Victorino Martin García o la pasión de un ganadero

Un día en la finca de las Tiesas con Santos García Catalán

No es el padre, que se apellida Andrés de segundo; es su hijo el que traemos a la palestra y se apellida García de segundo. Novillero que quiso ser pero se decidió por facultativo de veterinaria, o sea veterinario pero para lo suyo; nada menos que ganadero de bravo. Hijo de ganadero y padre de ganadera y veterinaria: Pilar Martín. Hablamos de Victorino Martín, hijo.

Todo esto viene a colación porque hemos pasado un día delicioso en su finca Las Tiesas, cerca de la cacereña Coria y a 300 kilómetros de Valladolid; o sea cuatro horas de viaje y con lluvia. Y la culpa fue de José María Castellanos (ex directivo de la Peña Afición Vallisoletana); un buen amigo que quiere seguir aprendiendo de toros cada día y se emperró en que, sea como fuere y a pesar de las predicciones meteorológicas y de otras circunstancias que no vienen al caso, había que ir a ver a Victorino. Su tora artesana causó furor.

Y nos fuimos a ver a Victorino, pero al hijo y a la nieta, porque el padre, ya muy mayor, busca su refugio en Monteviejo -la otra finca de la Casa- y cuando llega este tiempo sale en contadas ocasiones. Hizo bien Victorino padre en no salir de su refugio porque la mañana resultó muy desapacible. Vamos que era de “suspensión”. Pero la obstinación de Victorino hijo, la eficacia de sus operarios y el optimismo de mi amigo Castellanos, dio al traste con los malos augurios y ‘habemus’ tentadero.

Era parte del programa que la modélica organización de la Casa Victorino había preparado para este grupo de excursionistas de Valladolid, al que se unió otro grupo de Illescas; sin duda atraídos por el último toro indultado en esa localidad toledana, (Platónico, indultado el pasado 8 de octubre por Gómez del Pilar) ejemplar que luego veríamos en uno de los cercados junto al también indultado en Calasparra en julio por Antonio Puerta.

Y el tentadero se saldó con dos vacas -una pastueña y la otra con teclas- a cargo del novillero de Yeles, Raúl  Rivera, y con la enorme y agradable sorpresa de la aparición en el ruedo de Victorino hijo, al que no se le ha olvidado lo que con tanto entusiasmo aprendió de jovenzuelo: torear y con gusto. Luego, en el tentempié, Victorino fue agasajado por los visitantes y rifado para las consabidas fotos. Y la sonrisa siempre presente.

Luego tuvo la deferencia de acompañarnos con su todoterreno para que pudiéramos ver a “Cobradiezmos”, que pastaba junto a becerros recién herrados ajeno a vacas, sementales y al ajetreo de la finca porque, entre otras cosas, se arranca sin muleta como diría mi amigo el veterinario vallisoletano Jesús Cortés. Impresionante el precioso cárdeno indultado en Sevilla por Escribano que, ya curado y recuperado, verá pronto a sus becerros tras padrear este año. He de confesar que, según las vivencias de esta jornada, Victorino hijo me pareció un ganadero sensacional; minucioso, polivalente, pendiente de sus hombres, de los detalles nimios. Pero sobre todo un apasionado del toro bravo que además lo trasmite a su alrededor.

Han pasado más de cinco años desde la última vez que visitamos la emblemática ganadería y el cambio fue sustancial en todos los sentidos. Recuerdo que en aquella ocasión no nos pudo atender Victorino hijo por un viaje inesperado y sí nos atendió Victorino padre en el museo de Monteviejo. Pero nada que ver con esta ocasión en cuanto a la planificación y organización para la visita a los cercados, el recibimiento, el trato y la forma profesionalizada que ha alcanzado esta ganadería en este sentido.

En primer lugar es una gozada tomar un tentempié en forma de caldo de cocido en el recibo y luego una clara y excelente información para los no avezados en el toro. Explicaciones convincentes a cargo de una lugareña, Tania, que denota estar documentada e informada sobre los orígenes de la ganadería de Victorino.

Y un lujo por todo lo alto que su nieta Pilar Martín, veterinaria y ganadera en tercera generación, se suba con los visitantes al bien equipado remolque y, micrófono en mano, vaya relatando los pormenores de los distintos encastes que pastan en la ganadería, además de explicar otros detalles que dejan asombrados a los visitantes. El recorrido dura algo más de una hora y es muy ameno y emocionante porque no se puede estar más cerca de un temible Victorino. Y eso sucede porque seis caballistas de la Casa, garrocha en mano, se encargan de ir agrupando a las distintas camadas hasta que se dan de bruces con el bien pertrechado visitante. Ya digo, un lujazo.

A escasos metros pudimos ver la cabeza de la camada compuesta por unos 50 machos de la A coronada dispuestos para las ferias más importantes. O los de la cola de la camada para plazas de menos fuste. O los impresionantes urcolas y patas blancas que campan a lo largo y ancho de estas fincas que suman unas 3.000 hectáreas y que albergan a unos dos mil animales; sin contar con los ejemplares de raza puro lusitano; caballos y yeguas de variado colorido que dan belleza al entorno.

Tras el paseo por los distintos cercados, cubiertos en el remolque bajo la pertinaz llovizna, volvimos a las instalaciones principales de la casa para dar cuenta de un aperitivo y posterior almuerzo a base de alubias con tocino y chorizo y una suculenta carne de toro guisada, regado todo ello con un blanco ecológico bajo la firma del propio Victorino. La A coronada, visible en todos los lugares de la finca, vuelve a aparecer en el vino, en las servilletas, en las sillas. En fin. Todo realizado con mimo.

Victorino se despidió con cierta premura, pero antes le pregunté por qué tanta prisa. Santos, me dijo, voy a pasar la tarde con mi nieta (hija de Pilar) que tiene cuatro años, y eso es algo que no me puedo perder por nada del mundo. Seguro que la nieta de Victorino hijo, por genes, será la cuarta generación de esta ganadería universal.

Pues nosotros también nos despedimos de esta emblemática familia ganadera recordando un dístico que dice: Exquisito menú, mejor ambiente, trato cordial que invita a la sonrisa; cuando llegas a Victorino ya no hay prisa…

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