Reflexión en plena sofocación

FuenteEnrique de Santiago

En plena canícula, con la desnudez de la carne, la parálisis neuronal y el relax propio del verano, la farfulla política continúa su proceloso e insolvente caminar en una gran mentira que sólo sirve para el lucro de sus protagonistas, de lo que, o no nos preocupamos por simple desidia y negligente modo de vivir, o nos sentimos desafectos por un sentimiento constante de ser traicionados.

Cierto es que el verano, ya en sus últimos coletazos del mes de agosto, nos adormece los sentidos, el sentido e incluso la visión de la realidad; pero, aquellos que consideramos que la política debiera de ser la gestión honrada y honrosa de los intereses comunes de los ciudadanos, y que se está convirtiendo en, por una parte, la deshonra de quien a ello se dedica y, demasiadas veces, en el único medio de vida conocido de los que en ella nadan, también tenemos la obligación, si no queremos ser cómplices del latrocinio, de actuar.

–  Pero, yo “perrito sin alma” y simple mortal, ¿cómo puedo actuar?, ¿qué puedo hacer?

–   Pues buscar lo que mejor acoja tus ideales y trabajar en ello.

–   Eso ya lo hice, milité en este o aquel partido y ya me traicionaron.

–   Busca.

–   ¿Dónde?

–   Algo nuevo.

–   Son todos iguales, ya no creo en ninguno, ya acabé harto y cansado de la mierda de la política y ahora vivo más a gusto y tranquilo.

Esa desafección de la política sirve en una doble dirección. La primera, para que la carcunda se mantenga en la gestión pública, sin cambios, con el mismo modo de hacer y actuar y, la segunda, para que algo nuevo no pueda surgir y, al final, ambas consecuencias, confluyan en una: nada cambie.

Mi experiencia personal es que me traicionó el PP, prometiendo y prometiendo para luego no hacer nada. Me sentí defraudado con VOX que, primero se echó en brazos de la derecha “lepeniena” de Europa, después acogió a la extrema derecha nacional, a la camorra y la pseudo delincuencia, para, finalmente, considerar que la justicia tiene que sustituir a la política, con una visión de dudosa profesionalidad de la Justicia y dañina para la política, o que la gestión de un partido es cuartelera, o cuartelaria, más que de diálogo, trabajo, consenso, asunción de las diferencias y crecimiento en la conversación sincera entre los que buscan un fin común; en definitiva, se quedó en el “extrema” de la política, con gran gusto y placer por ello.

Con esto, la verdad es que el cuerpo se te queda con pocas ganas de política, sin contemplar nada en el horizonte y, como dice una amiga mía, muy bruta, “sin el chichi pa farolillos”, adoptas la postura del pasota y, en definitiva, del encubridor o cómplice del desastre al que la inconsistencia, la falta de valentía, la incapacidad y la falta de un objetivo común presentado a los ciudadanos, lo que los pijos llaman una hoja de ruta para la patria, vamos a irnos por el sumidero.

Lo siento, pero mi forma de ser es la de no aceptar que recibí una España fuerte, sólida, importante y que les voy a dejar a mis hijos en herencia una ruina de país del que huirán sin rumbo cierto y conocido para no saber si podrán desarrollar su proyecto de vida con un mínimo de garantía. No creo que ni las personas de derechas ni izquierdas quieran dejar esa ruina a sus hijos; pero, si no hacemos nada y demostramos que se pueden hacer las cosas de otro modo, de forma honrada, seria y rigurosa, con partidos nuevos que permitan, no mañana ni pasado, sino con un poco de tiempo, demostrar que la política puede volver a ser un honor, que se puede servir y no servirse de los demás y que España ha sido y puede volver a ser un país grande, serio y con fuerza en el mundo al que nos enfrentamos.

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