El pintor “nacido de la calle”, tenía que haber sido escritor

Manuel Sierra recibe el día 21 el reconocimiento del TAC

Sierra pintando el mural en Ruiz Hernández.

Manuel Sierra es uno de los pintores más populares de Valladolid en los últimos años, un artista implicado con la vida en la ciudad y con varias de sus obras embelleciendo paredes y muros olvidados de sus calles. Un leonés afincado en Valladolid, “nacido de la calle” y a quien la brocha llegó por casualidad porque “tenía que” haber sido escritor.

El sábado, 21 de mayo, Sierra recibirá el homenaje del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid (TAC), que le reconoce como “referente artístico” de la ciudad. Sorprendido, inicialmente, por la concesión del premio, “inesperados son los premios a los que no aspiré jamás”, a lo largo de la conversación transita por los dos pilares que sostienen el TAC, el teatro y la calle, muy coincidentes con los que han marcado su vida, que ha dedicado, entre otras muchas actividades, a la escenografía, al dibujo de vestuario, marionetas y máscaras, a esquemas básicos de maquillaje e incluso a la interpretación  así como a la cartelería y los murales.

“Yo soy un pintor que nace de la calle y la calle no deja de ser un espacio escenográfico, una puesta en escena constante”, reconoce en una entrevista concedida a Europa Press en la que subraya el carácter “teatral” de la vida vista desde el cristal de una cafetería y recuerda cómo la nieve que cierra los pueblos de la montaña en invierno marcaba el inicio de la ‘temporada teatral’ en cuadras, casas, iglesias, pajares o espacios de zaguán en el suyo, donde frecuentaba las comedias puestas en escena por la propia gente, “sin profesionalidad pero con deseo de hacer”.

De la montaña al mar, en Bergantinos fue testigo de “rituales religiosos muy instalados en la psique colectiva”  e incluso de “actos de desagravio con la mar de mujeres viudas de marineros”, pero también de las visitas familiares a los museos y exposiciones en La Coruña o de la asistencia al teatro en Malpica o Carballo. Y del mar a la meseta, a Valladolid, cuya tierra le pareció “lunar” a su llegada en otoño pero en la que encontró “un hecho teatral tremendo”.

La decisión de quedarse en esta ciudad conllevó estrechar lazos con el teatro y, tras una propuesta fallida para la construcción de un grupo, comenzó a colaborar con el Teloncillo de entonces. Y así de la cartelería llegó a actor, de mano de los independientes Tábano a la escenografía, y de mano de la casualidad, que es como fue llegando “muchas veces a las cosas”, y de Franco, llegó a la pintura.

La imposibilidad de matricularse en la Universidad por razones políticas le echó “casi sin querer” en brazos de la pintura, empleada en carteles, murales o grabados, entre otros, convertidos en soporte de mensaje político, aunque puntualiza que tanto al teatro como a esta otra disciplina llegó de mano de gente de la literatura.

“Soy un pintor que tenía que haber sido escritor”, confiesa quien luego colaborara con La Quimera, la actual Teloncillo y otras tantas compañías de Valladolid, León y de la montaña, con grupos de calle y payasos, y que actualmente trabaja con la vallisoletana May Ríos en un montaje sobre la tortura basado en el diario de una presa española.

TEATRO Y PINTURA

El teatro es “un relato en tiempo real” y la pintura ofrece también la posibilidad de llevar a cabo acciones directas, como las que desarrolló en el Museo Patio Herreriano de la ciudad, recuerda Sierra antes de añadir a la cartelería y los murales otras acciones directas como los “artilugios rodantes” diseñados para las manifestaciones, que “no tienen por qué no ser divertidas”.

Así, bajo la premisa de que la radicalidad no va solo vinculada a los gritos sino a la ironía, Sierra optó por no abandonarla pero sí reinterpretarla con un lenguaje que llegara a impactar “más y mejor”. “En mis carteles se ve muy bien por qué en unos momentos uso un lenguaje y en otros, otro. Es el ánimo de ser más irónico y más efectivo”.

Pero si por algo es conocido es por sus murales, al menos medio centenar solo en Valladolid, cuyos temas poco han cambiado, al contrario de lo que ha sucedido con el clima que rodea su trabajo en la calle, marcado “por la tranquilidad de una democracia conquistada” antes inexistente: en los grupos que en la época predemocrática pintaban en la calle había artistas y quienes les protegían de los asaltos.

Como la democracia “hay que ir consolidándola cada vez más” -“el proceso es el desmantelamiento de lo conquistado y, desgraciadamente, hay que volver sobre cuestiones que siguen siendo universales”–, sus murales hablan en la actualidad de desahucios y de refugiados en el marco del discurso de las libertades y siempre representados con imágenes claras que contengan “lo universal” para que se comprenda, sin necesidad de leyenda alguna, lo que quiere decir.

Bajo el lema  ‘Las paredes están mejor pintadas’, Sierra ha viajado por ciudades y pueblos, de lo participativo que entraña el que la obra sea deseo de un colectivo, más propio en las primeras, hasta la expectación que genera en los anfitriones de los segundos — casi siempre llegaba de mano del maestro rural– el tener allí al “pintor”, lo que les lleva a agasajarle e incluso a hacerle música.

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