las menos, en Ledesma, en la carretera a Trabanca, aún existen resquicios, aunque ya no humean.

Un carbonero en plena faena en los años 30 del siglo XX./ Fotos Real Asociación Española de Cronistas Oficiales

La dura vida del carbonero

El carbonero desarrollaba un trabajo muy duro bajo situaciones meteorológicas de todo tipo. Durante la elaboración del carbón no había tiempo para el descanso ni el sueño. Tanto de día como de noche el carbonero debía controlar varias hoyas que se encontraban en diferentes fases del proceso, lo que exigía una vigilancia continua.

El aspecto del carbonero era casi fantasmagórico, con la cara oscurecida por el carbón y las ropas rasgadas por la maleza, pero tal vez por eso, contaba con la simpatía de los niños que jugaban a adivinar el nombre del carbonero que volvía al pueblo después del trabajo. O esos otros que, saco al hombro, repartían carbón o cisco por las casas de los pueblos para hacer el brasero en las frías noches salmantinas.

Recuerdo en mis primeros años de Periodismo cuando pasé una jornada con unos carboneros a medio camino entre mi pueblo y la capital. Su comida no tenía variación, pero sabía a ‘gloria bendita’ y a campo, como cuando acompañaba a mi padre al Royo la Oliva -en las laderas del Teso San Cristóbal, a arrancar grama de la viña-. Por la mañana comían tocino frito; al mediodía, alubias con tocino cocido y; por la noche, patatas cocidas con tocino frito, siempre acompañado de pan y agua. En ocasiones se sustituía el tocino por cecina (carne de oveja o cabra en salmuera) y un ‘aguacuba’ -el agua procedente del lavado de las cubas- que con los años producían estragos en los hígados.

Choza de carbonero para prevenirse de la lluvia y el frío mientras ardía la carbonera

También recuerdo, en mis años de niñez, cuando el padre salía bien de mañana a quemar las vides, ramas pequeñas y arbustos duros para hacer cisco. Se prendía una hoguera hasta conseguir brasas para, después, echarle tierra, si no había agua cerca, y de esa forma hacer cisco -carbón vegetal- que luego servía para los braseros y permitía ahorrar unas pesetas en la estrechez económica familiar de la época.

Por término general su lugar de trabajo era el monte, o la cercanía de la dehesa donde abundaban las encinas. Allí sufrían las más diversas inclemencias meteorológicas. Pero lo que más me llamaba la atención, en el recuerdo de casi cuarenta años en la distancia, era su gran observación de la naturaleza, tanto de las aves, como del viento -del que dependía mucho su trabajo-, las nubes y de todo aquello que pudiera ofrecerles alguna información sobre el tiempo que les acechaba. Del libro de los refranes del agustino César Morán entresacamos algunos de ellos que hablan de la sabiduría popular y del conocimiento del carbonero.

«Cuando las grullas veas pasar del mar a la peña, coge el carro y trae leña», que no era más que pronóstico del mal tiempo. El viento del Norte, Cierzo, era muy apreciado por el carbonero en los meses de Abril a Septiembre. El viento Sur era el más temido. El viento del Noroeste, Gallego o Regañón, predecía lluvia. El viento del Nordeste, Solano, no tenía simpatías: «Malo en invierno y peor en verano». (Más refranes al final del reportaje).

Recuerdos de antaño

La película ‘Tasio’, de Montxo Armendariz, salvando las distancias geográficas y sociales entre Salamanca y Navarra, asombró a muchos por el trabajo de los carboneros, un oficio ancestral y duro del que vivían familias enteras cuando la mecanización todavía no había llegado al campo. Aquella película se estrenó en 1984, hace ya 35 años. Ya entonces se decía que los carboneros eran una ‘especie’ más en extinción, como otras muchas que han ido desapareciendo con el paso del tiempo. Sin embargo, en tierras salmantinas todavía queda un puñado de hombres que se aferra a la producción de carbón vegetal de forma artesana, tal como lo han venido haciendo desde hace varias generaciones. Pero más jóvenes ya no hay ninguno. No quieren saber nada. Es un oficio muy costoso, ‘manchoso’ y duro.

Sea como fuere, aún hoy, cuando voy a mi pueblo, al salir de Ledesma y contemplar las ya extintas carboneras, parece que se hubiera detenido el tiempo en mi memoria. Un viejo oficio, convertido casi en atractivo turístico, sirve hoy para rememorar las épocas en que el carbón era un importante medio de vida y de confort familiar.

Carboneros de antaño a mediados de siglo

Regreso a los recuerdos de niñez, allá por la década de los 60/70 con la primera televisión en blanco y negro para ver ‘Galas del sábado’ -con Marisa Medina y Joaquín Prat– con Josefina la modista enamorada del primerizo Raphael, que no había sábado que no fuera a la casa familiar a disfrutar de esos programas que llenaban las noches frías y largas de invierno. Ver la televisión con esa luz de bombilla de 120w y la jarra de agua o de ‘aguacuba’ sobre la mesa camilla, era la máxima felicidad de antaño. A ellos se sumaba el calorcito que subía del brasero y a las mujeres, decían, le producía ‘cabrillas’, una especie de manchas en las piernas con forma de venas producidas por una fuente de calor especialmente un brasero y que se marchan en unos días -menos mal que hay tiempo para que desaparezcan. Si por lo menos dieran leche… se lamentaba la tía Margarita la Bosque-, convirtiendo a las piernas en una especie de mapas de carreteras que no llevan a ningún sitio. Al estar expuestas las piernas al brasero de cisco, una acumulación de la circulación se ve afectada y por ello la sangre se acumula en algunas partes, por lo que se ven manchas rojas que tanto pudor originaba en la época su lucimiento, tapado con medias y enaguas. Pero era el calorcito del brasero el máximo confort en años de escasez sentados en la mesa camilla.

Y, cómo no, cuando las abuelas, después de lavar la loza y entre la radionovela o las canciones dedicadas de Radio Zamora -porque ahí es donde se dedicaban, de amores escondidos, de enfermedades, de hijos en la distancia, de niños que nacen, de amigos que cumplen años… cualquier motivo era bueno para dedicar una canción- y las primeras puntadas a un calcetín roto con una bombilla dentro, y al calor del braserito que se encendía por la mañana y duraba todo el día -reponiendo cisco- se tomaban aquellas copitas de anís La Castellana o El Mono que, cuando llegaban los abuelos, era el decir -chacha, que me duele la cabeza. -Bueno, una copita más no hace daño. Y el abuelo sonreía picarón antes de encerrar el macho y guardar los aperos. La vida misma de La Ribera en tierras de frontera del Duero en el Reino de León. Cosas de antaño, ya que poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces, cachis!

 

REFRANES DE CARBONEROS

  – «Cuando las grullas veas pasar de la peña al mar, vete a arar». Al contrario, predecían el buen tiempo.

    – «Cielo empedrado en veinticuatro horas el suelo mojado».

    – «Helada cubierta, nevada a la puerta».

De carbonero mudarás, pero de ladrón no saldrás.

Al carbonero, no le pidas que lleve la cara limpia.

    – Mendigo y carbonero oficio de pocos dineros.

Ni moza de mesonero, ni saco de carbonero hay sin agujero.

    – El viento del Norte, Cierzo, era muy apreciado por el carbonero en los meses de Abril a Septiembre.

    – El viento Sur era el más temido.

    – El viento del Noroeste, Gallego o Regañón, predecía lluvia.

    – El viento del Nordeste, Solano, no tenía simpatías: «Malo en invierno y peor en verano».

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