Cruces y penitencia preceden a Jesús Yacente

Más de un millar de Hermanos de la Penitente Hermandad de Jesús Yacente recorren las calles de la capital bajo un austero silencio

Jesús Yacente, portado por los hermanos penitentes. Fotos: Enrique Conde

La medianoche estaba cerca y la Penitente Hermandad de Jesús Yacente iniciaba su recorrido. Un recorrido especial, setenta y cinco años de una larga vida. A oscuras, a la única luz de las teas, avanzan, silenciosos, un millar de hermanos, ataviados con hábito y largo caperuz de estameña blanca, con faja morada y ribetes de cordón de igual color. Un absoluto y estremecedor silencio empapa las calles de la capital, no se escucha nada, tan solo las campanillas de viático y los pasos de los Hermanos irrumpen en las calles.

Zamora se estremece, se sobrecoge con el paso de las tres grandes cruces de madera que arrastran dos mayordomos y un penitente. Tres cruces inmensas como el dolor de Cristo, penitencia y perdón. Ante la perpleja mirada emocionada de los zamoranos, la imagen del Cristo Yacente se eleva en el aire, sin vida, tan solo sobre unas parihuelas con cuatro hachones y una sabana blanca. Así, inerte, recorre las calles más arduas e históricas de la ciudad.

Con medio recorrido a sus espaldas llegaba el momento mágico, el epicentro de la procesión de la Penitente Hermandad de Jesús Yacente. Un momento de los más esperados, impresionantes, sobrecogedores y emocionantes de la Semana Santa de Zamora. Un canto que rompe la madrugada de la ciudad. Los Hermanos del Coro de la Cofradía de Jesús Yacente entonaban el Miserere, llegaba el momento de la noche más importante de la Pasión. ‘Miserere mei Deus, secundum magnam, misericordia tuam…’. Miles de almas se agolpaban en la Plaza Viriato para disfrutar y emocionarse con estas voces.

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