Historia de la literatura leonesa

DE CALLE / María Dolores Otero

Erase una vez, allá por el año 1984, un catedrático leonés, Francisco Martínez García, doctor en Filología Hispánica y profesor de Literatura y crítica literaria en la Universidad de León. Pasó buena parte de su vida recopilando datos, libros, periódicos y revistas, asistiendo a recitales y encuentros literarios y demás elementos necesarios para poner en marcha esta ‘Historia de la Literatura Leonesa’, que bienvenida sea como necesaria para dar a conocer numerosas ‘señas de identidad’ con que en Lengua y Literatura, León ha destacado con movimientos importantes, que sin embargo no llegaron a madurar del todo.

En el libro en cuestión, se ha seguido para el campo de estudio a escritores leoneses que escriben en León; leoneses que escriben fuera de León y escritores que, sin ser leoneses, también escriben en León. O sea, prima el ser de León o escribir en León en lengua castellana; que dicho sea de paso, como dice Alarcos: “Castilla no impuso a León y Aragón su propio idioma, que fueron estos reinos los que adoptaron lo castellano por pura posibilidad de comunicación”.

En definitiva, a mi entender es un libro de consulta, de investigación contrastada y de conocimiento del movimiento literario, no del viejo Reino sino del entorno provinciano y del León mismo, tal como está concebido y regulado por la ordenación de España puesta en vigor en 1833. Creo, como se ha dicho y explicitado en numerosas ocasiones, que la Literatura no existe, lo que existe son los textos literarios.

Por eso es que en el libro se da preferencia a los autores con publicaciones acaecidas desde la Edad Media, recorriendo luego los siglos XVI, XVII, XVIII y así hasta los años 1940 y 1980 en que aparecen como poetas independientes, lejos de cuadernos y revistas de posguerra como ‘Espadaña’ (González de Lama, Cremer y Nora), altano, claraboya, yeldo, barro, alcanze, etcétera.

Como titulados poetas independientes en la ciudad figuran: César Aller, Gamoneda, Chiverto, Eduardo Martínez, María Dolores Otero y F. Pérez Herrero. A estos siguen narradores, ensayistas, prosistas e incluso grupos teatrales.

Editado por EVEREST, un libro de 1148 páginas digno de estar en cualquier biblioteca de estas tierras, está tras su primera edición en 1982 agotado, o más bien desaparecido, pues que pronto dejó de encontrarse en librerías, y solo en el Corte Inglés me hicieron con un libro y otro que me tocó en una rifa mariana, donde uno de los premios era en efecto el libro de Francisco Martínez.

No sé cómo es posible que no este en la calle una segunda edición… ¡La muerte del autor pudo enterrar también el libro! No es explicable, aunque alguna controversia haya provocado. No dejó contentos a algunos. Valga como anécdota, que yo figuro en el libro en cuestión, según el autor, “como un caso curioso de nuestro ámbito provincial, por ser ella de las poquísimas mujeres que se entregan en estos tiempos al menester poético”. Hasta en cinco páginas analiza mi poesía, temática, etcétera.

Pues se dio el caso, “aún más curioso”, de que Jesús Torbado se extrañó de forma poco elocuente de mi incorporación a ese libro tan prolijo en sus observaciones, y quién era yo (desconocida para él) para ocupar cinco paginas. No se escandalizaron las feministas, que no dijeron ni ‘miau’, pero sí hubo un par de caballeros, como el doctor Fernández Arienza y el procurador Avilés A. Dorrego, que salieron en mi defensa, lo que me hizo algo famosa. Se lo agradecí.

Algunos que no estaban en el libro, o que no estaban como ellos quisieran estar, se hicieron un folleto con fotografía a toda plana y color. No entiendo el motivo. El caso es que el libro, con su trabajo de años, con su dedicación sin reserva, con su ilusionada aparición y su importante contenido… no sé si existe.

“Y es que la letra ya escrita

puede ser gota de hiel

para el no favorecido.

Procura entonces que aquel

no te haga llorar el alma,

y solo arañe tu piel”.

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