Miedo a la palabra

DE CALLE / María Dolores Otero

Entre los muchos dones recibidos, yo creo que de Dios, el género humano disfruta de algo tan necesario como la voz, dando lugar a la palabra que nos identifica. Un instrumento único e inimitable que nos permite relacionarnos, no con gruñidos como los animales, sino con algo tan importante como ella. Dar cobijo a los sentimientos. Así se puede dar cauce al aprecio y afecto incluido el amor, como el odio y resentimiento.

Puede ser embellecida por el canto, la declamación la oratoria o ser usada como provocación, castigo o violencia extrema, e incluso como grosera expresión. El miedo a la palabra viene dado a sí mismo pues que puede intervenir en favor de la verdad o la razón, esclareciendo lo oculto, o que no conviene a quien la escucha.

Y es en este mi vivir cotidiano en León, que apenas oímos otras palabras que las que nos vienen de radio o televisión y casi siempre de periodistas que, dentro de mi aprecio y cariño a la profesión, aparte de tener dos nietos, ella y él, que son periodistas de los buenos, yo, sin serlo, debo no saber lo que es el aburrimiento ni el ocio perdido gracias a la escritura que a veces me absorbe. Aunque siendo mujer y ama de casa, las labores casi continuas del hogar y la familia roban un tiempo que es de envidiar a “los varones de antes”, que no guisaban y se dedicaban a escribir todo el tiempo, sacando adelante libros como churros. Esto entendido, no como ofensa, sino por la rapidez con escritos y libros diversos.

Me contaba el escritor leonés Antonio Pereira, al que he de publicar afecto y recuerdo como sin duda todos los leoneses, pues me explicaba que se ponía a escribir tranquilo y decía a su mujer: “¡llámame a la hora de comer!”. A mi no me llama ni el gato. Claro, que todavía no aprendió a hablar, aunque ya dice ‘fú’, más que algunos parlamentarios.

Pues digo que los/as periodistas, casi todos ya escritores y analistas políticos, salen cada día a la cajita televisiva, supongo que bien pagados por las cadenas correspondientes, para darnos su opinión sobre todas las cosas habidas y por haber. Como si de verdad, aún reconociendo su ciencia infusa, nos importara mucho su opinión, lejos de la información que estos debates o mesas redondas tienen en su conjunto; por supuesto como dejan reconocer por sus actuaciones, ya sabemos de qué pie coja cada uno arrimando el ascua a su sardina.

Pero como en esta sociedad ya acostumbrada al continuado acoso publicista y a la diatriba de políticos atentos mas a sus votos y ‘sentajos’ que a las necesidades reales del pueblo que los aupó hasta ellos, pues no es posible el asombro. La verdad de su palabra está cuestionada de principio pues sabemos que su verdad depende de cómo les de el aire.

Sí, la palabra. Bien dicha, con sentido de responsabilidad y ganas de dar al discurso esa sensación de orden en el caos actual, donde aúna realidad y no una utopía, sin embustes ni verdades trucadas, de justicia inequívoca, donde el respeto sea inexcusable y la compresión necesaria. Esa palabra conquista voluntades, creando con su aportación renovadas ilusiones, como si una luz en la niebla que envuelve hoy el mapa español marcara un nuevo camino.

En este León, donde se canta en su himno solemne “sin León no hubiera España”, vamos a procurar que en España se siga cantando León.

Lo cierto es que solo la palabra, en una campaña recia y compleja, con una ley absurda que exige más votos para ganar un escaño a los que empiezan que a los ya instalados; solo una voz, fluida y bien armada de recursos y oratoria, hizo posible el convencimiento de la gente andaluza, tan necesitada de ayuda después de atravesar desde antaño el desierto del puño. Una voz, que alertó a los dormidos en la complacencia de la desdicha y a los pensadores en el deseo de engrandecer otra vez una tierra tan querida por España como es Andalucía.

Y fue precisamente VOX. Una VOZ unida allí a la esperanza.

Muchos hoy tienen miedo a la voz y a la palabra.

Desde León, un… ¡Viva Andalucía! con el mayor deseo de una España viva para todos en esta Navidad, signo de redención y bendiciones.

A los gritos extemporáneos y broncos que enrarecen el aire de nuestras calles españolas, los belenistas leoneses, cantamos un villancico con sones de gloria.

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