Dignidad y miedo

Jung, el discípulo de Freud, comparaba a la mente humana con un edificio de 20 pisos, en el cual la razón sólo ocupaba los dos últimos. Quizás sólo se refería a Occidente, pues en muchos lugares esos pisos parece que están vacíos, a juzgar por las actuaciones salvajes a las que asistimos últimamente en favor de tal o cual idea. Vivimos una crisis existencial que empezó hace años negando la idea de España y su humanismo cristiano, base de los derechos humanos y de la democracia liberal, como pilares fundamentales de la civilización occidental.

Cuando en un país la verdadera educación no es prioridad ni ha pasado de ser una moneda de cambio electoral, la sociedad deja de ser educada, deja de ser respetuosa y pierde la honradez. Al convertirse la educación en mercancía deja de ser honesta, veraz y pierde su grado moral. Con lo que la sociedad se vuelve amoral. Educar es más difícil que enseñar, porque para enseñar se precisa saber, pero para educar se precisar ser. La falta de educación a su vez nos lleva a la ignorancia y ésta al miedo que es la negación del ser.

El miedo es el origen de muchas debilidades entre ellas de perder la dignidad. Por el miedo nos ponemos a la defensiva y nos escondemos tras una imagen prefabricada, a veces arrogante y orgullosa. Normalmente, las personas que parecen muy fuertes por su arrogancia, su soberbia y orgullo esconden sus temores bajo esas pantallas. Una persona que no tiene miedo, no tiene que demostrar nada y es muy  humilde, no genera conflictos o violencia. Es una persona cordial y amiga de los demás porque se conoce a sí mismo y sabe que nadie le puede quitar lo más importante, su propia autoestima, dignidad, felicidad y capacidad de amar. Cuando controlamos nuestra mente, fortalecemos nuestro intelecto y aprendemos a no tener miedo, fortalecemos nuestra dignidad pues no tenemos que justificar, defender ni demostrar nada. El sol no tiene que demostrar que es luminoso. El sol existe y sigue brillando.

La conciencia es una energía que tiene un gran poder. Sin embargo, no puedes tocarla físicamente, aunque influye en lo físico. Si tenemos conciencia de tener miedo, la respiración cambia y si tenemos conciencia de estar relajados o felices, nuestra respiración mejora. Ese poder de la conciencia sobre el cuerpo, que surge de nuestro ser consciente, hay que aprovecharlo para dar y compartir, y para a su vez llenarnos desde fuera y hacernos todavía más fuertes con la proyección positiva de los demás hacia nosotros. Cuando nos sentimos dignos y estables, no sólo no tenemos miedo sino que transmitimos paz a nuestro alrededor y ayudamos a eliminar los miedos de los demás sin necesidad de imponer ninguna idea. Una gran persona dignifica a las personas que tratan con ella, sabe describir las ideas sin dibujar con las manos en el aire. A un indigno no se le puede tratar porque se acaba perdiendo la dignidad. La acción o la mímica cuando no es la continuación espontánea del razonamiento, es el recurso del que no sabe expresarse mediante palabras.

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