Crónicas rurales desde… Matapozuelos

Santos García Catalán nos acerca su visión con este artículo costumbrista-taurino-histórico en su visita a esta maravillosa localidad vallisoletana.

Ahora que uno tiene tanto tiempo libre puede escribir de todo aquello que siempre le apeteció, al margen de los toros que es la pasión total. Siempre quise saber sobre el mundo rural, el pueblo llano; el que vive en su terruño fuera del mundanal ruido y lejos de la rutina urbana. El que oye el trino de los pájaros mientras se come un par de huevos fritos (de sus gallinas de campo) o un lechazo asado en su horno de Pereruela. O un cacho de pan blanco untado en aceite con azúcar…

Y mira por donde esta semana he vivido en unas horas lo que siempre he anhelado durante años: compartir pan y vino (y algunas cosas más) con gente sencilla, humilde, trabajadora… y listos como ardillas. ¡Cuánto sabe el hombre rural! Verdad, Benito…

Tengo un grupo de amigos que siempre están dispuestos a las salidas gastronómicas y en esta ocasión me llamaron para visitar a un hombre genial en Matapozuelos que, después de un duro trabajo de soldador en Intrame durante 40 años, volvió a su terruño y se dedicó a la viticultura, en pequeña escala, en unos terrenos a las afueras del pueblo. Y luego unos olivos junto a un palomar mudéjar, y unos frutales. Y por qué no hacer un orujo para los amigos. Y las gallinas en la otra casa porque los cacos arrasan con todo; y el horno y la parrilla y la leña de encina, y los sarmientos. En fin.

Benito Buenaposada es nuestro hombre quien junto a Ascensión Plaza (Chon), su esposa, llevan la vida que siempre les ha gustado. Ellos proceden de la vallisoletana Ventosa de la Cuesta y de allí salieron bien jóvenes para buscarse la vida; una vida que fuera menos dura que la de sus respectivos padres: agricultores y pastores. Y ahora, jubilados desde hace años, muchos, y sin hijos, disfrutan con sus quehaceres cotidianos con las vides y los olivos y con los amigos. Hasta una planta de alcachofas tienen junto a un porche precioso.

Mis amigos, Jóse Castellanos, Mariano Hernández y Jesús Carpintero llevaron algunas viandas para la parrilla, mientras que Benito ya tenía preparada la leña y, sobre todo, su tinto embotellado (con etiqueta de autor que diría Castellanos). Un tinto tempranillo procedente de sus 400 cepas en vaso que tiene desde la entrada de la pequeña finca y rodeando el porche. “El goteo ha subido mucho el consumo de electricidad, Catalán”; me dice el bueno de Benito que resulta ser un gran aficionado al toro y tiene debilidad por El Juli, y antes por El Cid.

Me reconoció tras un rato de charla; lo que menos podía esperar. Pero la gente de los pueblos suele ver mucha televisión y son habituales de los programas taurinos como Grana y Oro (RTVCYL) y El Callejón en La 8 de Valladolid. Así que satisfacción plena.

Tras algunos preparativos para el almuerzo Benito llamó a Chon que se presentó de inmediato con un pan excelso de Matapozuelos (ese pan blanco candeal de Valladolid que es un deleite comerlo) y un gigantesco flan de huevo (de sus gallinas de corral como no podía ser de otra manera). Atacamos a las viandas cochineras que había asado Benito y una morcilla de arroz deliciosa que se encargó de freír Chon. “Mira, Chon, es Catalán, el de los toros”, dijo sonriente Benito. Y Chon se arrancó a darme un beso cariñoso.

Y el tinto tempranillo corrió por la amplia mesa del porche, menos Jesús que se encargó de devolvernos sanos y salvos a bordo del nuevo Dacia que hace Mariano había estrenado recientemente. Mariano es otro agricultor (profesional) jubilado de Castronuño, de él hablaremos en otra ocasión cuando visitemos su bodega.

Habíamos decidido ir a tomar café al Mesón de Pedro (un emporio gastronómico de Matapozuelos que dirige con acierto Andrés, hijo de Pedro y ambos taurinos de pro), por lo que Benito se apresuró a sacar un garrafón de orujo de su cosecha para que lo probásemos (Castellanos fue obsequiado con una botella que Chon le había preparado y a mí me obsequiaron con una botella de aceite del que hablaremos de inmediato). Por cierto que Castellanos,  un manitas y gran aficionado al toro, ha confeccionado una tora singular para que vaya aprendiendo a torear su nieto. Benito se quedó sorprendido al verla. ¡Está hecha de tubos de fontanería!

Y Benito nos habló de sus olivos con esa ciencia infusa que se adquiere con los años. Y de su parcela de 6.000 metros que le compró a Don José María, el cura del pueblo en una época en la que Benito funcionaba bien. “Seiscientas mil pesetas me costó el terreno, Catalán, y me “regaló” el palomar”.

Los olivos de arbequina (unos 180), en terrenos del palomar, los lleva a la almazara de Medina y, tras la maquila, le entregan en garrafones unos 220 litros que tienen para consumo…y para regalar a los gorrones como yo.

Y el palomar; ay el palomar. Resulta que Benito está en una disyuntiva porque el palomar que le “regaló” Don José María, en el que tuvo que invertir unos cuantos miles de euros para dejarlo en condiciones, resulta que se lo piden los de la Ruta Mudéjar para que sea visitado en una ruta turística de la zona.

Pero Benito quiere dejarlo atado y bien atado. “Me piden las escrituras, Catalán, y quieren que se lo deje para siempre y ellos se encargan de la restauración. Toma, no faltaba más que se lo restaurase con mis perras”.

Benito, cargado de razón, me dice: “Mira a ver, Catalán, sácalo en el periódico”.

Pues el palomar (ha etiquetado su vino tempranillo con ese nombre para gozo y disfrute) es un monumental edificio mudéjar de 2.800 metros, (no se calcular la altura, pero sí podría tener unos 12 metros) y está habitado por medio millar de palomas. “Mira las maderas que tiene, Catalán, y esta columna es como de una catedral y por arriba parten cuatro vigas que sostienen todo el palomar”, me dice Benito apostillando y firmemente convencido de sus palabras.

Y al pie del palomar los olivos de arbequina que los tiene que coger a mano, igual que las uvas de las 400 cepas de viñedo tempranillo. “Es mucho trabajo para mí sólo, Catalán, y llamas a gente y vienen tarde, mal y nunca”, asevera Benito.

Y al fondo divisamos “La Giralda de Castilla”; que es La iglesia de Santa María Magdalena con su torre dominando el casco urbano y visible desde la amplia llanura de Tierra de Pinares o Tierra del Vino. Representa uno de los más importantes ejemplos de la arquitectura quinientista de la provincia de Valladolid. (Wikipedia).

Pues en Matapozuelos, a seis varas castellanas de la capital (26 kms), entre la giralda de castilla y el palomar mudéjar de los árabes, viven y disfrutan Chon y Benito, una pareja de jubilados de Ventosa de la Cuesta que suman 154 años y aún no han perdido el buen humor ni las ganas de vivir.

Y además son generosos y apasionados de los toros.

Un abrazo Chon, Benito.

P.D. Le he dicho a Benito que mire bien lo del palomar como “cesión de uso”. “Ponlo en un papel, Catalán”. Me insistió Benito.

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