Elegante devoción en negro y verde para acompañar a la Esperanza

Más de dos mil damas arropan la imagen que abandona Cabañales e ingresa en la Catedral

La Virgen de la Esperanza abandona esta mañana el Convento de las Dominicas Dueñas, donde ha permanecido desde que el pasado Martes Santo el Nazareno de San Frontis la acompañara en su regreso desde la zona alta de la ciudad. Más de dos mil damas ataviadas con abrigo negro, peineta y mantilla arropan su caminar, mientras la imagen atraviesa el Puente de Piedra en una estampa fulgurante bajo el brillante sol de esta mañana de Jueves Santo. Tulipas con velas encendidas invocan la llama de la esperanza, y convierten la procesión en un espejismo de luz sobre que flota sobre las aguas del Duero.

En los balcones del arrabal lucen banderas e insignias de la Virgen, mientras los vecinos de Cabañales dicen adiós a su virgen, con corona de plata, a la que con tanto fervor recibieron hace dos noches. La Virgen se abre paso entre el luctuoso cortejo, flanqueada por los hermanos, que llevan túnica blanca, capa verde y caperuz blanco de raso, y su manto verde salpicado de oro y estrellas deslumbra mientras salva las aguas del Duero antes de atravesar los barrios bajos y ascender por la calle Balborraz, donde cada vez acuden mayor número de devotos a contemplar la imagen serena y santa de la Esperanza.

Franqueado el río, la procesión discurre por la avenida del Mengue, calle la Plata, asciende Balborraz y alcanza la Plaza Mayor. Desde allí emprende el camino hacia la Catedral, atravesando la plaza de Viriato y las rúas de los Francos y los Notarios. La procesión, contenida y elegante, desprende un halo de tristeza y esperanza, mientras avanza por el casco antiguo camino del templo catedralicio. A los pies del cimborrio bizantino se forma un manto negro con dos mil almas para arropar a la Virgen de la Esperanza, y a su llegada cantan la Salve y elevan al cielo su oración en la plaza de la Catedral: Dios te salve, reina y madre… El sol amortigua el dolor y la Esperanza se adentra, finalmente, en la Catedral, dejando tras de sí el recuerdo de su manto de terciopelo verde, el perfume de la dulzura, el amor de una madre…

 

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